< April 07, 2013 >

Comentario del San Juan 20:19-31

 

Después de la aprehensión, crucifixión y posterior sepultura de Jesús, los discípulos permanecen ocultos por temor a sufrir la misma suerte que su maestro.

Son las mujeres las que se atreven a salir. Es el día domingo, muy temprano; aún está oscuro, María Magdalena (aunque los Sinópticos mencionan que fueron varias las mujeres que acudieron al sepulcro esa mañana) se da cuenta de que el cuerpo del maestro ya no está. Regresa a casa y da el aviso. Dos discípulos dan algo de crédito a la noticia y van a corroborar con sus propios ojos lo dicho por la mujer; ciertamente el cuerpo del Señor no está en el sepulcro. Mientras ellos vuelven a casa, ella se queda llorando junto al sepulcro. Jesús se le aparece y ella regresa emocionada al lugar donde están los discípulos y les dice que ha visto al Señor, pero ellos no le creen.

De los versículos 19 al 31 es interesante notar la forma en que el Jesús resucitado se dirige a sus discípulos: “Paz a vosotros”. Aunque es un saludo usual entre los orientales, en este contexto lleva un peso más profundo, porque esta porción nos dice que estaban reunidos en esa casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.

Las circunstancias que rodean a los seguidores y seguidoras del maestro tienen un peso tal que les hace olvidar todas las maravillas vividas al lado de Jesús años atrás. Parece que ya no recuerdan que Jesús alimentó a multitudes con tres peces y cinco panes, que resucitó a Lázaro y a la hija de Jairo, que calmó el viento y la tempestad, que sacó los demonios que atormentaban al gadareno, etc. Ahora la zozobra, el miedo, la inseguridad, la falta de libertad para moverse y expresarse, son algunas de las cadenas que los atan y les impiden disfrutar la paz. El temor está gobernando sus vidas. El fantasma de la crucifixión los persigue. Con su actitud están corroborando la tesis de quienes creían que con destruir al líder habrían acabado con el movimiento.

En nuestros días la pérdida de la paz es una verdad cotidiana cuando escuchamos, leemos o vemos noticias que nos recuerdan que nuestro mundo está convulsionado. Asesinatos, secuestros, robos, desempleo, enfermedades, alto costo de la vida, corrupción, contaminación, mal uso de los recursos naturales, violencia en todos sus niveles, etc., nos han llevado al límite de nuestras fuerzas, y la ansiedad rige nuestras vidas.

En un informe reciente se dice que entre las cinco ciudades más violentas del mundo, Acapulco (México) ocupa el segundo lugar y San Pedro Sula (Honduras) el primer lugar; podemos imaginarnos el grado de ansiedad y estrés que viven los habitantes de estas ciudades. Estas personas permanecen encerradas en sus casas con miedo a ser asaltadas, secuestradas, asesinadas o simplemente agredidas. Son rehenes de la sociedad, pues han perdido la libertad de poder disfrutar una caminata en la noche. Sus casas están enrejadas. Hay temor al salir a la calle con sus hijos e hijas. No adquieren un buen vehículo, pues eso los volvería objeto de secuestro. Son muy pocas las personas que ostentan sus posesiones por temor a perderlas o perder su propia vida, y además de esto, el turismo se ve gravemente afectado y por ende la economía de la ciudad y país.

Nuestra realidad no es tan diferente a la de los apóstoles y seguidores de Jesús. Ellos y ellas estaban doblegados/as a causa del temor que les inspiraban sus enemigos. Nosotros y nosotras estamos siendo doblegados/as por diversos males sociopolíticos. Pero así como Jesús se presentó ante ellos y ellas y les llevó la buena noticia de su resurrección, así también hoy se presenta ante nosotros y nosotras y nos dice: “Paz a vosotros”.

La paz es uno de los más grandes regalos de Dios a la humanidad y debemos reclamarla, porque es nuestra. Esa paz es diferente a la que ofrece el mundo. El mundo entiende la paz como ausencia de conflicto, pero la paz del Señor es aquella en que, aun existiendo un conflicto, podemos vivir en armonía con los que están a nuestro alrededor, con Dios y con nosotros y nosotras mismos/as.

Aunque algunas personas sostienen que la paz no tiene precio, en ocasiones debemos pagar un precio para mantener la paz y restaurar relaciones. La humillación, la tolerancia, la paciencia y la generosidad, entre otros, son algunos costos que debemos erogar a favor de la paz.

En nuestra vida cotidiana somos retados a promover la paz cuando un vecino o vecina ensucia la acera o banqueta de nuestra casa, cuando vamos tarde al trabajo y hay un accidente que impide que avancemos, cuando un compañero o compañera de trabajo o estudio a quien hemos apoyado se convierte en nuestro detractor, cuando la irresponsabilidad de algunas personas al cumplir sus asignaciones o compromisos pone en peligro nuestras metas, cuando estamos con un fuerte dolor de cabeza y alguien escucha la música en un volumen muy alto que nos exaspera, cuando debemos entregar un reporte y perdemos la información o la impresora no funciona. Estas y miles de otras situaciones pueden llevarnos a perder la paz.

¿Cómo nos convertimos en promotores de la paz?

1) Primer lugar: Debemos reconocer el valor que tiene la paz.

2) Segundo lugar: Debemos estar dispuestos a mantener la paz a cualquier costo, siempre y cuando esté en nuestras manos hacerlo.

3) Tercer lugar: Debemos reconocer que vale la pena humillarnos si con ello restauramos la relación con nuestro prójimo.

4) Cuarto lugar: Debemos establecer un balance y decidir qué vale más, nuestra paz o lo que tengamos que pagar por ella.

5) Quinto lugar: Debemos tomar la iniciativa para buscar la paz, aun cuando estemos conscientes de que el distanciamiento no ha sido provocado por nosotros o nosotras.

Podemos concluir esta meditación tomando una porción de la oración de san Francisco de Asís que dice:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión; donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría.1

Porque el Señor nos ha enseñado el camino para alcanzar la paz, nosotros y nosotras estamos en la obligación ineludible de promover la paz para nuestro bien y el de nuestro prójimo.



1http://www.franciscanos.org/oracion/orarpaz.html