< October 23, 2016 >

Comentario del San Lucas 18:9-14

 

La historia del fariseo y el publicano, un texto único de Lucas, se encuentra en el viaje de Jesús a Jerusalén (9:51-19:27). 

En todas las partes de esta sección, Lucas presenta a Jesús exponiendo la estructura económica de los ricos y los pobres (p. ej., el gobernante rico, 18:18-30; las diez monedas, 19:11-27) así como la estructura social de las relaciones humanas tal como se refleja en la historia de Jesús y Zaqueo y otros textos (p. ej. una viuda y el juez, 18:1-8; los niños, 18:15-17; el ciego de Jericó, 18:35-43; y Zaqueo, 19:1-10).  De hecho, el tema de la relación social entre grupos se entrelaza a lo largo de toda esta sección. 

Tradicionalmente, se ha leído la parábola del fariseo y el publicano como prueba de que el publicano es representante de la gracia y los fariseos de quienes se creen justos en sí mismos. Así, la historia recibe una lectura dualista de judaísmo/fariseísmo contra cristianismo/iglesia. Sin embargo, tal interpretación es anti-judía o anti-semítica. Los fariseos eran laicos que creían tanto en la ley escrita como la ley oral. En otras palabras, creían que la instrucción de Dios no sólo se brindaba en la ley escrita, sino que también era un proceso continuo en la ley oral, que se centraba en la aplicación de la ley escrita en la vida diaria—un enfoque que aparece en nuestro texto. Eran muy devotos, religiosos, y eran respetados dentro de su comunidad. Los publicanos, por su parte, eran vistos como exponentes de la economía y el sistema colonial del día. Eran vistos como infieles a la ley y como pecadores (v. 13; ver Mt 5:46). Por lo tanto, para tener una lectura diferente de esta parábola, es importante verla no como presentando contrastes (nosotros contra ellos), sino como haciendo un llamado a los primeros cristianos y cristianas (y a los cristianos de hoy) a tener cuidado de no excluir o estereotipar a otras personas como producto de un sentido de justicia propia.  

La historia del fariseo y el publicano se puede leer en cinco secciones: (1) el narrador comienza con una palabra sobre la razón para la parábola—enseñando a quienes están convencidos de ser justos que sólo es justa la persona que se encuentra en la devoción a Dios demostrada por Jesús. (v. 9); (2) Jesús comienza la parábola propiamente dicha introduciendo el lugar y los personajes de la parábola (v. 10); (3) la parábola se enfoca en uno de los personajes, un fariseo, y su vida religiosa sincera y respetuosa de la ley y su aplicación (vv. 11-12); (4) la parábola dirige su atención al segundo personaje y sus actividades religiosas en el templo (v. 13); (5) el Jesús lucano regresa y termina con otra palabra sobre cómo vivir en relación con el Dios de Jesús (v. 14). En general, la parábola no trata de contrastar el fariseo y el publicano como ejemplos opuestos de cómo vivir en relación al Dios de Jesús, sino que la historia llama a lectores y lectoras a reflexionar críticamente sobre cómo a través de nuestra propia justicia podemos excluir a otras personas. 

En la primera subunidad (v. 9), el narrador presenta a su audiencia lo que motiva a Jesús a contar esta parábola. El narrador indica que hay algunas personas que se consideran a sí mismas como justas y al mismo tiempo desprecian a los demás.  El narrador nunca dice que estas personas fueran los fariseos; por tanto la parábola no es una crítica del fariseísmo. Es más bien una revisión de cómo la gente vive sus vidas. 

En la segunda subunidad (v. 10), Jesús  menciona que había dos personas que fueron al templo a orar. Orar en el templo es un tema destacado en el evangelio de Lucas y en Hechos que llama la atención sobre el tema del perdón—aquellas personas que se distancian de Dios a través de sus acciones deben ser perdonadas para entrar en una relación correcta con Dios. Jesús también nombra a las dos personas, uno era fariseo y el otro publicano. Como se ha mencionado, el fariseo era visto como alguien que vive una vida devota y un observador cuidadoso de la ley, y el publicano era visto como un cómplice de las potencias económicas del momento, así como alguien que violaba la ley. Estas opiniones, esperadas, acerca del fariseo y el publicano quedan en suspenso cuando se nos dice cómo rezan. Ambos se comportan de maneras que no se esperaba de ellos, con el resultado de que quien parecía orgulloso fue llevado hacia abajo, y quien parecía despreciado fue exaltado.  

La tercera subunidad (vv. 11-12) comienza con el narrador describiendo la presencia del fariseo en el templo. El fariseo se mantiene aparte (del publicano y quizás de otros) y ora. El fariseo ora a Dios centrándose en sí mismo, en oposición tanto a Dios como a los demás. El fariseo da gracias por no ser como otros que roban, que hacen el mal, cometen adulterio o aun como el publicano, que son todos infieles a la ley. En otras palabras, el fariseo ha hecho valer la ley oral en su vida y ha intentado que la ley oral tenga el control de su vida diaria. El fariseo muestra la devoción de su vida religiosa mencionando sus prácticas de ayuno y su diezmo de todo su ingreso—más de lo necesario. Este fariseo en particular tiene virtud, pero no humildad delante de Dios. 

La cuarta subunidad (v.13) regresa al narrador, que describe el comportamiento del publicano en el templo. En lo que tal vez sea un signo de su humildad, el publicano se mantiene lejos,  y muestra deferencia a Dios al no levantar los ojos a Dios. Hasta golpea su pecho, un gesto de remordimiento o pena, y a continuación, pide a Dios que tenga misericordia de él. 

La quinta subunidad (v. 14) y conclusión de la parábola termina con Jesús enfatizando que la parábola no es acerca de cómo son los fariseos o cómo son los publicanos, sino que aquellos que se exaltan serán humillados, y aquellos que se humillan a sí mismos serán exaltados. En otras palabras, los orgullosos son llevados hacia abajo y los humildes son exaltados. Lo que la parábola pretende hacer no es contrastar fariseos contra publicanos o el judaísmo contra al cristianismo, sino que la parábola está llamando a lectores y oyentes que pensamos que somos justos a dar una segunda mirada y reflexionar sobre si nuestras oraciones, por ejemplo, excluyen a quienes no son como nosotros/as ni creen como nosotros/as.  Lo importante es que no permitamos que la religión (como en esta parábola le pasa al fariseo) nos lleve lejos de Dios y de otras personas. La religión, por el contrario (como le pasa al publicano en esta parábola) debería traernos más cerca de Dios y de otras personas.