< November 15, 2015 >

Comentario del San Marcos 13:1-8

 

Fidelidad en Tiempos de Catástrofe

 

En el pasaje para este domingo se produce un cambio de escenario. Jesús ha estado en el templo discutiendo con los líderes de la religión. Ahora se va a enseñarles a sus discípulos en la montaña.

Primero Jesús y sus seguidores salen del templo y de Jerusalén. Los discípulos se dan vuelta y miran al templo que habían dejado atrás, diciendo: ¡qué impresionante, qué bello es el templo! Y tenían razón. El edificio era una de las maravillas de la antigüedad. Herodes el Grande se había embarcado en la reconstrucción del templo con el propósito aumentar su reputación en el mundo griego-romano. En un sentido, era una construcción realmente magnífica. Mucha gente alrededor del imperio recorría largas distancias para llegar a Jerusalén y ver este monumento.

Pero Jesús no es un turista. Más bien es un profeta. Y dice que todo esto va a quedar destruido. De hecho, el templo fue destruido cuatro décadas después de la muerte de Jesús. Algunos eruditos suponen que el autor del Evangelio está escribiendo después de la destrucción del templo y pone estas palabras en la boca de Jesús. Intérpretes más tradicionales dicen que Jesús podía ver el futuro. Tal vez Jesús sólo está hablando como un profeta. Un profeta no es alguien con capacidades mágicas para ver el futuro, sino alguien capaz de ver el presente desde la perspectiva de la justicia de Dios.

Sabemos que, desde el inicio de su misión, Jesús ha estado en conflicto con las instituciones religiosas, respecto del sábado y de otras tradiciones. Lo que ha estado en juego en cada caso ha sido la voluntad de Dios versus las tradiciones religiosas. Porque lo que Dios quiere es justicia y misericordia en vez de culto y religión. La actitud de Jesús al respecto es la misma que la de los profetas desde Amós a Jeremías e Isaías. Jesús explica su acción dramática de expulsar a los vendedores del templo (Mc 11:15-17) citando a dos de los máximos exponentes de la tradición profética como Jeremías (7:11) e Isaías (56:7).

Decir entonces que el templo va a quedar totalmente destruido es, en un sentido, una repetición de lo que había dicho Jeremías sobre el primer templo siete siglos antes (Jer 7:14). Jesús está denunciando una contradicción entre el templo y la voluntad de Dios. El templo se había convertido en un símbolo de la colaboración entre la religión y la dominación. Había llegado a ser, no el templo de Dios, sino más bien el templo de Herodes.

¿Y qué vamos a decir acerca de nuestros templos, nuestras instituciones religiosas? ¿Realmente son símbolos de la misión mesiánica de Jesús, o son símbolos de una alianza entre la religión y los poderes de la violencia y la avaricia, la división y la dominación? ¿Realmente pensamos que tal alianza puede sobrevivir el juicio de Dios? Es importante que reflexionemos sobre esto cuando en los Estados Unidos estamos medio de una temporada electoral y oímos mucho sobre las distintas variedades del cristianismo.

El Discurso Apocalíptico

Sentado en el Monte de los Olivos, Jesús responde a las ansiedades de sus seguidores y seguidoras respecto del futuro. Quieren saber cuándo se va a desatar el conflicto entre la justicia de Dios y la injusticia del mundo. La misión de Jesús había empezado con la advertencia de que el reino de Dios se había acercado (Mc 1:15). Pero ¿cuándo se consumaría?

El propósito del discurso de Jesús no es proporcionar una respuesta a esta pregunta. A pesar de que Jesús mismo rehúsa hacerlo, sabemos que muchos a lo largo de la historia cristiana han pretendido revelar el futuro. Aun hoy día nos encontramos con este tipo de profetas falsos.

Jesús les dice a sus seguidores y seguidoras que no se dejen engañar por quienes afirmen ser la presencia de Cristo y tener conocimiento de cosas que Jesús mismo no ha enseñado abiertamente. La única misión de Jesús es la que ha lanzado con sus seguidores y seguidoras en Galilea entre la gente menospreciada y marginada (Mc 16:7).

En cambio, hay muchas personas que, manifestando hablar en el nombre del Señor, condenan a la gente vulnerable, o promueven una alianza entre el evangelio y los poderes de los imperios de la violencia y la avaricia. Pero este no es para nada el cometido de Jesús.

La tentación de ser engañados/as es muy dura en épocas de conflictos y catástrofes. Jesús habla “de guerras y de rumores de guerras” y repite (o el evangelista Marcos le hace repetir) frases que se encuentran anteriormente en las escrituras. El profeta Isaías, por ejemplo, al hablar sobre los conflictos dentro del imperio egipcio, dice: “Levantaré a egipcios contra egipcios y cada uno peleará contra su hermano, cada uno contra su prójimo; ciudad contra ciudad y reino contra reino” (19:2). Es muy útil leer todo este oráculo de Isaías contra Egipto y compararlo con lo que Jesús está diciendo en nuestro texto de hoy. Al final del oráculo nos encontramos con la promesa de que Egipto va a arrepentirse y Dios les va a dar paz a quienes le den honra.

También en el libro de 2 Crónicas encontramos al profeta Azarías diciendo respecto de Israel: “Una gente destruía a otra, y una ciudad a otra ciudad…” (15:6). Estos conflictos muestran la falta de justicia. Pero también oímos la promesa: “Jehová estará con vosotros si vosotros estáis con él; y si lo buscáis vosotros lo hallaréis…” (15:2).

Ya sea en la guerra civil dentro de Israel o en los conflictos mundiales del imperio lo importante es, pues, permanecer fieles al Señor. En el discurso de Jesús en el Monte de los Olivos su mensaje a sus seguidores y seguidoras es que, a pesar de todos los conflictos y catástrofes del mundo, deben mantenerse fieles a la misión del reino de Dios. Hay que permanecer fieles a la visión de un reino de justicia y generosidad y no dejar de confiar en la promesa de Dios.

Hoy en día también vivimos en una época de conflictos y catástrofes. Parece que hay guerras por doquier. El planeta está amenazado por una catástrofe ecológica, y la avaricia y la ignorancia parecen ser aliadas en el proyecto de destruir la creación misma. Hay además quienes promueven la violencia de naciones contra naciones, y de culturas contra culturas.

Entonces es preciso escuchar el mensaje de este texto, que es un llamado a permanecer fieles a la promesa de Dios y continuar en la misión de Jesús. No podremos encontrar a Dios en la destrucción, sino en la construcción de la paz y la justicia.