< January 12, 2014 >

Comentario del San Mateo 3:13-17

 

“En aquellos días…” (3:1).

Así inicia Mateo su relato de la vida pública de Jesús en un tiempo kairótico, mesiánico. Con este texto Mateo está cerrando el ciclo de la infancia de Jesús (el nazareno del cual hablan las Escrituras, como dice 2:3) y abre la narrativa de su ministerio público.

Los contrastes del texto…

En la primera parte del capítulo 3 de San Mateo aparecen muchos símbolos y personajes contrastados:

1) Desierto y río:

Juan aparece primero como “la voz del que clama en el desierto” (3:3). El desierto es un lugar difícil para posibilitar la vida. El pueblo de Israel conducido por Dios tuvo que enfrentarse al terrible desierto (Dt 1:19) antes de entrar en la tierra prometida, y fue allí donde tomó conciencia de su propia identidad (de que era el pueblo elegido y liberado), y descubrió la necesidad de organizarse (mediante sus códigos legales) para vivir en comunidad y con perspectivas futuras de poseer la tierra como don de su Dios liberador. Por ende, el desierto es también un espacio propicio para el encuentro con Dios y su proyecto. Es precisamente en ese espacio en que Juan comienza a anunciar que el Reino de los cielos estaba cerca y que, para acogerlo, era urgente la conversión del pueblo.

Desde aquel desierto de Judea, Juan baja al río Jordán, hace la transición entre estos dos espacios y logra complementarlos. El río contrasta con el desierto por su significación, pues el agua siempre será símbolo de vida y purificación. Estar en el río tiene un propósito: bautizar a los que confesaban sus pecados y creían en las palabras del Bautista. Los espacios del desierto y del río se reflejan el símbolo del bautismo, con la conversión por la cual dejamos atrás una vida alejada del proyecto de Dios o de pecado e iniciamos una nueva vida, acorde con el anuncio del Reino que hicieron primero Juan y luego Jesús.

2) Juan y Jesús:

Cada uno tiene una misión y una visión diferentes, aunque convergen en el anuncio del Reino de Dios y la experiencia del bautismo de Jesús. Juan llama a una conversión para la pronta venida del Reino de los cielos, bautiza con agua (purifica) a los que confiesan sus pecados (como símbolo de conversión), lleva una vida austera en el desierto (como la de cualquier asceta que se retira de la ciudad), advierte sobre el castigo inminente para la élite religiosa de la época, y cree en un juicio divino que separará lo bueno de lo malo. De ahí viene justamente su preocupación por la purificación ante la cercanía del Reino.

Jesús llega hasta el río Jordán desde su pueblo (3:13), no del aislamiento, con el propósito de ser bautizado por Juan. El bautismo se convertirá en el mayor símbolo de la filiación de Jesús con su Padre. Jesús es presentado por Dios con las palabras “Este es mi hijo amado” (3:17) tanto ante los presentes entonces como ante los lectores de todas las épocas. Seguramente Jesús conocía el anuncio del Reino que hacía Juan y creía en él, y por eso fue que según Mateo 4:17, Jesús repetiría la misma frase de Juan: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” Pero si bien ambos anuncian que el Reino de los cielos se acerca, la perspectiva de cada uno es diferente. Juan imagina que la llegada del Reino estará acompañada por un juicio divino y tiene por lo tanto una visión apocalíptica del acontecimiento (3:10.12). Jesús usa parábolas para enseñar como lo entiende él y toda su vida se dedicará a anunciar y vivir esa utopía.

Jesús decide iniciar su misión con el bautismo de Juan precisamente porque el bautismo le confiere su filiación con el Padre. La práctica de Juan es transformada por la presencia de Jesús, y por ende, el bautismo se transforma en el reconocimiento de nuestra identidad más profunda, la de ser hijos e hijas de Dios.

3) El pueblo común y la élite religiosa judía:

Mateo muestra el contraste entre el pueblo que, confesando sus pecados, es bautizado por Juan, y las autoridades judías, representadas por los fariseos, sacerdotes y saduceos que se contentan sólo con tener el título de “hijos de Abraham” (auténticos judíos). Por eso es que a ellos Juan les anuncia el castigo inminente; ellos representaban la “institucionalidad religiosa” y no estaban dando los frutos esperados. El pueblo, en cambio, se convierte, y Juan los bautiza a todos y a todas.

Es importante pensar en la institucionalidad de nuestras iglesias. ¿Están dando los frutos que Dios y el pueblo espera? Si el bautismo, según este texto bíblico, es la consecuencia de la conversión, y la conversión es la consecuencia de una fe madura y reflexionada, ¿será que las iglesias están asumiendo el bautismo con la suficiente seriedad y coherencia, como una verdadera conversión? ¿Cuáles serán los motivos de la creciente incredulidad de las nuevas generaciones y de la desolación de muchos de nuestros templos? ¿Qué incidencia logramos en la transformación de las realidades? Quizá la práctica de nosotros/as los/as creyentes esté alejada de su esencia, quizá no estemos sabiendo dar frutos dignos de nuestra fe, que muestren verdaderamente nuestra conversión y la búsqueda permanente del Reino de Dios.

Nuestra vida está también llena de contrastes que nos ubican dentro de un largo proceso de conversión. A veces estamos en el desierto fluctuando entre los encuentros y desencuentros con Dios, a veces ya estamos en la ribera del río esperando vivir nuestro bautismo, revestidos de Cristo e inspirados por el Espíritu Santo. A veces nos recogemos como Juan, preferimos alejarnos de la cotidianidad, y no hay nada malo en eso, siempre y cuando sea para recuperar fuerzas y regresar al mundo habitual con el firme propósito de procurar cambios positivos. A veces somos como Jesús, nos ligamos a una cotidianidad, nos involucramos y comprometemos con su utopía, con ¡otro mundo más humano!

Cuando actuamos como Jesús, somos parte del pueblo común que confiesa sus pecados y abraza el proyecto de Dios; establecemos una relación filial con el Padre. Y en otras ocasiones somos parte de la “institucionalidad religiosa” y miramos o escuchamos con sospecha aquello que interpela nuestra comodidad y seguridad.

Cumplir “toda justicia:” el reto para todos/as

Este texto de Mateo inaugura la vida pública de Jesús que tendrá por finalidad cumplir “toda justicia” (3:15) como interpretación de la voluntad de su Padre. Es Jesús quien invita a Juan –y por ende a cualquiera que lea el evangelio– a cumplir con la voluntad de su Padre. El texto nos insta a vivir la justicia de Dios como el camino para encontrar el Shalom,1 es decir, aquella paz integral fruto de la justicia social. Que todos/as puedan gozar de una vida plena será la manera más efectiva de hacer presente el Reino.

En nuestro continente podemos hablar del “buen vivir,” como una ética de vida de armonía plena con todo el cosmos. En términos cristianos, este es el proyecto de Dios que se nos acerca y nos interpela a cambiar las estructuras sociales, económicas, religiosas, culturales, étnicas, etc., en busca –siempre– del bien común. Este es el reto para cada bautizado/a, el de asumir su fe y producir los buenos frutos que demanda Juan, el de comprometernos verdaderamente con la vida.


1. Significa “paz” en hebreo. No es la paz entendida como silencio o quietud, sino como armonía plena, gozo, unidad, plenitud, salud, prosperidad tanto a nivel personal como comunitario y social.