< November 06, 2016 >

Comentario del San Lucas 6:20-31

 

Este domingo en que celebramos el día de todos los santos es un día maravilloso para los ritos litúrgicos que nos conectan con quienes nos precedieron en el paso por este mundo.

Me acuerdo de las ofrendas que he visto en Guatemala y México, con fotos, velas, comida y flores, recordando a los muertos y afirmando que sus vidas siguen siendo importantes, aunque ya no estén físicamente con nosotros y nosotras. 

El evangelio del día es uno de los recordatorios que tenemos en la Biblia de cuáles son las vidas que más le importan a Dios. Se hace eco del Magnificat de María (Lucas 1:46-55), en el que la madre de Jesús describe la justicia radical de Dios, que consiste en la exaltación de los humildes y en el derrocamiento de los poderosos de sus tronos. En las bienaventuranzas, Jesús describe la justicia radical de Dios en la forma de bendiciones: bienaventuradas son las personas pobres, las personas que tienen hambre, las que lloran, y las que son odiadas por el mundo, porque ustedes, dice Jesús, van a experimentar algo diferente en el reino de Dios. 

Me imagino que cuando nosotros y nosotras escuchamos o leemos este pasaje, lo primero que pasa por nuestras cabezas es tratar de decidir a qué grupo pertenecemos. ¿Somos, según Jesús, personas pobres o ricas? ¿Somos personas hambrientas o satisfechas? ¿Estamos entre las personas que Jesús bendice o entre las que Jesús maldice? Muchas veces respondemos a estas preguntas comparándonos con nuestros vecinos y pensando, por ejemplo, que yo no soy tan rico o que no soy tan feliz como ellos. Pero quizás esta no sea la cuestión central. Quizás no trata de forzar la situación para que podamos anotarnos en el grupo bienaventurado. Quizás lo que debamos hacer es reconocer que el texto no habla de nosotros ni de nosotras, sino que habla de Dios y de su reino.   

En el reino de Dios, nuestras expectativas y definiciones habituales están invertidas. En el reino de Dios, aquellas personas a quienes se nos ha dicho una y otra vez que nuestras vidas no importan, somos afirmadas y bendecidas; recibimos el mensaje de que nuestras vidas sí importan. En el reino de Dios, quienes pensamos que lo tenemos todo, recibimos el desagradable mensaje de que no podemos contar con ninguna otra cosa, salvo la presencia inquietante de Dios. 

El debate sobre qué vidas son importantes ha sido un tema conflictivo que ha sido muy debatido en meses recientes. Quizás el predicador o la predicadora elija no meterse con este tema en su sermón, pero puede ser útil recordar que cuando el pastor dejó a las 99 ovejas para ir a buscar a la oveja perdida, estaba diciendo que, en el reino de Dios, la oveja perdida es importante. Cuando Jesús les dio la espalda a los líderes religiosos para cenar con las prostitutas y los pecadores, estaba diciendo que, en el reino de Dios, las vidas de las prostitutas y los pecadores son importantes. Cuando Jesús violó las leyes de la pureza y la decencia para sanar a los leprosos o tocar a los muertos, estaba diciendo que, en el reino de Dios, las vidas de todas las personas marginadas son importantes. 

Las buenas nuevas del reino de Dios no van a hacernos sentir bien si tenemos miedo de perder lo que tenemos. Pero, para las personas que anhelan y necesitan escuchar que también ellas están bienvenidas e incluidas, que también ellas son importantes para Dios, las buenas nuevas pueden ser una palabra que libera y cambia la vida. 

Preguntas para seguir reflexionando sobre el texto:

  • ¿Quiénes son las personas en nuestro contexto que necesitan oír las buenas nuevas de que sus vidas son importantes? 
  • ¿Cuáles son las maneras en que tratamos de determinar quién está incluido y quién está excluido, quién tiene valor y quién no? 
  • ¿Qué se hace posible cuando aceptamos la buena nueva radical e inquietante acerca del reino de Dios?