< May 01, 2016 >

Comentario del San Juan 14:23-29

 

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.

No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo… El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él” (Jn 14: 27,23). Escuchamos promesas de Dios. Dios nos da paz y envía su espíritu a morar en nosotros y nosotras para siempre. Son promesas que nos confortan y nos llenan de gratitud por tener un Dios tan protector y proveedor. Que estas promesas de Dios traigan fortaleza a quienes se encuentren en dificultades y padezcan abusos y sufrimientos actualmente.

La relación y comunión que tenemos con Dios en Cristo Jesús es la fuente de toda la paz y el amor que podemos brindar al prójimo. Martin Lutero entendió muy bien que esto no es un poder que viene de nosotros y de nosotras, sino que es Dios en Cristo brillando a través nuestro. Cuando hacemos cosas buenas, es Cristo mismo quien las hace, obrando por medio de nosotros y de nosotras. Cuando hacemos brillar nuestra luz y amamos al prójimo, se está manifestando el poder de Dios. Es Dios obrando en nuestras vidas. Cristo no está muerto. Jesucristo vive. Resucitó y su Espíritu vive en nosotros y en nosotras y se mantiene activo. Jesús sigue amando y reconciliando al mundo consigo mismo. Y somos sus instrumentos de reconciliación.

El amor de Dios trae paz. Dios nos promete que su amor y su paz son sin límites. Si promovemos la paz, inspiramos a otras personas a promover la paz. Si hacemos brillar nuestra luz, que es la luz de Cristo, inspiramos a otras personas a hacer brillar su luz. Si amamos a otras personas sin distinciones, si amamos a todos y a todas, entonces producimos aún más amor en la comunidad, porque inspiramos a otras personas a amar también. Y podemos construir un mundo con más confianza. El amor no es un recurso finito. No hay escasez. No es algo que tengamos que guardar o algo que deberíamos tener en reserva para cuando ya no nos quede más y lo hayamos gastado todo. ¡El amor no es así! El amor viene de Dios, quien es la fuente inagotable del amor. El amor fluye entre nosotros y nosotras cuando bajamos nuestras defensas y lo dejamos circular. El amor emana de la presencia de Dios entre nosotros y nosotras.

Cuando damos el saludo de la paz y nos saludamos mutuamente en el nombre del Señor en la misa o el servicio dominical, por ejemplo antes de celebrar la Eucaristía, no estamos compartiendo nuestra propia paz. Estamos compartiendo la paz de Cristo. La paz del Señor que no tiene fin. No hay límites para esa paz. “La paz del Señor sea contigo.” Todos y todas podemos compartir esa paz porque es la paz de Dios. No está bajo nuestro control. Es la paz de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, fuente infinita de paz y de amor y de vida eterna. Que la paz del Señor sea con cada uno y cada una. El amor que viene de Dios no es limitado. El amor de Dios no es como el mundo lo da. Si amamos con el amor de Dios, podemos abrir nuestros corazones. Podemos comprender a las personas. Podemos aceptarlas. Si usamos solamente nuestras fuerzas, entonces sí, estamos limitados. Pero si amamos con el amor de Cristo, ¡uf!, rompemos barreras. Rompemos los muros que nos dividen. El amor de Dios es tan grande. El amor de Dios tiene poder. Amarnos los unos a los otros es la manera de amar y honrar a Dios. Amarnos los unos a los otros es obedecer a nuestro rey. Amarnos los unos a los otros es guardar su palabra.

Jesús nos dice hoy: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él” (v. 23). También: “No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (v. 27); “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (v. 27). Nos da su paz. La paz de Cristo. Te amo, te amaré y vengo a morar en ti. Viviré contigo. Mi Padre celestial vendrá a ti y hará morada en ti porque tú guardas mi palabra.

Dios está a nuestro lado a cada momento porque Dios quiere estar con nosotros y nosotras. La presencia de Dios en nosotros y entre nosotras no es un premio que ganamos cuando nos portamos bien. Su presencia con nosotros y nosotras no es una recompensa por las buenas obras que hagamos, sino que Dios permanece con nosotros y nosotras, vive con nosotros y nosotras y hace su morada en nosotros y nosotras porque nos ama. Con nosotros Dios quiere estar. Dios nos ama con todas nuestras imperfecciones. Nos ama y nos restaura. Nos levanta cuando nos caemos. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Jn 3:16). “El Verbo era Dios” (Jn 1:1) y “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad” (Jn 1:14). Lleno de gracia. ¿Recuerdan lo que significa “gracia”? Significa “amor dado gratuitamente a nosotros y a nosotras.” El Verbo se hizo carne y habita hoy entre nosotros y nosotras lleno de gracia y de verdad. “Lleno de gracia” quiere decir “lleno de amor para ti, para tu familia, para tu hogar.” Dios vive ahora con nosotros y nosotras y habita y hace morada en medio nuestro porque es lo que Dios quiere hacer. Somos su pueblo. Hemos sido sellados y selladas con su Espíritu y marcados y marcadas con la cruz de Cristo para siempre. Como está escrito en Ap 21:33-35: “‘El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron.’ El que estaba sentado en el trono dijo: ‘Yo hago nuevas todas las cosas.’” Seremos siempre su pueblo y Dios mismo estará siempre en medio nuestro como nuestro Dios.