< May 19, 2013 >

Comentario del San Juan 14:8-17 [25-27]

 

El pasaje comienza con una intervención de Felipe, que más que una pregunta parece casi una demanda tanto individual como colectiva: “¡Lo que queremos es ver al Padre!”

El pedido de Felipe representa el de muchos y muchas a través de los siglos: si Jesús nos pudiera mostrar a Dios de tal o cual manera, nos daríamos por satisfechos y satisfechas. ¿Por qué no podemos tener acceso a Dios de un modo más palpable y claro? ¿Acaso si así fuera no sería más fácil el asunto de la fe?

La respuesta de Jesús es sumamente significativa. Jesús le recuerda de inmediato que hace ya tiempo que él está con Felipe y con el resto del grupo de discípulos y discípulas. ¿Es que Felipe y el resto (que de hecho nos incluye) todavía no se dan cuenta a quién tienen delante? No habrá una “muestra” o una “dádiva” del Padre sin el Hijo, ni del Hijo sin el Padre. Si “vemos” a uno estamos “viendo” al otro, y si reconocemos a uno estamos reconociendo al otro. No habrá una revelación todavía oculta, secreta y contundente, que Jesús pueda exhibirle a Felipe para terminar de convencerlo. Ya está ante el modo de mostrarse y de darse a conocer característico de Dios. De hecho, la manera en que el Dios profesado y confesado por Jesús elige acercarse a cada uno de nosotros y de nosotras no es otra que por este camino humilde y sencillo que Felipe ya viene recorriendo hace tiempo. Las palabras y las obras de Jesús ya constituyen la muestra que Felipe (o que cualquiera) quisiera. ¿Será capaz de aceptarlo?

En el desafío de Jesús a Felipe podemos descubrir al menos tres dimensiones importantes de la buena nueva del acercamiento amoroso de Dios a cada uno de nosotros y de nosotras:

En primer lugar, establece que el “Padre” no es una figura que cimiente el poder patriarcal, sino que aquel que llamamos “Padre” no es otro que el Dios nos ama tiernamente a la manera de Jesús (vv. 9-10). No hay una expresión o revelación del “Padre” que sea contradictoria al compromiso profundo de Jesús de Nazaret con los más sencillos y las más sencillas (v. 11). El poder de Dios se manifiesta en la aparente debilidad del amor y de la bondad del camino de Jesús. Si bien Dios siempre es “más” de lo que podamos imaginar como seres humanos, ese “más” nunca ha de contradecirse con el regalo de sí mismo que Dios nos hace en Jesús. Por lo tanto, la forma de obrar y de ser de Jesús nos “muestra” todo lo que necesitamos saber en esta vida acerca del Dios que Felipe llama “Padre”. 

En segundo lugar, nuestra relación con Jesús es simultáneamente una relación con su “Padre”, por lo que nuestras oraciones son un diálogo con Dios que acontece “en el nombre” y por el camino de Jesús. La gloria de Dios se manifiesta en el compromiso del Hijo con el Padre, del Padre con el Hijo, y del Padre por el Hijo con nosotros y nosotras (v. 13-14). Lo maravilloso es que al proseguir por el camino de Jesús nos promete que vamos a poder seguir construyendo lo que comenzó e inclusive podremos hacer obras “aún mayores” (v. 12) que las de él. Se nos hace muy difícil creer que lo que hacemos hoy pudiera ser en alguna medida mayor o mejor de lo que Jesús mismo hizo. La mejor manera de interpretar este texto es entender que Jesús sabía que el tiempo que tuvo para realizar su ministerio fue corto. Hubo muchas cosas que no tuvo tiempo de hacer en su corta vida. Pero nos dejó su legado y el don de imaginar nuevas posibilidades en los contextos históricos y culturales que nos toquen. Quiere decir que no estamos congelados y congeladas en el pasado, sino que Dios nos regala la posibilidad de hacer cosas nuevas en su nombre, por ejemplo abolir la esclavitud, promover nuevas posibilidades de realización y servicio para las mujeres o cuestionar a los imperios de turno.

En tercer lugar –y esto es lo que celebramos de manera muy especial en este día de Pentecostés- todo esto no es algo que tengamos que lograr de manera solitaria, pues nuestra relación con Dios-Hijo y Dios-Padre conlleva también una profunda relación con Dios-Espíritu. El Espíritu de verdad, el Espíritu que nos consuela ante las dificultades que sobrellevamos, el Espíritu de la vida abundante estará con nosotros “para siempre” (v. 16). La ida de Jesús al Padre no nos dejará huérfanos y huérfanas (v. 18), sin nuestro Dios paternal y maternal. Gracias a la presencia activa, vital y eterna del Espíritu de Dios, nuestro recuerdo de lo que Jesús hizo y dijo sigue vivo, nuestra relación con el Hijo y con el Dios Padre que nos muestra se profundiza cada vez más, y la posibilidad de que Jesús nos “muestre” a Dios, como Felipe le pedía, se realiza de maneras inesperadas y maravillosas.

Jesús no siempre nos “muestra” al Padre como quisiéramos. Dios no siempre se ajusta a nuestras expectativas. El consuelo que trae el Espíritu no siempre nos resuelve todas las dudas ni nos cura de inmediato las heridas absurdas y profundas de la vida. A veces, como Felipe, le pedimos a Dios que se manifieste sin darnos cuenta que lo tenemos delante nuestro. Otras veces queremos ponerle condiciones o pedirle que se muestre de un modo diferente al camino humilde y sencillo de Jesús. Sin embargo, cuando aprendemos a ver a Dios en Jesús y a recibir el regalo inefable de su Espíritu en nuestras vidas, se nos va abriendo el camino a esas “obras mayores” (v. 12) de justicia y de amor que son el desafío de nuestro tiempo y de nuestro lugar. Como iglesia en Pentecostés nos compete pedirle al Padre en el nombre de Jesús (v. 13) que nos muestre cómo irlas haciendo por el Espíritu de acuerdo con su voluntad.