< February 07, 2016 >

Comentario del San Lucas 9:28-36 [37-43a]

 

En el monte de la Transfiguración se inicia la mirada hacia el “lugar llamado de la Calavera” (Lc 23:33), el sitio de la crucifixión.

Jesús muestra su gloria mientras la voz del Padre lo confirma como Hijo. La mirada de Jesús se fija en el camino a la cruz. Este domingo es una buena ocasión para compartir con la congregación una invitación intencional y planificada para la cuaresma y la Semana Santa.

Esta invitación debe estar precedida por un trabajo de lectura y estudio de los textos de la cuaresma y de la Semana Santa, por un tiempo de reflexión e identificación de temas y posibilidades para sermones, y la selección de un tema que “amarre” la temporada. Recomiendo que dos o tres semanas anteriores al domingo de la Transfiguración se dediquen uno o dos días para esta preparación y puedan elegirse así el tema central, los temas de los sermones de los domingos, las posibilidades tal vez para un retiro de cuaresma, y la serie de sermones de Semana Santa.

Si utilizas el calendario litúrgico, la lectura adelantada de los textos dominicales de la temporada te sugerirá varios temas que puedes desarrollar. Si no utilizas el calendario litúrgico, puedes seleccionar primero un tema, luego identificar los textos y después leer y trabajarlos de antemano para tener una idea clara de los sermones del periodo cuaresmal y de Semana Santa. Este trabajo será de ayuda también para identificar a eventuales predicadores y predicadoras invitados e invitadas.

Para la Semana Santa puedes seleccionar un evangelio y hacer las lecturas como lectio continua o semi continua; esto es, ir leyendo en las celebraciones importantes—Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santo y Domingo de Pascua—los textos correspondientes de manera secuencial. Toda esta preparación te ayudará a mejorar tu predicación y a presentarle a la congregación un programa de predicación y actividades bien desarrollado.

El texto de hoy contiene dos palabras importantes que vale la pena resaltar. La primera se refiere a la celebración misma y, aunque no está en el texto de Lucas, la encontramos en los textos paralelos de Mateo 17:2 y Marcos 9:2: “se transfiguró.” Aquí en Lucas no tenemos la palabra, pero sí la descripción del suceso: “la apariencia de su rostro cambió y su vestido se volvió blanco y resplandeciente” (v. 29). La palabra en griego para “transfiguración” es “metamorfosis.” Jesús sufrió una metamorfosis delante de Pedro, Juan y Jacobo. Su forma (morfe), su ser, cambió a algo que trasciende y que está más allá de todo lo conocido (meta).

La transfiguración es una epifanía; se revela aquí la identidad de Jesús como Hijo de Dios.[1] No tiene paralelo en la experiencia humana. No debe ser comparada ni reducida a la forma o a las condiciones de nuestra humanidad. Es mejor dejar que el texto respire y nos sorprenda cada vez con su potencia y radicalidad.[2] El monte de la transfiguración se llena de luz, se llena de la presencia de Dios en su Hijo, para mostrarnos el camino de la justicia, de la reconciliación y del reino, para mostrarnos el jubileo de Dios.

Este camino de justicia, esta reconciliación y este anuncio del reino que realiza Jesús y que se confirma en el monte con su epifanía, se explican con la segunda palabra que deseamos resaltar del texto. El v. 31 nos dice que Jesús, Moisés y Elías “hablaban de su partida, que Jesús iba a cumplir en Jerusalén.” La palabra en griego detrás del español “partida” es exodon (éxodo).[3] El éxodo de Jesús es su camino del monte de la Transfiguración al lugar de la Calavera; el camino desde su encarnación y epifanía a la cruz.

Entonces su muerte y resurrección son liberación para aquellas personas que escucharon y vivieron la proclamación del jubileo de Dios (Lc 4:17-21). Y a su vez, la ira de sus vecinos y familiares acompañarán a Jesús en el momento mismo de la liberación cuando asuma en sí mismo el dolor y el pecado humano y los transforme—como su rostro y vestiduras—en las posibilidades y realidades de la salvación.

En este texto de la transfiguración, que señala el éxodo del Mesías, las palabras “libertad” y “liberación” se expanden para significar algo más allá de todo lo conocido. Se convierten en metáforas y símbolos de espacios nuevos de acción, de solidaridad y de felicidad, sin excluir los significados lingüísticos y humanos que conocemos. Se añade, no se sustituye, significado.

A las puertas de la cuaresma, la predicación hará bien en recordarnos tanto la maravillosa nueva de la visita de Dios en la epifanía de su Hijo en el monte de la transfiguración como su jornada y partida que aterriza su ministerio en un éxodo que nos asume y salva expandiendo nuestras nociones de libertad, de liberación y salvación. Estar frente a Dios—frente a la luz directa del sol que se hace resplandeciente y dilata nuestras pupilas—nos hace reconocer nuestra humanidad y nuestra incompetencia para entender plenamente. Pero estar junto a Dios—ver su luz caminando al éxodo y cargándonos en nuestra humanidad y pecado—es también la fuente de la más plena y extraordinaria libertad. Su transfiguración nos hace mariposas.

Visualízate frente a Dios y lleva a la congregación a ese lugar. Siente el cansancio y la libertad de su éxodo y haz que la congregación lo sienta y lo viva. Todo esto lo puedes hacer con las palabras de tu sermón.

[1] Robert C. Tannehill, Luke (Nashville: Abingdon Press, 1996),160.

[2] Fred B. Craddock, Luke (Louisville: John Knox Press, 1990), 132.

[3] Charles H. Talbert. Reading Luke: A Literary Theological Commentary on the Third Gospel (New York: Crossroad, 1988), 104.