< March 23, 2014 >

Comentario del San Juan 4:5-42

 

Un Pueblo Mestizo

Los samaritanos de la época de Jesús eran el resultado de la mezcla de los israelitas sobrevivientes de la destrucción del reino del norte en el año 722-721 AC con los colonos que los asirios enviaron a repoblar la región. De esta mezcla surgió un pueblo mestizo en lo étnico, lo cultural y lo religioso. Este pueblo asumió algunos de los elementos de la vieja religión israelita como, por ejemplo, el Pentateuco y los lugares de culto que habían sido importantes en los tiempos patriarcales y durante el reino del norte (2 R 17:24-34).

Los samaritanos intentaron vincularse con los judíos repatriados del exilio babilónico en tiempos de Zorobabel, pero los judíos rechazaron la oferta y los vieron como rivales y enemigos (Esd 4:2-3).

Normalmente los judíos preferían no pasar por territorio samaritano, porque consideraban que podía hacerlos impuros en alguna forma. Por esta razón, cuando tenían que viajar a Galilea, muchos preferían tomar una ruta más larga a través de la Transjordania, cruzando por territorios de mayoría gentil. Esto revela que los judíos de Judea consideraban a los samaritanos como más impuros que los gentiles, a pesar de que ambos territorios estaban bajo la autoridad del mismo gobernador romano.

Llama por esto la atención que Jesús prefiriera hacer el viaje a Galilea a través de territorio samaritano, contrariamente a lo que habría hecho un maestro tradicional de la ley judía.

Dos Historias que Revelan lo Mismo a Dos Pueblos Distintos

El paralelismo entre la historia en el capítulo 4 de Juan sobre el encuentro de Jesús con la mujer samaritana en el pozo, y la historia en el capítulo 3 de sobre el encuentro de Jesús con Nicodemo, el rabino ortodoxo que llega a conversar con Jesús de noche, es claro. Ambos relatos revelan una misma verdad. Jesús relativiza y cuestiona tanto la lectura teológica samaritana como la lectura teológica judío-ortodoxa, así como ambas tradiciones litúrgicas e históricas. Para Jesús, ninguna de estas tradiciones representa la novedad del evangelio que él manifiesta (4:23). Tanto Nicodemo como los samaritanos debían recibir el Espíritu (3:6 y 4:24). El Mesías llega para ambas comunidades (4:25-26).

Ambas comunidades deben entender que sus tradiciones están incompletas y que sólo tienen sentido en tanto sirvan como preparación para la llegada del tiempo mesiánico que estaba próximo; por ello, los montes sagrados de Gerizim y Jerusalén ya no servirán como lugares de revelación y adoración divina (4:21), sino que la adoración deberá verse desde la perspectiva de la novedad revelada por el Espíritu (3:6 y 4:23).

El Diálogo junto al Pozo de Agua

Jesús llega al pozo de Jacob al mediodía, cuando el calor es intenso. Esto revela el porqué de su cansancio y su sed (v. 6). Llama la atención que la mujer llegue a esa hora sola al pozo. Normalmente las mujeres iban en al pozo en grupo, a una hora más temprana. Su soledad quizás esté relacionada con su estilo de vida, que la excluía socialmente de su propia comunidad (vv. 17-18).

El texto, sin embargo, muestra que Jesús no teme volverse impuro por hablar con la mujer samaritana; por el contrario, el texto revela a un Jesús con poder para purificar y restaurar a aquellos y aquellas que estaban socialmente excluidos y estigmatizados por su estilo de vida (v. 42). Jesús rescata y purifica con su aceptación a la mujer y a los miembros de su comunidad, y los incluye en el nuevo pueblo de Dios, que sobrepasa las barreras étnicas y de género (v. 41), puesto que todos creen en la palabra de Jesús que primero les lleva la mujer. Además, este diálogo teológico de Jesús con una mujer desafía los prejuicios de la época. No era aceptado en la época de Jesús que un hombre discutiera de teología con una mujer.

En el transcurso del diálogo junto al pozo con la mujer samaritana, Jesús afirma que la teología samaritana no refleja ni es capaz de reconocer “el don de Dios” (v. 10), hace una evaluación de la historia y las tradiciones que sustentan la fe de los samaritanos (vv. 12-13 y 20-23), y demuestra que la omnisciencia divina obra en él (vv. 17-18).

Jesús, para la mujer, podía ser el Taheb, el Mesías o restaurador de la tradición samaritana, equivalente al segundo Moisés profetizado en Dt 18:18, que vendría a enseñarles el camino a Dios (v. 25). Sin embargo, según el evangelio de Juan, el mesianismo de Jesús sobrepasa a las expectativas mesiánicas judías y samaritanas, revelando que el conocimiento de ambas tradiciones es parcial y que deben abrir sus ojos a Jesús y encontrar en él la plenitud de la revelación divina.

El diálogo, por eso, es revelador para la mujer y para su pueblo (vv. 28-30). La mujer se convierte en evangelista y misionera en su propio pueblo y se reintegra a la vida de su comunidad (v. 28), al punto de olvidar su cántaro con el agua física (v. 28), indicando que después de hablar con Jesús ha quedado llena con el agua espiritual (vv. 13-15).

El texto además nos muestra que las palabras de Jesús tienen un carácter escatológico, puesto que las imágenes de fuentes de agua viva que calman para siempre la sed, nos llevan inmediatamente a los relatos proféticos que anunciaban que eso ocurriría en los tiempos mesiánicos (Is 12:3, 43:19-20 y 55:1; Zac 14:8). Y significaban asimismo una sanación del pecado del pueblo, que había dejado el agua viva y se había cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retenían el agua (Jer 2:13). Para Juan, el tiempo mesiánico ya ha comenzado; por eso, judíos y samaritanos son llamados a experimentarlo y los discípulos a cosecharlo (v. 35).

Del Aislamiento a la Misión

El texto evidentemente nos lleva a descubrir que la nueva comunidad mesiánica tiene carácter supranacional; ya no es más una comunidad étnica sino que es inclusiva. Las viejas rivalidades y odios entre puros e impuros cultural, ritual o étnicamente ya no tienen validez. El Mesías está derribando y anulando en su persona las diferencias.

En segundo lugar, el tiempo mesiánico significa una reinterpretación y nueva comprensión de las tradiciones heredadas de los antepasados. Los discípulos y la samaritana tienen que descubrir que su fe ahora tiene una nueva forma de pensarse y vivirse que no se circunscribe a las interpretaciones que aprendieron en la sinagoga o en el templo.

El sujeto separado y marginado de la historia, la mujer, deja su aislamiento y se lanza a compartir la revelación del tiempo mesiánico. Su vida es transformada cuando Jesús, quien conoce su pasado, reinterpreta su historia y en lugar de condenarla, la convierte en misionera. De esta manera, la samaritana pasa a ser un modelo para la comunidad, como un sujeto histórico transformado y transformador, manifestándose así que la hora mesiánica efectivamente ha llegado (v. 23).