< July 19, 2020 >

Comentario del San Mateo 13:24-30, 36-43

 

Dos amigos se encontraron cierta vez, y uno le comentó al otro: “Fui al médico, y me dijo que voy a morirme si no dejo el alcohol, el cigarrillo y la vida desordenada.”

“¿Y tú que hiciste?” “Tuve que cambiar.” “¿De vida?” “No, de médico.” Es propio de nosotros/as buscar las salidas fáciles. Pero hoy Jesús, con una hermosa parábola, nos enseña que la sociedad y el mundo sólo se arreglan si hacemos el esfuerzo de colaborar.

La parábola habla de un hombre que es dueño de un campo, y que decidió sembrar trigo en él. Pero una noche, mientras los peones dormían, su enemigo entró en sus tierras y sembró cizaña. Así, cuando comenzó a crecer el trigo, los peones notaron también la aparición de la cizaña. Entonces fueron al patrón y le hicieron dos preguntas importantes.

La primera es: “¿Por qué hay cizaña en tu campo?” Es lo que todos/as nos preguntamos. ¿Por qué, si Dios es bueno e hizo todo bien, hay tanto mal en el mundo? ¿Por qué en nuestro barrio, en nuestros hogares, en quienes vienen a las celebraciones, en los/as cristianos/as, hay tanta incoherencia y maldad? ¿Por qué, si en nuestra familia nos queremos tanto y nos necesitamos, hay tantas peleas y discusiones? ¿Por qué, si en la Iglesia todas las personas trabajamos por lo mismo, hay tanta envidia y tantos celos? ¿Por qué yo mismo, si quiero ser cada día mejor, y a pesar de que rezo y leo la Palabra, tengo tantos defectos y soy tan agresivo? ¿Por qué hay tanto mal que nos desalienta y nos quita las ganas de seguir?

El patrón les responde: “Es el enemigo quien lo ha sembrado.” Esta respuesta nos enseña que en este mundo todos/as somos sembradores/as. Pero no todos/as sembramos lo mismo. Unos siembran trigo y otros, cizaña. Unos siembran amor y otros, dolor. Unos trabajan por la unidad, y otros siembran divisiones y discordias. Unos luchan por la justicia, y otros se dejan corromper en los juzgados. Unos velan por la gente, y otros reciben dinero sucio en el Senado para votar. Pero todos/as sembramos.

Es importante esta idea del Evangelio. Porque cada palabra nuestra, cada gesto, cada actitud, cada silencio, cada mirada, siembra una plantita que en algún momento va a brotar en un lugar. Y esa planta será de trigo o de cizaña. Incluso cuando no nos damos cuenta, estamos sembrando. Me contaba en cierta oportunidad una mamá que, un sábado a la tarde, había llevado a sus dos hijos a un parque de diversiones. En la boletería preguntó el precio del ticket. El joven que atendía le respondió: “Los mayores de 6 años pagan 10 pesos; los menores entran gratis. ¿Qué edad tienen sus hijos?” Ella pensó un momento y respondió: “El menor tiene 4 años, así que entra gratis; pero el mayor acaba de cumplir los 6, así que debe pagar.” Mientras el joven le daba los tickets, le dijo a la mujer: “Podría haberme dicho que el mayor tiene 5 años y se ahorraba 10 pesos. De todos modos, ¿quién se iba a dar cuenta?” La mujer, señalando a sus dos hijos respondió: “Ellos se iban a dar cuenta.” Ahorrarse 10 pesos y sembrar en la mente de sus hijos mentira, falsedad, engaño, no es un buen negocio. Y quizás nosotros/as, por ahorrarnos a veces una incomodidad, un disgusto, un trabajo, somos sembradores/as de cizaña. Podríamos preguntarnos hoy: ¿cuál es la siembra que solemos hacer a nuestro alrededor? ¿Sembramos trigo o cizaña?

La segunda pregunta que los peones le hacen al patrón es: “¿Quieres que arranquemos la cizaña? Te quedará un campo impecable, solo sembrado con trigo.” Pero él responde: “No, porque pueden equivocarse y arrancar sin querer el trigo. Déjenlos que crezcan juntos.” Jesús fue un genio al elegir las imágenes de esta parábola. Porque la cizaña es una planta que tiene una particularidad: cuando recién comienza a brotar, es muy parecida al trigo y se confunde con él. Solo cuando ha crecido y madurado, se nota que contiene granos que son tóxicos para la salud, y que ha estado gastando inútilmente la tierra.

Con esto, Jesús quiso enseñar que no se debe eliminar violentamente la cizaña de este mundo, por una sencilla razón: porque nunca sabremos quién es trigo y quién es cizaña. Son muy parecidos. Cuánta gente que creíamos buena, mostró después su miseria interior. Y cuántas personas a las que creíamos malvadas y que parecían injustas, terminaron siendo gente buena. Nosotros/as mismos/as, a veces hemos sido trigo y otras, cizaña. Por épocas hemos vivido equivocados/as, confundidos/as, obrando mal, y luego nos encontramos con Dios, crecimos, y dimos frutos propios del trigo. Cuánta gente hoy está sembrando cizaña, pero mañana serán trigo. Cuántos santos fueron al principio grandes pecadores. Si los hubiéramos exterminado cuando eran cizaña, nos habríamos quedado sin gente maravillosa, que más tarde aportaron grandes valores a la humanidad. Eliminar personas a las que hoy juzgamos como malas, es quizás eliminar futuros santos, héroes, personas virtuosas, justas y ejemplares. Por eso, con gran sabiduría, el patrón de la parábola aconsejó dejar que crezcan juntos, para que con el tiempo se vea todo lo que cada uno/a tiene para dar.

El evangelio nos enseña, así, que todos/as somos recuperables. Que todos/as merecemos segundas oportunidades en la vida. Hoy en día, en que se hacen muebles con botellas de plástico inservibles; vestidos con bolsas de desperdicios; adornos con desechos; y vemos que hasta la basura tiene una segunda oportunidad, ¿cómo no van a tenerla las personas? Cuántos alcohólicos perdidos que ahora son excelentes padres, jugadores compulsivos que no vuelven a tocar una ficha de juego, ex delincuentes que terminan predicando el evangelio, drogadictos que hoy enseñan a vivir bien. Todos/as afirman que la vida les ha dado una segunda oportunidad.

Como bien lo aclara Jesús, nuestra función no es la de ser herbicidas, matando cuanta planta mala vemos, sino sembradores de buena semilla. Nuestra misión no es la de exterminar a nadie, sino la de tratar de recuperar a otros/as. Dios nos asegura que la cosecha será buena, será óptima. Que por más molesta que sea la cizaña, no arruinará el trigo. No es arrancando el mal, sino a fuerza de alentar y trabajar por el bien, como el mal desaparecerá del mundo.

Cuentan que una vez un joven vivía con sus padres en las afueras de la ciudad de Durban, en Sudáfrica. A sus dos hermanas y a él les gustaba ir a la ciudad, para ver vidrieras o ir al cine. Un día, su padre pidió al joven que lo llevara a la ciudad para asistir a una conferencia. El muchacho se alegró, porque vio la oportunidad de ir al cine. Su madre le encomendó de paso unas compras en el supermercado, y su padre le pidió que llevara el coche al taller. Cuando dejó a su padre en la ciudad, acordaron en encontrarse a las 5 p.m. para volver a casa. Después de comprar rápidamente las cosas, el joven dejó el coche en el taller y fue al cine más cercano, donde se entusiasmó tanto con la película que se olvidó del tiempo. A las 5.30 p.m. se acordó. Corrió al taller a retirar el coche y fue a buscar a su padre que lo estaba esperando. Eran las 6. Él le preguntó: “Hijo, ¿por qué llegas tarde?” Al joven le dio vergüenza decir que había ido al cine, y le dijo que el coche no estaba listo. Pero su padre ya había llamado al taller averiguando. Cuando vio que le había mentido, le dijo: “Algo no anda bien en la forma en que te he educado, porque no tienes la confianza de decirme la verdad. Voy a reflexionar qué hice mal contigo. Por eso, voy a caminar los 10 kilómetros que hay hasta llegar a casa y pensar sobre esto.” Y así, vestido con su mejor traje y sus zapatos elegantes, empezó a caminar hasta la casa, por caminos de piedra y barro, sin luces ni indicaciones. El hijo, que no podía dejarlo solo, manejó las 5 horas detrás de él, viendo a su pobre padre sufrir la agonía de una mentira tonta. Y a partir de ese día decidió que nunca más iba a mentir. El joven era Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi y fundador del Instituto para la No Violencia. Es una historia que siempre me ha hecho pensar. Si el padre lo hubiera castigado, o golpeado por la mentira, ¿el joven habría aprendido la lección? Probablemente no. Habría sufrido el castigo, y tal vez se habría resentido con su padre. Pero esta acción no violenta fue tan fuerte que castigó para siempre su memoria y le hizo cambiar de vida.

No es con la violencia como se acabará el mal de este mundo. No es exterminando a nadie, sino sembrando el bien. Si queremos que se acabe la mentira, no hay que matar a los mentirosos. Hay que sembrar más verdad. Si queremos que se acabe el odio, no hay que matar a quienes odian. Hay que sembrar más amor. Si queremos que se acabe la corrupción, no hay que matar a los corruptos. Hay que sembrar más honestidad. Es un camino difícil y costoso, sobre todo para quienes solemos buscar lo fácil y cómodo. Pero es el camino recomendado por el evangelio. Sólo a fuerza de sembrar más trigo, se termina ahogando la cizaña.

Durante esta semana, sin duda, nos encontraremos con mucho mal a nuestro alrededor. No nos angustiemos. Nuestra tarea es sembrar el bien. Así estaremos seguros/as de estar trabajando por un mundo mejor.