< March 15, 2015 >

Comentario del San Juan 3:14-21

 

¿Vino Jesús a condenar a la humanidad o a sanar a la humanidad?

Esta es la pregunta que nos toca explorar en este Cuarto Domingo de Cuaresma. Aunque parezca simple su respuesta, la verdad es que muchas personas a través de la historia de la iglesia han dicho que Jesús vino a salvar la humanidad, pero en realidad han actuado y siguen actuando como si Jesús las hubiese enviado a condenar la humanidad. Entonces, ¿salvación o condenación?

Contexto

La lectura que nos ocupa en este domingo contiene uno de los versículos más conocidos del Nuevo Testamento. Juan 3:16, “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna,” es repetido innumerables veces por toda persona que conoce la Biblia. Sin embargo, creo que es importante prestar atención al contexto de la lectura antes de sumergirnos en una exégesis que se centre en un solo verso.

La perícopa para este domingo es parte de una conversación más extensa que Jesús sostiene con Nicodemo. Este hombre, a quien el autor del evangelio nos presenta como un estudioso de la Torá, viene a Jesús con la necesidad de aprender un poco acerca de su mensaje. Es interesante notar que Nicodemo llega a Jesús “de noche” (Jn 3:2). Recordemos que el evangelio de Juan presenta al pueblo religioso judío como uno que ha quedado en la ceguera espiritual al no haber podido reconocer al enviado de Dios (Jn 1:10-13). En este caso, Nicodemo representa a quienes, habiendo sido expuestos al mensaje de luz que trae Jesús, aún no lo han podido reconocer.

¿Qué se necesita, entonces, para poder ver la luz? Un nuevo nacimiento (Jn 3:3). Una traducción más correcta sería “nacido de arriba”, o sea, de Dios. Solamente quienes han nacido de Dios podrán ver a Dios. ¿Quiénes son estas personas que han nacido de Dios? Según leemos en las Escrituras, toda persona viviente, pues Dios ha creado a toda la humanidad (Gn 1:26-28; 2:7, 18-22). Por lo tanto, afirmar que solamente unos pocos son nacidos “de arriba” es ir en contra de la omnipotencia creadora de Dios. Es muy importante que tengamos en mente este punto mientras leemos y analizamos el texto para este día.

¿Sanidad o condenación?

Después de haber identificado el contexto de la lectura, podemos pasar a considerar la parte del discurso de Jesús que nos ocupa para este domingo. Aquí es donde encontramos el tan citado Juan 3:16.

Demos, entonces, una ojeada a la construcción del texto. En primer lugar, tenemos que Jn 3:14-15 ponen la crucifixión de Jesús en el contexto de la historia de la liberación del pueblo israelita. Cuando Moisés en el desierto levanta la serpiente (Nm 21:4-9), lo hace con la intención de liberar al pueblo de la mordedura venenosa de las serpientes que los atacaban. Según esta historia de Números 21, es Dios quien libera y sana al pueblo de sus heridas de serpiente, y aquí en Juan 3 el evangelista nos está diciendo que, con la crucifixión de Jesús, Dios prosigue el trabajo de liberación que hace con su pueblo.

El texto del evangelio continúa con una afirmación acerca de la razón por la cual Cristo vive en medio de su pueblo. Dios ha enviado a Cristo para que el mundo sea salvo o sanado por él (Jn 3:17). En el Nuevo Testamento es común que “sanado” y “salvo” se usen de manera indistinta. O sea, a los efectos teológicos la salvación es sanación, pero no se habla de salud en el sentido médico del término, sino en el sentido de estar en un estado de integridad holística. A Dios le interesa nuestra integridad como seres humanos. Por lo tanto, Cristo aceptó venir a vivir entre el pueblo precisamente para mostrarnos la vía hacia una vida completa, de integridad humana, en que podamos ser de manera efectiva quienes Dios nos ha creado para ser.

La perícopa sigue exponiendo la forma en que una persona puede ser condenada. Hay que prestar atención a esta parte, porque por lo general se la ha ignorado. Juan 3:18-19 dice: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” Debemos fijarnos en quién condena. Al revés de lo que muchas personas creen, no es Dios quien condena. Por el contrario, es el mismo ser humano quien toma la decisión de condenarse por no querer ver la luz.

Volvemos aquí al contexto en el que se da este pasaje. Nicodemo viene de noche a Jesús. Luego de que Jesús le indica cuál es la razón por la cual ha venido al mundo, Nicodemo regresa a la noche. No querer reconocer que a Dios le interesa la salvación, la sanidad y la integridad del ser humano, nos pone ya en un estado de condenación.

La lectura para este domingo termina señalando que quienes hacen lo malo – o sea, quienes no están interesados ni interesadas en vivir, enseñar y proclamar con sus acciones el evangelio de amor, compasión, sanidad e integridad holística de Jesús – no quieren vivir en la luz. Estas personas se condenan a sí mismas por no querer abrirse al amor extravagante de Dios en Cristo.

Conclusión

El texto del evangelio para este domingo se presta para hacer una reflexión profunda acerca de la forma en que proclamamos el mensaje cristiano. ¿Estamos condenando a la gente o proclamamos liberación, sanidad e integridad? Por muchos siglos, la iglesia ha proclamado condenación, alejándose de esta manera del corazón del evangelio. Es importante que el predicador o la predicadora presenten claramente el mensaje central de esta lectura: Dios ama al mundo y quiere que vivamos en la luz de ese amor. Mientras la iglesia camina con Cristo durante estos cuarenta días de reflexión que constituyen la Cuaresma, es necesario que nos paremos a pensar en qué forma estamos proclamando el evangelio. Este domingo nos ofrece una buena oportunidad para detenernos en el camino y escoger la senda que nos lleva a un evangelio liberador.