< April 17, 2014 >

Comentario del San Juan 13:1-17, 31b-35

 

Jesús Lava los Pies de sus Discípulos

Puesto en el contexto de una cena, Jesús demuestra cómo ama a sus discípulos hasta el fin a través del acto de lavarles sus pies. Como una manifestación de su dominio (v. 3), Jesús se levantó de la mesa y empezó a actuar con amor en la forma de servicio. Lo que continúa es una conversación interesante entre Simón Pedro y Jesús.

Simón Pedro no entendía porqué Jesús necesitaba lavarle sus pies y quiso evitarlo. La respuesta de Jesús fue dura pero clara: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo” (v. 8b). Y Pedro pidió entonces que no sólo le lavara los pies, sino también las manos y la cabeza (v. 9). Pero Jesús le explicó que solo necesita lavarle los pies (v. 10).

Durante mis años como pastora en Guatemala, recibimos a muchos grupos de la ELCA en nuestras iglesias con el propósito de acompañarnos mutuamente. Y muchas veces estos grupos que venían de visita de los EEUU tenían la misma dificultad que Pedro. Una de las cosas más difíciles para los extranjeros que nos visitaban era aprender a recibir de sus hermanas y hermanos guatemaltecos. Los extranjeros muchas veces tenían la idea de que la misión era un camino de una sola vía y de que ellos llegaban para servir y no para ser servidos. Pero sólo cuando eran capaces de tener la humildad de dar y también de recibir, podía nacer una relación verdadera de amor basada en Cristo.

Una vez abierto este espacio de recibir y de dar, recuerdo que como parte del acompañamiento mutuo, los miembros de una iglesia hermana del extranjero tuvieron la oportunidad de lavar los pies de un grupo de mujeres indígenas en una de las iglesias de Guatemala. No puedo olvidar ese día. Invitamos a las mujeres a la iglesia y teníamos sillas para ellas en frente del altar. Las mujeres visitantes se arrodillaron frente a las mujeres de Guatemala y empezaron a lavarles los pies. Sus pies eran hermosos y grandes, por la falta del uso de zapatos por muchos años, con grietas, llenos de lodo y duros después de tantos años de trabajo para beneficiar a sus familias y a su comunidad. Las mujeres de Guatemala se sintieron estimadas. El hecho de lavar los pies de sus hermanas en Cristo transcendió la frontera del idioma y de la cultura, y comunicó el respeto entre ambos grupos. Las mujeres de uno y de otro país eran muy distintas, pero estaban unidas en una misma vocación de servicio a otras personas.

Cuando Jesús terminó de lavar los pies de sus discípulos, les preguntó si habían entendido lo que acababa de hacer (v. 12). Jesús era su Maestro y su Señor, pero no obstante les había lavado los pies (vv. 13-14). Lo interesante es que Jesús no les pidió a sus discípulos que le lavaran los pies a él – pues sus pies ya habían sido ungidos por María en preparación a su muerte (Jn 12:3) – sino que se lavaran los pies los unos a los otros (v. 14). Es decir, servir a Jesús no es lavar sus pies, sino lavar los pies de nuestro prójimo, y al hacerlo así estaremos lavando los pies de Jesús. Servir a nuestro prójimo es servir a Jesús. No somos iguales a Jesús, pues como dice Jesús según el v. 16, “el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió.”

El Verbo se hizo carne y está con su pueblo (Jn 1:14), pero él va a servirnos en una forma en que nosotros y nosotras no podemos servirlo a él. Tampoco podemos ir con él a donde él va (v. 33). Hay una distinción importante entre seguir y acompañar. Los discípulos siguen a su amo y nosotros y nosotras como discípulos y discípulas de Cristo tenemos el camino preparado para nuestra salvación a través de la pasión y la resurrección de Jesús. Nuestro papel con nuestro prójimo en cambio es de acompañar y compartir la palabra de Dios, sirviéndonos mutuamente. Esto significa que sólo una relación bilateral, un camino de doble vía, es de verdadero amor. Como dice Jesús:“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (v. 35).

No debemos confundirnos con el mensaje que estamos compartiendo. Al servir, nuestro propósito no es nuestra propia gloria, sino que debemos servir al prójimo para la gloria de nuestro maestro y Señor, quien hace por nosotros y nosotras lo que no podríamos hacer por nosotros y nosotras mismas sin él. La explicación que Cristo nos da es muy clara: “El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Jn 13:20), o sea que recibir al mensajero es recibir a Cristo y recibir a Cristo es recibir al Padre. Como líderes y miembros de la iglesia de Cristo, debemos recordar siempre que somos los mensajeros y no el mensaje. Nuestro único propósito es que nuestro prójimo confíe en Cristo.

Motivo para Traicionar

En este pasaje de San Juan, el diablo, Satanás, tiene su parte en la historia. Según el v. 2, el diablo incitó a Judas Iscariote a traicionar a Jesús. Pero lo importante es recordar que Jesús sabía que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio y le había dado todas las cosas en las manos (v. 3), incluyendo al Señor de las tinieblas. Según San Juan 13:18-30, Jesús predijo la traición de Judas. Lo curioso es que Jesús sabía quién lo traicionaría; dijo que lo entregaría el discípulo a quien le diera el pan mojado, y Jesús se lo dio a Judas y Judas lo recibió (v. 26), mientras los demás discípulos no entendían exactamente qué es lo que estaba pasando (v. 28). Pero para nosotros y nosotras, que estamos leyendo la historia ahora, está claro quién es el traidor. Dice el evangelio que Satanás entró en Judas tan pronto como recibió el bocado que le ofreció Jesús. A diferencia de lo que sucede según los evangelios sinópticos, el motivo de Judas para entregar a Jesús no fue la ambición de dinero, sino la acción del diablo. Una vez que el diablo entró en Judas, Jesús le dijo: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto” (v. 27b). Jesús no sólo sabía quién lo iba a traicionar, sino que también tenía dominio sobre las circunstancias. Al darle el pan mojado a Judas, Jesús prácticamente estaba decidiendo que la hora de su pasión había llegado, y como la traición era parte del inicio de su pasión, lo recibe con entendimiento. A diferencia de lo que sucede en los evangelios sinópticos en que Jesús pidió a Dios que lo liberara, de ser posible, de tomar ese cáliz, aquí en el evangelio según Juan, Jesús no pone objeciones, sino que afronta con entereza lo que tiene por delante. Cuando Judas salió, era de noche (v. 30). Judas dejó la luz y se adentró en la oscuridad.

En Guatemala, frecuentemente se habla del ataque que el diablo realiza en las vidas de las personas. Es por esto que nosotros y nosotras debemos recordar siempre la necesidad de orarle a nuestro Padre: “No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.” Por supuesto que también depende del contexto de cada predicador o predicadora, pero si no se habla del papel de diablo en la traición y la muerte de Jesús la historia estaría incompleta. Uno puede tomarlo desde el punto de vista de que la traición llevó Jesús a su cruz y de que Jesús en la cruz Jesús puso al diablo debajo de sus pies. Podemos dar consuelo a nuestros miembros anunciándoles que Jesús hizo algo eficaz y permanente en contra del diablo y lo cumplió. Cuando sentimos la presencia o la presión del diablo, todos y todas podemos aferrarnos a Jesús, que es el Señor de todos los señores.