< May 26, 2013 >

Comentario del San Juan 16:12-15

 

Poco antes de su muerte, Jesús le expresaba a un grupo de sus seguidores y seguidoras que hubiera querido decirles muchas más cosas, pero que todavía no eran capaces de sobrellevarlas ni de aguantarlas (v. 12).

Sin embargo, no había de terminar allí la historia. Les (y nos) prometió el Espíritu de verdad (v. 13) para ayudarnos a seguir por su camino.

El Espíritu nos acompaña y nos guía en la verdad de Dios, y cuando llegamos al punto de poderlo “sobrellevar” nos va dejando participar en algunas de las “muchas cosas” que quedan por hacer y que de otro modo nos sobrepasarían. Nuestro texto, al igual que todo el resto del discurso de Jesús (Juan 13:31-16:33) está atravesado por la profunda tristeza de quien tiene que despedirse de sus amigos y de sus amigas, y enfrentarse a la muerte. Sin embargo, al mismo tiempo sus palabras destilan el gozo que nace de la esperanza. Jesús se alegró de poder prometernos la consoladora presencia de su Espíritu.

En los versículos anteriores a nuestro pasaje Jesús utiliza un nombre especial para describir al Espíritu: “el otro Paráclito” (v. 7 que la versión RV95 traduce como “Consolador”). “Paráclito” se ha traducido de muchas maneras, sin que alguna de ellas sea totalmente satisfactoria: Abogado Defensor, Alentador, Consejero, Consolador, Intercesor. Ninguna de las variantes reflejan del todo el hecho de que tanto el Hijo (el Paráclito) como el Espíritu (el otro Paráclito) se caracterizan por acompañar, sustentar y reconfortar a su pueblo como una madre con sus hijos de la manera en la que Dios lo ha prometido (ver Neh 9:20-21 e Is 66:12-13). De hecho, la promesa de la presencia del Espíritu nos llena de vida y de ánimo, y nos sumerge profundamente en la vida trinitaria.

El Espíritu toma lo que es del Padre y del Hijo y lo comparte con nosotros y nosotras (vv. 14-15). Al hacerlo, glorifica al Padre y al Hijo. Como bien dijo Ireneo de Lyon, la gloria de Dios es el ser humano viviente (Adversus Haereses IV, 20.6) – y parte importante de la obra del Espíritu es precisamente vivificarnos. El Espíritu creador que renueva la faz de la tierra (Salmo 104:30) se encarga tanto de darnos la vida y de renovárnosla. Por el Espíritu, la vida abundante prometida por Jesús (Jn 10:10) se actualiza de manera concreta: se “hace carne” en nuestras sociedades. Cada vez que el Espíritu nos guía a que sequemos una lágrima, compartamos nuestro pan o luchemos por los derechos de los más débiles, tomamos con su ayuda de “lo de Jesús” y glorificamos a Dios (v. 14).

Así como en el evangelio de Juan, Jesús es presentado como “el camino, la verdad y la vida” (14:6), también el Espíritu Santo es el Espíritu del camino, el Espíritu de la verdad y el Espíritu de la vida. Es el Espíritu del camino porque nos indica a quienes seguimos a Jesús cómo debemos proseguir al encontrarnos en nuevos contextos históricos, nuevas geografías y nuevas situaciones. Es el Espíritu de la verdad no solamente porque procede del Padre (15:26) sino también porque es el Espíritu de Cristo, en quien descubrimos el carácter mismo de Dios y sus buenas intenciones para con su creación. Es el Espíritu de la vida porque nos crea, vivifica y renueva y además porque donde está el Espíritu de Dios, allí está también la libertad de Dios que abre espacios para la vida abundante de su creación.

Nuestro Defensor y Abogado, el Espíritu de la verdad, además de acompañarnos en nuestro presente, nos abre perspectivas hacia el futuro que nos permiten avanzar. El Espíritu nos “hará saber las cosas que habrán de venir” (v. 13). No es que el Espíritu nos otorgue algún tipo de poder adivinatorio o que nos prepare un horóscopo personalizado. Más bien, nos permite discernir, ante las dimensiones de la vida con las cuales nos vamos confrontando, cómo proceder con fidelidad por el camino de Jesús. El hecho es que nos topamos a diario con situaciones y problemas diferentes a las de los primeros discípulos: la desertificación y el cambio climático global, el problema de las armas nucleares, biológicas y químicas, la vigilancia global que permite la tecnología, la muerte diaria de especies animales y vegetales o la modificación genética de la comida que consumimos, por nombrar solamente algunos de los desafíos actuales. ¿Cómo hemos de responder como seguidores y seguidoras de Jesús, y como comunidades eclesiales, a los desafíos particulares de nuestro tiempo? Este pasaje nos promete que Dios no nos abandona en medio de los retos del presente y del futuro. Así como Jesús nos ha comunicado en su vida y en sus palabras el carácter del Dios que llama Padre y con el cual todo lo comparte, el Espíritu como nuestro Defensor y Compañero “toma” lo de Dios Padre y Dios Hijo y lo comparte con nosotros y nosotras en la medida en que lo necesitemos. No se nos promete que vamos a poder saber todo lo que quisiéramos del futuro, pero sí que a través de su Espíritu nunca nos faltará lo necesario como para discernir el próximo paso a tomar por el camino de Jesús. El Espíritu no obra “por su propia cuenta” (v. 13) sino en comunión e interacción con el Hijo y el Padre – y eso nos infunde confianza, porque en Jesús hemos podido ver la ternura, la compasión y el compromiso de Dios con su creación.

El mejor secreto para poder “sobrellevar” las dificultades de cada etapa de la vida, así como de cargar con el peso de la realidad que a veces nos agobia, es dejarnos sostener por el Espíritu. Al igual que Jesús, el Espíritu se compromete íntima y concretamente con el mundo para dar a conocer el poder transformador del amor del Dios trino, cuya gloria y alegría es que su creación sea curada de sus heridas y disfrute de la vida abundante.