< February 09, 2014 >

Comentario del San Mateo 5:13-20

 

Este texto es parte del Sermón del Monte que encontramos en Mateo 5:1-7:27 y que tiene una importancia central en este evangelio.

En Mateo 5:13, Jesús declara que tiene expectativas altas con respecto a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra.” E inmediatamente les advierte también que como sal pueden contaminarse o volverse inútiles y que entonces no van servir para otra cosa que para ser echados fuera y pisoteados por los hombres.1

Ilustración para un sermón sobre “ser sal y luz”

Una ilustración para un sermón sobre este texto puede ser una transformación histórica que haya sucedido, o una experiencia de una persona (o una comunidad o nación) que haya sido transformada para reflejar mejor la voluntad de Dios. Estas transformaciones suceden cuando los individuos y/o comunidades son sal y luz. Yo voy a elegir el ejemplo de una nación que se ha transformado. Me refiero a Sudáfrica. Hoy, apenas dos meses después del fallecimiento de Nelson Mandela, es oportuno que sigamos hablando de él desde el púlpito con el propósito de ilustrar temas que aparecen en el Sermón del Monte, como por ejemplo que Jesús espera que seamos instrumentos de Dios para instaurar la justicia.

Sudáfrica antes y después

Yo vivía en Sudáfrica en 1987 cuando todavía regía el apartheid y se aplicaba una política racista, discriminatoria e injusta. La sociedad había sido dividida y separada entre “blancos,” “indios,” “colorados,” y “negros.” Los “blancos” eran obviamente la gente con piel de color más claro. Los “indios” eran la gente cuyos ancestros estaban en la India, y no se podían postular para ciertos empleos y su salario era siempre menor que el de los blancos aunque realizaran el mismo trabajo. Los “colorados” eran la categoría en la que el estado ponía a las personas que tenían por ejemplo una abuela africana y un abuelo de la India, o una madre europea y un padre con piel de color un poco más oscuro y no tenían derecho a votar en las elecciones ni derecho a una educación digna. Y en el fondo de la escala social estaban por supuesto los “negros,” con la piel de color más oscuro, que constituían la mayoría de la población de Sudáfrica.

El gobierno del apartheid, que duró por más que 40 años, dividió a todos los sudafricanos de la república en esas cuatro categorías: blancos, indios, colorados y negros. Tu categoría figuraba en el documento de identidad. Y el gobierno también dividió el mapa del país, asignando a los blancos la mayor parte de la tierra, con los terrenos más fértiles, con las playas lindas, con acceso a las fuentes de agua, etc. En las ciudades, los blancos vivían en los distritos más bonitos y desarrollados, con parques y jardines, y carreteras bien hechas y en buena condición. Los negros no tenían derecho a alquilar o a construir una casa en esas partes de las ciudades. Era ilegal. A los indios les asignaron distritos con espacio más reducido. A los colorados les asignaron lugares de peor calidad, más marginales. Y a los millones de sudafricanos negros los condenaron a vivir en la miseria, en los peores terrenos, en las tierras más pobres e inútiles. Además, el estado y la policía controlaban sus movimientos. No tenían libertad. Tal como sucedió en mi país, en los EEUU, aquí en Minnesota donde vivo, cuando hace 150 años con fuerza y violencia, los nativos del lugar fueron despojados de sus tierras fértiles, y de sus terrenos con bosques y agua dulce, y fueron puestos en reservaciones pobres y aisladas con tierra seca.

En Sudáfrica solía visitar a unos amigos en su urbanización. Tenían que recolectar agua para lavar y cocinar y había un solo tubo de agua potable para 200 familias. La gente tenía que esperar en fila más de una hora bajo el fuerte sol para llenar sus baldes de agua y cargarlos a sus casas, que eran casitas de un solo cuarto. El gobierno construyó bonitos colegios para los niños blancos, con canchas deportivas, piscinas, bibliotecas y escritorios para cada estudiante. Para los niños indios y colorados construyó colegios de menor calidad. Y para los negros, colegios con piso de tierra. Eran escuelitas sin libros, sin escritorios para los estudiantes, sin agua ni desagüe para los baños. Era racismo y discriminación en su máxima expresión.

En Sudáfrica, en 1987, los hospitales designados para los negros tenían miles de pacientes y poquísimos médicos. ¿Cuántos niños murieron de diarrea? ¿Cuántas personas sufrieron por no tener atención médica? Lo peor es que el factor determinante era el color de tu piel. Recuerdo que con unos amigos fuimos a un parque, y había un banco para sentarse y descansar bajo la sombra de un árbol, pero con un cartel que decía NET BLANKES, lo que el idioma afrikáans significa “solamente para blancos.” Cuando tuvimos que usar el baño en el parque, en la puerta del baño otra vez nos encontramos con el mismo cartel: NET BLANKES (“solamente para blancos”). Hasta las playas habían sido segregadas. Las playas limpias con arena fina y olas suaves, fueron asignadas a los blancos y a los indios. Y otras playas fueron reservadas para gente con piel más oscura.

Recuerdo que un día, mientras vivía en Sudáfrica, una señorita que se llamaba Jean y que era hija de unos misioneros que conocían mis padres, me recogió del colegio y me llevó a comer un helado. En el camino, Jean paró su carro para ofrecerle ayuda a una persona que estaba esperando un bus en la calle. Era un señor mayor, de piel oscura, y Jean ofreció llevarlo en su carro por unos 3 kilómetros, porque los buses para personas como él, con piel de color oscuro, sólo pasaban una vez por hora y siempre venían llenísimos, mientras que los buses para personas con piel clara pasaban con más frecuencia y a veces venían medio vacíos. Jean recogió a aquel señor, sin saber su nombre, para ayudarlo a llegar más rápido a su destino, y lo que es más importante, para devolverle la dignidad, aunque sea por un rato. “Yo siempre hago esto”, dijo Jean. Y entonces me contó que la semana anterior había visto un accidente. Una persona había sido atropellada por un carro, y ella corrió a un teléfono público y llamó al número de emergencias para pedir una ambulancia. Y le preguntaron: “¿De qué raza es la víctima? ¿De qué color es la piel de la persona que fue atropellada?” Y Jean me dijo que en ese momento ella empezó a llorar con lágrimas de profunda frustración y tristeza: “¿Qué importa su raza? ¡Mándanos una ambulancia! ¡Rápido! No le voy a decir cuál es su color. Es un ser humano que necesita auxilio. ¿Van a ayudarla o no?” Y dio la dirección exacta del accidente, y colgó el teléfono. Me explicó: “Si dices que es blanco, van a mandar urgente la mejor ambulancia, y si dices que es negro, van a demorar en llegar.” Eso sucedía en 1987.

Debemos dar gracias a Dios por la iglesia, porque en la iglesia aprendemos otra cosa. En la Iglesia todos y todas somos incluidos en el reino de Dios, y todos y todas tomamos de la misma copa y comemos del mismo pan de vida. Nadie es superior ni inferior. Nuestra identidad es la de ser hijos e hijas de Dios. Somos un arco iris de colores. Seamos africanos, indios, indígenas, europeos, latinos, de cualquier etnicidad, de cualquier color, todos somos hijos e hijas de la luz. Somos sal de la tierra y luz del mundo, hechos a imagen y semejanza de Dios, creados para brillar. El régimen sudafricano del apartheid, en cambio, al discriminar a las personas por el color de su piel, tomaba la luz de millones de personas y la ponía debajo de una vasija (v. 15).

De 2007 a 2013 viví en el Perú como misionera, y en San Isidro, Lima, hay una estatua de Nelson Mandela. Y llevé a mis hijos a verla y les conté la historia de este hombre. Nelson Mandela luchó por 50 años por la igualdad de todos los sudafricanos, y fue mantenido preso por el gobierno de Sudáfrica durante 27 años. Estaba en la cárcel cuando yo vivía en Sudáfrica. Pero por fin, en 1990, Mandela fue liberado, y el gobierno cambió las leyes, gracias a Dios, gracias al trabajo constante de muchas iglesias que realmente fueron increíbles, valientes y eficaces, y gracias a millones de personas que actuaron como sal y luz en este mundo. Y en 1994 Nelson Mandela, un hombre negro, fue elegido presidente.

Hay unas palabras de Marianne Williamson que erróneamente se siguen atribuyendo a Nelson Mandela en su discurso de asunción como presidente, pero que efectivamente podrían haber sido dichas por él, que quiero citar: “Nuestro miedo más profundo no es que seamos incompetentes. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos más allá de cualquier medida. Es nuestra luz, no nuestro lado oscuro, lo que nos da más miedo. Nos preguntamos a nosotros mismos: ¿Quién soy yo para ser brillante, bello, con talento y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres un hijo de Dios. El hecho de que juegues a ser insignificante no le sirve de nada al mundo. No hay nada de iluminado en encogerse para que la gente a tu alrededor no se sienta insegura. Se supone que todos tenemos que brillar, tal como lo hacen los niños. Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que tenemos dentro. Y no está solo en algunos de nosotros. Está en todos. Y cuando dejamos que nuestra luz brille, inconscientemente les estamos dando permiso a otras personas para que hagan lo mismo. En la medida en que nos liberamos de nuestro propio miedo, nuestra presencia automáticamente libera a otros.”

Es como “una ciudad asentada sobre un monte [que] no se puede esconder" (v. 14b). Jesucristo no dijo: “Ustedes deberían ser sal y luz,” ni dijo: “Traten de lograrlo, que eventualmente hay una posibilidad de llegar a ser luz.” Jesucristo nos dice: “Son.” Ustedes son la sal de la tierra. Son la luz del mundo. “Vosotros sois la sal de la tierra” y “vosotros sois la luz del mundo.” (vv. 13 y 14). Aceptemos, pues, esta identidad que Jesús nos da, y brillemos y hagamos buenas obras para el prójimo, dando buen sabor a este mundo y a las vidas de otros. De otros y de otras que nos necesitan.

 


 

1Robert H. Smith, Augsburg Commentary on the New Testament Matthew (Minneapolis, MN: Augsburg Publishing House, 1989), 87.