< October 27, 2013 >

Comentario del San Lucas 18:9-14

 

En el evangelio de San Lucas se encuentran más parábolas que en cualquier otro evangelio.

Por eso encontramos parábolas que nos cuenta solamente San Lucas y una de éstas es la que corresponde al 23° Domingo después de Pentecostés. Esta parábola trata de la oración y del misterio inesperado de la gracia de Dios.  

El efecto parabólico

Las parábolas de Jesús son engañosamente simples. Son tan simples que pudimos aprenderlas de niños, pero tras años de estudio descubrimos que nunca se agota el poder que poseen de comunicar los misterios de la fe. 

Una de las fuentes de este poder “parabólico” es su “función interpelante.” Es decir, las parábolas de Jesús captan la atención de los/as oyentes por medio de situaciones e imágenes cotidianas, pero a la vez nos invitan a que entremos y participemos en otra realidad que de alguna forma indica al Reino de Dios. 

Es que las parábolas no son alegorías ni fábulas ni códigos que uno deba descifrar. Son más bien historias imaginativas con la capacidad de permitirnos un vistazo—aunque sea breve—de “algo más.” En el caso de nuestra lectura de esta semana, para apreciar este efecto, hay que proceder con cuidado y evitar tres equivocaciones comunes.

Contexto: Tres Advertencias

Primero, en nuestras tradiciones de interpretación existen varios estereotipos sin bases históricas. A pesar del contenido de siglos de predicación evangélica, no podemos suponer que todos los fariseos fueran legalistas e hipócritas. Al contrario, en su tiempo los fariseos estaban fervientemente apegados a una obediencia estricta y se consideraban modelos de piedad en las comunidades. De hecho, en la historia del judaísmo, fueron los fariseos los que guardaron y preservaron la identidad del pueblo judío después de la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 DC.

Por un lado, la tentación de predicar sobre el “fariseísmo” puede ser el resultado de la generalización de los conflictos entre Jesús y algunos fariseos específicos. Por otro lado, puede ser que sea el resultado de una larga historia de anti-judaísmo en la iglesia. Aunque no sea intencional, la generalización apoya al otro fenómeno.  

Segundo, respecto del publicano, no hay ninguna indicación de que el sistema de pureza esté en juego en la parábola. La explicación común es que los publicanos siempre andaban en estado de impureza ritual por tocar monedas y varios bienes impuros. No hay nada aquí que acuerde con tal lectura. Si los publicanos les caían mal a los/as oyentes de Jesús, no era por razones religiosas sino políticas. Los publicanos eran traidores por colaborar con el imperio romano que ocupaba y dominaba Israel y a su gente. 

Tercero, relacionado con lo anterior, muchos predicadores—con intenciones muy buenas—han hallado en la parábola evidencias de una especie de clasismo o jerarquía espiritual. Si existiera esta corrupción en el templo, habría que buscarla en otros capítulos de los evangelios. Aquí Jesús no ofrece suficientes detalles como para formular conclusiones sobre el espacio en que oran los dos hombres ni sus respectivos puestos. Solamente dice que los dos “subieron al templo a orar” (18:10). Que el publicano esté “lejos” puede querer decir varias cosas. Puede ser que se sienta aislado por los demás, pero también es probable que sea humilde o sienta vergüenza, como lo sugieren las palabras de su oración (18:13).   

Sentido: un resultado inesperado

San Lucas nos avisa a nosotros/as los/as lectores/as que los dirigentes a quienes Jesús les cuenta la parábola “confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros” (18:9), pero en los oídos de las personas del primer siglo—como se nota arriba—había otra impresión del fariseo y del publicano. 

El fariseo es un líder en la sociedad judía. Sirve como un recuerdo viviente que señala la posibilidad de obediencia a la ley de Moisés. En nuestras iglesias hay tantas personas que funcionan así: diáconos, presbíteros, y otros líderes. 

El fariseo sobresale por su obediencia. La ley exige un ayuno por año en el Día de Expiación (Lv 16), pero él ayuna dos veces por semana (Lc 18:12a). El diezmo solamente aplica a la cosecha (Dt 14:22), pero él diezma de todo que gana (Lc 18:12b). A nosotros/as la oración del fariseo nos suena orgullosa y presumida, pero la verdad es que su oración se parece mucho a una oración tradicional en la religión judía.

En contraste con el fariseo—al menos en la superficie—el publicano no demuestra nada impresionante en sus acciones ni sus palabras:

Pero el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (18:13).

En este momento, los/as oyentes habrían esperado la vindicación del fariseo. Pero Jesús lleva la parábola a una conclusión sorprendente:

Os digo que este [el publicano] descendió a su casa justificado antes que el otro [el fariseo], porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido (18:14).

El “efecto parabólico” hace que el/la oyente se quede preguntando ¿por qué? La respuesta se encuentra en las actitudes respectivas de los orantes.

En su oración el fariseo se centra en sí mismo y en los logros que obtiene por su propio esfuerzo, mientras el publicano se enfoca solamente en el poder de Dios. Además, el fariseo menosprecia a las demás personas e incluso juzga al publicano que también estaba orando en el templo, mientras que el publicano solamente pide la misericordia de su Dios.

El publicano se ubica en un lugar apartado y sin ningún espectáculo ora desde una actitud de profundo entendimiento de la relación divina-humana. Él no está separado de Dios, y sabe que nunca será nada sin la gracia de Dios.

Pertinencia

La oración—como diálogo—revela algo del carácter del orante y de su impresión del Dios a quien se dirige. Claramente, el contraste entre el fariseo y el publicano es igual al que existe entre el orgulloso y el humilde. El fariseo y el publicano también se diferencian por su orientación teológica. El fariseo agradece a Dios por sus logros sin referencia a la gracia y la misericordia de Dios. El publicano se hace humilde y completamente dependiente de la acción de Dios para perdonarlo y justificarlo. 

Es decir, la oración tiene dos dimensiones: una vertical y otra horizontal.  Nuestras actitudes hacia Dios (la vertical) importan tanto como las actitudes hacia nuestros prójimos (la horizontal). 

Aplicación

Para apropiarnos de este texto para la enseñanza o predicación, primero será útil que pensemos en nuestros propios contextos y tradiciones: 

¿Están a la medida del publicano nuestras oraciones? 

¿En nuestros cultos, celebramos más los logros humanos o el poder justificador de Dios? 

¿Qué parte juegan la confesión y el arrepentimiento en nuestras liturgias? 

¿Cómo se refleja en nuestras oraciones nuestra inevitable conexión con los demás (dentro y fuera de la iglesia)? 

En segundo lugar, también será útil que nuestros congregantes reflexionen sobre sus caminos espirituales.