< August 23, 2020 >

Comentario del San Mateo 16:13-20

 

La gran pregunta

Cesarea de Filipo, una localidad pagana de fuerte influencia helenística (donde se adoraba principalmente al dios Pan, el dios de fertilidad), enmarcará uno de los diálogos más importantes del evangelio de Mateo. Allí Jesús interpela a sus discípulos con dos preguntas: “¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” y “ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Dado que el pasaje de hoy es controvertido, aquí, en los vv. 13 y 15, debería estar el eje de nuestro sermón.

Según los discípulos, la gente identifica a Jesús con personajes ilustres como Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas (v. 14). Muy honorífico pero incorrecto. Estas impresiones quedan en un segundo plano cuando Jesús les hace la pregunta decisiva (v. 15).

Aunque la fe cristiana no es individualista sino comunitaria, esta pregunta fundamental debemos afrontarla solos/as. No se trata de dar una mera opinión, sino de pronunciar, desde la profundidad de nuestro mismo ser, un “sí” o un “no” a Jesús y su programa.

El texto está narrado de manera que nos ayuda a resolver la cuestión, pero nuestra respuesta, tanto si es positiva como negativa, queda en la libertad de cada uno/a de nosotros/as. Nadie puede forzarnos a reconocer que Jesús es el Mesías, pues lo que sinceramente confesemos sobre él solo puede brotar de la esencia de nuestro ser. No se trata de responder desde nuestros credos, confesiones de fe o doctrinas, sino desde la sincera convicción interior.

Quienes han oído hablar de Jesús, de una forma u otra, tendrán que preguntarse acerca de él. Preguntarnos por su identidad es plantearnos también si es él quien resuelve la incógnita sobre quienes somos.

Reconocerle como “Dios con nosotros/as” solo puede hacerse sin “domesticarle,” sin desfigurarle o disfrazarle con proyecciones nuestras que no le pertenecen. No todos los/as que decimos creer en él nos referimos a la misma “idea” de Jesús. Una cosa es seguir/servir a Jesús, y otra, fabricarnos un Jesús que siga/sirva a nuestros propósitos personales. Por ello, en nuestro sermón podemos acompañar a la audiencia a reflexionar acerca de qué imagen de Jesús decimos seguir.

Al reconocerle acertadamente como “el Cristo” (v. 16), Pedro esperaba, conforme a las expectativas mesiánicas populares, que por su mediación irrumpiría inmediatamente el advenimiento de un nuevo estado de las cosas. Que viniese el Cristo conllevaba esta expectación.1 Sin embargo, aunque acertado al reconocerle como Mesías, Pedro no entendió el programa mesiánico de Jesús (como se verá más adelante; cf. el v. 22).

Jesús le explica que el alcance y comprensión de esa declaración íntima de fe le ha venido por parte del Padre que le ha dado entendimiento (v. 17). Empero necesitará más discipulado para comprender qué tipo de Mesías es. No lo entenderá hasta la resurrección de Jesús. Aún los/as cristianos/as mantenemos ideas erróneas acerca de su mesiazgo y por ello se nos abre aquí un frente homilético.

Controversias del versículo 18

Resulta bastante complicado acercarse a este texto sin proyectarle determinados presupuestos de cada una de nuestras tradiciones cristianas. Pasa también con mi opinión. Desde mediados del siglo III, esta perícopa ha sido utilizada para legitimar el poder del papado.2 En algunas tradiciones protestantes, en cambio, rara vez se entiende que a Pedro se le concede aquí una primacía distinta a la del resto de discípulos. Sin embargo, frecuentemente aparece como portavoz de los doce, quizá como mero primus inter pares.

Para Rafael Aguirre, Pedro aquí no tipifica a los discípulos, sino que se está afirmando algo único de él reivindicado en la tradición petrina a modo de interpretación auténtica de la doctrina de Jesús.3 En cualquier caso, observando que el verbo “edificaré” está en futuro, la mayoría de especialistas ven una redacción pospascual. No es exacto considerar que Jesús fundase la “Iglesia” en ese momento.4

Los problemas interpretativos del v. 18 no concluyen aquí. Agustín de Hipona representó la tendencia a pensar que no hay que mirar al dedo que señala sino lo que éste señala. En su Homilía 270,2 explica: “Estableceré mi iglesia sobre esta Petram (Roca), no sobre Petrum (Pedro), no sobre su persona, sino sobre la roca (petram) que él confesó. Asimismo señala: “Sobre esta Roca que tú confesaste yo edificaré mi iglesia, porque Cristo mismo es la roca” (cf. Mc 12:10 y paralelos). Mientras tanto, otra fuerte escuela interpretativa detecta que es el mismo Pedro quien por derecho es declarado como la roca sobre la cual se edificará la estructura de la iglesia. No conviene que nos enredemos en esta controversia en el sermón.

El v. 19 refuerza la perspectiva de un primado de Pedro: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos.” Sin embargo, esta misma capacidad de atar y desatar que en un principio parece solo atribuida a Pedro, aparece democratizada a todos los discípulos un poco más adelante (cf. Mt 18:18). Por lo tanto, parece una cualidad de todos aquellos/as que confiesan a Jesús como el Mesías. En este sentido, ser portadores de las llaves del reino sería un atributo de las personas creyentes, probablemente enfocado a la misión: facilitar a otros/as la entrada en el reino. De aceptarse esta postura, puede darse un enfoque misional al sermón.

En el v. 20 Jesús les pide a sus discípulos que mantengan el “secreto mesiánico,” bien porque en aquellas regiones el concepto “Mesías” conllevaba un carácter bélico-revolucionario antirromano con el que Jesús no se identificaba, bien porque para presentarse como Mesías vindicado por Dios, su tarea mesiánica tenía aún que cumplirse completa y perfectamente,5 y eso aún estaba por llegar.


Notas:

1. Paul Tillich, Teología Sistemática II. La existencia y Cristo. 3ra ed. (Salamanca: Sígueme, 1982), 159.

2. M. Sotomayor y J. Fernández Ubiña (Coords.), Historia del Cristianismo I. El mundo antiguo (Madrid: Trotta, 2003), 544.

3. R. Aguirre, “La segunda generación y la conservación de la memoria de Jesús: el surgimiento de los evangelios,” en R. Aguirre (Ed.) Así empezó el cristianismo, 2da ed. (Estella: Verbo Divino, 2015), 222.

4. R. Aguirre, “El proceso de surgimiento del cristianismo,” en R. Aguirre (Ed.), Así empezó el cristianismo, 2da ed. (Estella: Verbo Divino, 2015), 44.

5. David Flusser, Judaism and the Origins of Christianity (Jerusalen: Magnes Press, 1988), 96.