< August 04, 2013 >

Comentario del San Lucas 12:13-21

 

El ministerio pastoral está lleno de ocasiones en las cuales tenemos la necesidad de intervenir y mediar en disputas familiares.

A menudo la necesidad surge alrededor de cambios importantes que afectan a la mayoría de los miembros de la familia. Tanto el nacimiento y bautismo de un miembro de la familia como el fallecimiento y funeral de otro son circunstancias en las cuales suele esperarse que participemos activamente en la toma de decisiones de la familia. Este privilegio de participar en la toma de decisiones de la familia lleva consigo la gran responsabilidad de ser sensibles a los sentimientos, emociones y valores de la familia así como la de responder y actuar de acuerdo con los valores más altos de integridad y fidelidad a los que nos llama el Evangelio.

Como no todos los involucrados en la toma de decisiones de la familia entienden los valores desde la misma perspectiva, a veces estas ocasiones también pueden generar conflictos, tanto dentro de la familia como entre la familia y el pastor o pastora. En estas situaciones preferiríamos no intervenir antes que hacernos responsables de que el conflicto empeore. Sin embargo, parece ser que los líderes religiosos no tenemos la opción de no intervenir cuando somos invitados o emplazados a intervenir por personas que esperan que nuestras opiniones sean sabias, inspiradoras y justas.

La escena en Lucas 12:13-21 presenta a Jesús respondiendo a un hombre que le pide que intervenga en una disputa familiar. Como sucedía con muchos otros rabinos y líderes religiosos de la antigüedad, también Jesús es invitado a tomar parte y ayudar en la solución de una disputa familiar. Esta era una práctica común desde una época muy antigua. En Deuteronomio 21:15-17 encontramos un ejemplo que ilustra lo que debe hacerse en un caso de conflicto y debate muy particular.

La respuesta de Jesús citada en el versículo 14 da la impresión de que el Señor no desea intervenir en la disputa. Por un lado, Jesús con su respuesta se niega a jugar el papel de juez o partidor de bienes en disputas hereditarias. Por otro lado, en el pequeño discurso en los versículos 15 a 21 Jesús aborda el tema que parece ser la raíz de la polémica sobre la herencia entre el hombre y su hermano: la necedad de la avaricia.

La parábola sobre el hombre rico que se comporta de manera egoísta después de que su heredad ha producido en abundancia, ilustra lo trivial y fútil de una vida cuyo centro es el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. La parábola se caracteriza por la repetición de la primera persona singular en los verbos, y el uso reiterado de los pronombres posesivos “mi” y “mis.” La actitud del hombre apunta hacia la fantasía de que el futuro y la seguridad tienen su garantía en la cantidad de las riquezas. Depositar la esperanza y la confianza en las riquezas es una de las expresiones más comunes de idolatría. El dinero toma el lugar de Dios y su protección. Los valores del Reino de los Cielos son reemplazados por los valores que están a la venta, de quién posee más, y de quién controla los recursos.

El Nuevo Testamento está repleto de enseñanzas de Jesús que advierten acerca de la vanidad de la riqueza y de lo fútil que es depender de las posesiones como garantía para el futuro. Son muy conocidas sus enseñanzas en el Sermón del Monte (Mateo 5:1-7:29 y su paralelo en Lucas 6:20-49). En ese sermón están contenidas las bienaventuranzas que afirman la felicidad (makarios) de los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, y los perseguidos (Lucas 6:20-22), mientras que lamentan la abundancia de los ricos que disfrutan el presente sin consideración del futuro (Lucas 6:23-26). También Jesús enseña sobre el tesoro en el cielo y da forma al famoso dicho de que “donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lucas 12:32-34). Jesús exhorta a sus discípulos a que en lugar de amontonar riquezas, aprendan a compartir y a dar limosnas de una forma que ayude de verdad al necesitado y afirme su dignidad (Mateo 6:1-4). Jesús enseña a los discípulos a pedir por “el pan nuestro de cada día” (Lucas 11:3) sin olvidar que tanto la comida como el vestido son provistos por el Padre que sabe que necesitamos todo esto (Lucas 12:22-30). Es más, Jesús enseña que para quienes buscan el reino de Dios, todas las demás cosas les serán añadidas (Lucas 22:31). Finalmente, es muy conocido otro dicho de Jesús: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lucas 16:13).

Jesús no evade la invitación para intervenir en la disputa de los hermanos en lo que respecta a la repartición de una herencia. Es cierto que sus palabras no resuelven el problema inmediato y específico. Jesús no se convierte en juez y partidor. Pero sus enseñanzas se dirigen a la raíz del problema oculto en la disputa. El problema al que Jesús se dirige es el de la avaricia. En este caso específico podemos referirnos a la avaricia que se interpone en las mejores relaciones familiares. Sin embargo, la enseñanza de Jesús es tan inclusiva y profunda que no se aplica solamente al caso de los dos hermanos que se disputan una herencia. Las palabras del versículo 21 con las que Jesús resume la moraleja de la parábola del hombre rico contrastan dos tipos de actitudes. Por un lado están quienes acumulan tesoros para sí mismos. Por otro lado están quienes son ricos para con Dios. Si tomamos este ejemplo particular, el primer caso puede ser ilustrado por el hombre rico de la parábola, que personifica la avaricia. Y si la avaricia representa a los que acumulan tesoros para sí mismos, lo opuesto representaría a quienes son ricos para con Dios. Pero, ¿tenemos algún ejemplo en el Evangelio de lo opuesto a la avaricia?

Hay una historia en Lucas que bien puede ilustrar lo opuesto a la avaricia del hombre rico de la parábola de Jesús. Me refiero a la historia de Zaqueo (Lucas 19:1-10), que era jefe de los publicanos y rico. Zaqueo puede servirnos de paradigma de la enseñanza de Jesús resaltada por Lucas en el texto para este domingo. Después de haber hospedado a Jesús en su casa, Zaqueo se pone en pie y dice: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lucas 19:8). Zaqueo es uno de los tantos perdidos a los que Jesús vino a buscar y a salvar, y con su respuesta generosa se convirtió en un ejemplo de alguien que se vuelve “rico para con Dios.”