< February 19, 2012 >

Comentario del San Marcos 9:2-9

 

La lección para este domingo trata acerca de la transfiguración de Jesús.

Este domingo celebramos esa revelación, esa escena apocalíptica, que experimentaron Pedro, Juan, y Jacobo. A la altura del capítulo 9 el número de discípulos aumentó y a través de su trayectoria fueron testigos de milagros de sanación y alimentación y hasta de sosiego de tormentas por parte del maestro. Según Marcos, Jesús era el ungido de Dios, el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Pero la realidad era que aún para los discípulos le era un poco difícil reconciliar ésta idea.

A la altura del capítulo 9 Jesús ha provisto alimento a multitudes, a sanado, y lo ha hecho a gentiles, mostrando así la razón verdadera de su ministerio y propósito en la tierra. Al final del capítulo 8 Jesús les deja saber a sus discípulos los riesgos y consecuencias que implican su ministerio y la razón por la cual fue enviado al mundo. Al Jesús prever su muerte, los discípulos se aperciben, en particular Pedro, ofreciéndole protección, cuidado y lealtad. A esto, Jesús responde con repudio y una vez más llama la atención de los oyentes a la verdadera implicación de seguir a Jesús y el propósito real a lo que fue enviado.

Pasado unos días Jesús se lleva a Pedro, Juan y Jacobo a un monte donde se transfigura y habla con Elías y Moisés. Pedro, Juan y Jacobo están tan asombrados. Pero más que esto, están tan cómodos y seguros en ese monte que a Pedro se le ocurre la brillante idea de construir tres enramadas para Elías, Moisés y Jesús.

Marcos no nos dice en este pasaje la razón por la cual a Pedro se le ocurre esa idea. Si leemos los capítulos que anteceden al que nos compete a este domingo, vamos a ver un sin número de enseñanzas de parte de Jesús hacia sus discípulos que apuntan hacia se verdadero ministerio. Jesús ha trastocado todo el entendimiento que el pueblo tenía acerca de la ley, pero más allá acerca de Dios. El mensaje de Jesús era uno que apuntaba siempre al Padre. Este Dios, Padre de Israel, no era un Dios acusador al cual se le tenía miedo, sino era uno que velaba por sus hijos e hijas. Este Padre es uno que sana a sus enfermos, desecha demonios de los que están oprimidos, reivindica a los marginados, da la bienvenida a mujeres y personas fuera del pacto con Israel, como la mujer sirofenicia. Jesús describe a un Padre que se preocupa y se ocupa de su pueblo escogido.

Pareciera que el pueblo se había olvidado de lo poderoso que YAVÉ es. En la persona de Jesús todas las barreras establecidas se vinieron abajo. Él lo hacía todo nuevo. En la persona de Jesús, los discípulos encontraron refugio, protección, y sobre todo cierto prestigio y posición en medio de la comunidad. Hasta cierto punto, Jesús era la entrada de muchos discípulos al prestigio y distinción dentro de la sociedad. Ya no eran simples pescadores, ahora eran discípulos, seguidores de aquél a quien la gente aclamaba y se acercaba. En la compañía de Jesús los discípulos disfrutaban de privilegios. Donde Jesús comía, ellos comían, donde Jesús dormía, ellos también.

Realmente, los discípulos sí que estaban seguros cuando Jesús estaba presente. No solamente Jesús proveía alimento y asilo, también protección. Marcos narra dos ocasiones de tormenta sobre el mar. Para los judíos y la sociedad en aquella época, el mar era considerado maligno. El mar tenía su propia fuerza y estaba para perjudicar al hombre. Por ende cuando Jesús calma la tormenta y camina sobre el mar, lo que le deja saber a sus discípulos es que ni el mar tiene mayor poder que el Padre quien lo envío.

Los discípulos habían sido testigo de muchos eventos grandiosos. Por ende, al Jesús anunciarles su muerte y recordarles el costo del discipulado ellos se apercibieron y no quisieron entender. La compañía de Jesús era incomparable, la ganancia de ser su seguidor era insaciable. Tan es así, que al llevarles Jesús aparte a un monte y transformarse delante de ellos no querían irse, sino quedarse para siempre. Los discípulos todavía no captaban el verdadero propósito de Jesús en la tierra. Los discípulos no captaban la responsabilidad de seguir a Jesús y de llevar su mensaje. En la acción e idea de Pedro vemos lo aferrado que estaban los discípulos.

Interesantemente luego de la proposición de Pedro vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: "Este es mi Hijo amado; a él oíd". Esta voz fue un ultimátum. El costo del discipulado no era la protección ni prestigio continuo, sino el camino a la cruz. El costo de seguir a Jesús era la burla, la desconfianza, la traición, el rechazo. Pero la buena noticia ante tan mal pronóstico era que cuando llegara el día último, Dios le recompensará.

Es muy fácil construir enramadas y habitar en un sitio seguro, rodeado de todo lo conocido. El pasaje frente a nosotros nos reta a que pongamos en práctica todo lo que hemos aprendido de parte del Señor. A testificar lo que Jesús ha hecho en nuestras vidas y en la vida de la iglesia. Como iglesia vamos a tener experiencias trascendentales pero esas experiencias no son para reservarlas egoístamente sino para compartirlas con el pueblo.

Jesús es el Hijo amado, el enviado de Dios. A él oíd. ¿Cuáles fueron las enseñanzas de Jesús? ¿Cuáles fueron las acciones de Jesús? El domingo de la transfiguración de Jesús marca la llegada de la época cuaresmal. El costo del discipulado aquí en la tierra es muerte, ¿estamos dispuestos y dispuestas a testificar de Jesús? ¿Qué respuesta tendremos o tenemos a las experiencias de trascendencia que experimentamos con Jesús? ¿Acaso serán como Pedro, respuestas de quedarnos en la zona cómoda o serán respuestas de acción transformadora hacia el mundo cueste lo que cueste, aunque sea la muerte? Que Dios nos ayude a permanecer fieles a su llamado.