< November 16, 2014 >

Comentario del San Mateo 25:14-30

 

En otro momento privado de enseñanza con sus discípulos en el Monte de los Olivos, estos le preguntan: “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas [la destrucción del Templo] y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo?” (Mt 24:3)

Jesús les cuenta muchas historias y parábolas, usando metáforas creativas para ayudarles a entender lo que les está diciendo. Una de las preocupaciones centrales de los discípulos es qué tendrán que hacer y cómo tendrán que actuar cuando vean las señales que indiquen la inminencia del fin. Jesús les explica la necesidad de estar atentos y despiertos porque su regreso será una sorpresa.

Para enfatizar este punto, Jesús les cuenta tres parábolas que tienen en común el hecho de que el protagonista habría actuado de manera diferente si hubiera sabido cuándo el Hijo de la humanidad o el novio iba a volver:

1) el dueño de casa no habría dejado que nadie se metiera en su casa a robar (24:43);

2) el siervo no habría maltratado a sus consiervos ni se habría comportado mal (24:49); y

3) cinco de las señoritas “vírgenes” habrían tomado aceite suficiente para sus lámparas (25:3).

Jesús reitera:“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir” (25:13).

No está claro si la parábola que sigue y que constituye el evangelio para este domingo tiene que ver con el reino de los cielos o con los siervos. A pesar de que la versión Reina Valera 1995 traduce el comienzo del v. 14 con las palabras: “El reino de los cielos es como un…,” casi igual a 25:1, en el original griego de este v. 14 esas palabras faltan. Al no tener, pues, la introducción que tradicionalmente tienen las parábolas, podemos relacionarla con la parábola anterior de 25:1-13, en que el “novio” suele interpretarse como una metáfora para Jesús. Podemos suponer que el patrón o dueño que estará de viaje o ausente de su gente o país (apodemeo es el verbo griego que la traducción Reina Valera 1995 traduce como “yéndose lejos”) también se refiere a Jesús, quien pronto será entregado a los principales sacerdotes y escribas y condenado a muerte, saliendo así de la presencia de sus discípulos (Mt 20:17-19).

El patrón, muy rico, dueño de propiedades y posesiones (v. 14), “entrega” (curiosamente el verbo griego paradidomi que la versión Reina Valera 1995 traduce como “entregar” también significa “traicionar” o “engañar”) todos sus bienes a sus siervos y se va de viaje inmediatamente. Lo que les deja a sus siervos es más que su riqueza en talentos (talanton en griego); lo que les encomienda es lo que en el original griego se llama huparcho, es decir, todo su ser, todas sus posesiones, bienes y dinero.

Para que tengamos una idea de cuánto dinero les dejó el dueño, debemos saber que un talento tenía el valor de más de quince años de salarios mínimos de un obrero común. Como les dejó en total ocho talentos, quiere decir que en los niveles económicos actuales sumarían aproximadamente dos millones de dólares norteamericanos.

El patrón les encomienda a cada siervo una cantidad diferente de talentos según su poder o capacidad (dunamis en el original griego). Según el v. 19, el jefe vuelve después de mucho tiempo afuera, listo para arreglar cuentas con los siervos a quienes les había dejado los ocho talentos.

El siervo que recibió los cinco talentos, ganó (kerdaino en el original griego) cinco más, y de la misma manera, el que recibió los dos talentos, también ganó dos más. Pero el tercer siervo que recibió un talento, escondió el talento del patrón en la tierra porque tuvo miedo (v. 25) y quiso asegurarse de que aunque más no fuera pudiera devolvérselo. Si cada uno recibió los talentos según su dunamis, entonces el dueño ya sabía que el siervo a quien le dio cinco talentos haría algo con ellos y que el siervo a quien le dio un talento probablemente no haría mucho. Sin embargo, también al siervo a quien le dio un talento le encomendó que hiciera algo con él durante su ausencia.

El tercer siervo se justificó diciendo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste” (v. 24), y el jefe no lo negó. Pero si el jefe de la parábola es, como mencionamos, una metáfora para Jesús, ¿quiere decir que también Jesús roba lo que es de otros? ¿Es verdad que Jesús cosechó donde no sembró y recogió donde no esparció?

Si consideramos que Jesús “sembraba,” es decir, que ministraba a los/as humildes, a los/as marginados/as, a las comunidades judías de base de Israel, entonces supuestamente su “cosecha” tenía que proceder de ahí y de esas comunidades. Pero Jesús también “cosechó” de gente no judía (Mt 15:21-28), de los ricos (Mt 27:57) y de militares extranjeros (Mt 8:5-13; 27:54) entre otros. Jesús efectivamente cosechó donde no sembró y recogió donde no esparció.

Vemos así que esta parábola es diferente a las parábolas sobre el reino de los cielos y la anticipación/esperanza que la preceden en el evangelio de Mateo. Aquí no hay un énfasis sobre el estado de lo inesperado o el sueño de las personas que esperan el regreso de alguien. Tampoco se trata de los talentos y de la riqueza que es encomendada a los siervos.

La parábola tiene que ver con la salida de Jesús y con el trabajo y el servicio con el que sus siervos (discípulos/as) deben cumplir durante su ausencia. Ellos y ellas deben atender y cuidar los bienes que Jesús les encomienda mientras está ausente. El énfasis está puesto en la actividad o inactividad, la fidelidad o la falta de confianza (vv. 21, 23, 26) de los siervos durante la ausencia del señor (no es casualidad que justamente se lo llame señor, en griego kyrios, a partir del v. 19).

El jefe le dice al siervo a quien le dio un talento que al menos debió entregarlo a los banqueros (trapezites en griego) para que generara intereses (v. 27). El patrón critica fuertemente al tercer siervo por no manejar bien su talento, por no ser buen mayordomo, por no reforzarlo ni hacerlo crecer, por no usarlo para tener un impacto más grande ni hacerlo más sustentable.

Esta parábola es la llamada de Jesús a las y los fieles a esperar activamente su regreso, que será el momento en que nos preguntará: ¿Usaron su talento para inspirarse mutuamente, su aprendizaje para enseñarse mutuamente, su predicación para proclamarnos a mí y a mi reino, su compasión para consolarse mutuamente, su sed de justicia para luchar en solidaridad mutua? ¿O escondieron lo que les di para devolvérmelo sin usarlo?