< July 12, 2020 >

Comentario del San Mateo 13:1-9, 18-23

 

La parábola del sembrador es quizás la más famosa de las parábolas pronunciadas por Jesús, y una de las más importantes de su repertorio.

Esto se ve sobre todo en el evangelio de Marcos. En efecto, allí:

a) es la única que, al contarla Jesús, dice el evangelista que se juntó una “grandísima multitud”1 (óchlos pléistos) para oírla (Mc 4:1);

b) es la única que comienza con una orden expresa de Jesús de prestarle atención: “Oíd” (Mc 4:3);

c) es la única presentada por Jesús como “clave” de lectura para entender las demás, ya que, si no se comprende esta, es imposible entender las otras (Mc 4:13);

d) es la única (con la del trigo y la cizaña) que lleva una explicación explícita de Jesús, como si no hubiera querido que se malinterpretara su significado;

e) y es una de las pocas parábolas que se encuentra narrada en los tres evangelios sinópticos.

En la versión de Mateo, que nos toca leer este año, es la primera de una serie de siete parábolas, que forman parte del “discurso parabólico” de Jesús. Cuenta el evangelista que una mañana salió Jesús a caminar por la orilla del lago de Galilea, y al ver reunida a mucha gente, se sentó en una barca y se puso a enseñarles. Fue entonces cuando les contó la parábola del sembrador.

El relato es muy sencillo de entender. Comienza con un campesino que sale a sembrar. Allá en Israel, el terreno es muy irregular, de modo que muchas semillas suelen malograrse, ya sea porque quedan al borde del camino y la comen los pájaros, o porque las piedras les impiden echar raíces, o porque las espinas las ahogan. Pero otras semillas caen en buena tierra, y dan mucho fruto.

Con esta parábola, el evangelio quiere responder a un gran interrogante: ¿por qué, después de dos mil años de cristianismo, el mundo no ha cambiado mucho? ¿Por qué, después de dos mil años de haber muerto Jesús en la cruz, salvar a la humanidad y mandar al Espíritu Santo, no ha aparecido la civilización del amor ansiada, ni parece que se acerca un mundo mejor? A nivel personal, seguimos con nuestras antiguas debilidades, y no terminamos de superar los defectos que tenemos. A nivel familiar, a pesar de la buena voluntad que ponemos, seguimos teniendo discusiones y rencillas que nos impiden una buena convivencia. A nivel social, cada día nos topamos con noticias de crímenes, violencia, injusticias, agresiones, robos. ¿Cómo es posible que el mundo no esté ya definitivamente compuesto, cristianizado, arreglado, si ya vino Jesús? ¿Acaso Dios hizo mal las cosas? ¿Acaso Dios no sembró buena semilla en el mundo? A estos interrogantes, Jesús responde en el Evangelio que la culpa no es de la semilla, sino de la tierra en la que ha caído.

La parábola es muy esperanzadora. Enseña que los males que nos rodean no son responsabilidad de Dios. Dios solo manda cosas buenas a este mundo. Según la parábola, el sembrador no sembró unas semillas buenas y otras malas. Todas eran buenas. Del mismo modo, no podemos culpar a Dios de las desgracias y calamidades que a veces nos envuelven. Cuando ocurren sucesos negativos o malos, nunca hay que decir: “Ha sido la voluntad de Dios,” o “Dios así lo ha dispuesto”. Eso sería una falta de respeto a la bondad de Dios. Lo malo que nos rodea se debe a que nosotros/as no hemos permitido que dé frutos la semilla que Jesús sembró.

Luego, cuando Jesús se queda a solas con sus discípulos, les explica la parábola. Les dice que, así como hay distintas clases de terreno, también hay distintas clases de personas que reciben la palabra de Dios. Algunas son “personas-caminos.” Son aquellas que escuchan la palabra de Dios, pero no dejan que ella penetre en su interior, así como en un camino no puede penetrar una semilla. Son personas cerradas. Escuchan la Palabra por rutina o por inercia, y hasta quizás se la saben de memoria, pero no la meditan ni la aplican a sus vidas. Es gente que ha endurecido su mente y su corazón. Y en alguien así, no puede entrar el mensaje divino. Otras son “personas-pedregal.” Son aquellas que escuchan la Palabra y la reciben con alegría. La encuentran atractiva, buena y hasta buscan ayuda en ella para sus vidas. Pero al ser personas superficiales, su religiosidad es aparente. Solo tienen una delgada capa de fe, de oración, de compromiso. Y cuando brotan los problemas, las tentaciones y las crisis, la olvidan y terminan actuando contrariamente a lo que se habían propuesto. Se les acaba la religiosidad. Finalmente, están las “personas-espinos.” Son aquellas que escuchan la Palabra, y no sólo la reciben con alegría, sino que además empiezan a vivir conforme a ella. Todo un logro espiritual. Pero luego dejan que crezcan las “espinas” en su interior: las espinas del odio, del resentimiento, de la envidia, del miedo, de la intolerancia. Y todas ellas terminan ahogando el evangelio que escucharon.

En la parábola, Jesús solo menciona tres categorías de personas que se cierran a la Palabra de Dios. Pero podríamos detectar muchas más. Sería bueno que nos preguntáramos: ¿qué clase de terreno somos nosotros/as? Si en nuestra vida algunas cosas andan mal, ¿en qué estamos fallando? Dios en cada encuentro nos da las luces y la fuerza para poder mejorarnos. ¿Qué es lo que nos impide aceptar su Palabra y dejarnos cambiar? Realmente es un misterio ver cómo, cada domingo, todos/as escuchan el mismo evangelio, oyen la misma predicación, reciben la misma bendición, y sin embargo cuando salen, ¡qué diferente comportamiento que muestran! ¡Qué distinto que nos llega el mensaje! Unos/as dicen: “me gustó;” y eso es todo lo que logró en ellos/as la Palabra. Otros/as dicen: “el predicador me hizo pensar;” y nada más. Otros/as dicen: “me ha emocionado;” y ahí se acaba todo. En cambio hay otros/as que reconocen que Dios les habló, sienten que deben cambiar y abandonar la conducta que tenían, y se proponen producir frutos. Estas son las personas que realmente recibieron la Palabra de Dios en la celebración. Si venimos a la celebración, pero seguimos sin saludarnos, sin hablarnos, sin perdonarnos, sin ayudarnos, sin escucharnos, sin ser solidarios, ¿con qué objeto venimos?

Por suerte, son muchas las personas que, semana tras semana, se abren para que pueda entrar la semilla del amor y la solidaridad. Esta semana leí que un grupo de alumnos/as de un colegio secundario de Buenos Aires, que habían ahorrado dinero para realizar su viaje de egresados a Bariloche,2 ante la crisis que atraviesa el país, decidieron cambiarlo por un viaje a un pueblito pobre de la provincia del Chaco, llevando ropa, comida, colchones y remedios a la gente del lugar. ¡Y no eran de un colegio cristiano! Pero Dios siembra en todas partes. Sin embargo, cuántos/as alumnos/as de colegios cristianos viajan a Bariloche a emborracharse, a ir a boliches y tirar la plata. Dios siempre siembra; sólo hay que animarse a responder, y a cuidar la semilla sembrada.

Cuentan que un joven, cada vez que veía fotografías de hombres lanzándose desde un avión, sentía que quería ser paracaidista. Era su pasión, su anhelo, su ilusión. Comenzó entonces a estudiar paracaidismo. Más tarde estudió todo sobre los aviones modernos, hizo un master en caída de cuerpos, en atracción de masas y en fricción. Finalmente estudió meteorología y movimientos de corrientes de aire. Cuando estuvo preparado, eligió cuidadosamente el avión desde el que se iba a tirar. Al despegar, dijo al piloto que se dirigiera al punto que había seleccionado en el mapa. El momento se acercaba. Sentía cada vez más emoción. Por fin, cuando estaban en la altura perfecta, se levantó del asiento, abrió la escotilla y sintió el viento helado en la cara. Estuvo unos instantes llenando los pulmones con el puro azul del cielo... pero no saltó. Cerró la escotilla y se sentó. Había olvidado que, para saltar, hacía falta una cosa más: ser valiente. Algunos pasan la vida preparándose para una tarea; buscan métodos novedosos, consejos de todo tipo, pero llegado el momento, no se animan. El miedo los paraliza. Colocan a su alrededor una fría jaula hecha con dudas, pesimismo y cobardía. No basta con dejar sembrar en nuestro interior las semillas. Hay que quitar el miedo a la vida, si uno quiere hacer realidad los sueños.

Dios se esfuerza en sembrar su buena semilla cada domingo. Cuando salgamos de la celebración, no hay que contentarse con decir: “me siento bien.” Hay que ir más allá y preguntarse: “¿Qué tengo que cambiar concretamente en estas semanas?” Porque la semilla sin duda es buena. Debemos hacer que también la tierra sea buena.


Notas:

1. En la traducción Reina Valera 1995 dice “tanta gente.”

2. Bariloche, una bella ciudad situada al pie de la cordillera de los Andes, es en Argentina un destino favorito de los viajes de egresados que los/as estudiantes realizan en el último año del colegio secundario.