< September 15, 2019 >

Comentario del San Lucas 15:1-10

 

El capítulo 15 del evangelio de Lucas contiene una serie de parábolas cuyo tema central gira en torno a la relación de Jesús con los pecadores y la comensalía (v. 1).

Por eso, algunos las llaman las parábolas de la “misericordia.”

La originalidad de la pedagogía lucana consiste en la conexión que se establece entre el pecador y el sentido teológico de la parábola. Como sabemos, la parábola es una narrativa que contiene un mensaje simple donde se expresa la alegría y la certeza de la venida del Reino. En las parábolas que Jesús contó encontramos una amplia variedad de temas que tienen que ver con la vida social, familiar, relacional, celebrativa y festiva de las comunidades.

Desde los primeros versículos, Lucas nos presenta la audiencia a la que se dirigen sus enseñanzas: fariseos y escribas que critican y murmuran en contra de Jesús porque este acoge a publicanos y pecadores (v. 2). Entonces Jesús comienza a enseñar con parábolas: la primera sobre el buen pastor (vv. 4-7) y la segunda sobre la dracma perdida (vv. 8-9). Ambas parábolas presentan notables similitudes.

Tanto el pastor como la mujer han perdido algo que consideran de gran valor: oveja y dracma. El pastor va en busca de una oveja perdida, aunque cuente con noventa y nueve más; la mujer va en busca de su dracma aunque cuente con nueve más. Para el pastor y la mujer la importancia recae sobre lo que se les ha perdido; no sobre lo que aún tienen. Una vez encontrado lo perdido, el pastor convoca a sus amigos y vecinos y la mujer convoca a sus amigas y vecinas. Una celebración se da entre varones y la otra entre mujeres. Ambos textos usan la misma expresión de júbilo: “Gozaos conmigo” (vv. 6 y 9). La moraleja de ambas parábolas se anuncia en el último versículo (v. 10): la alegría adquiere un tinte escatológico ya que el cielo y los ángeles de Dios se alegran por obras realizadas en la tierra, como la conversión de un solo pecador.

La imagen del pastor y su rebaño es un tema clásico del Antiguo Testamento para indicar las relaciones de Dios con su pueblo. Del mismo modo, la metáfora se extiende a la mujer por analogía, es decir, la imagen de la mujer con su drama también representa las relaciones de Dios con su pueblo. Así pues, la originalidad de Lucas es que presenta por medio de acciones humanas a un Dios que busca al pecador y lo reintegra a su grupo. El tema del encuentro es en la literatura judía y en el Antiguo Testamento un signo de la salvación (Mi 4;6-7; Jer 23:1-4; Ez 34:11-16). Este encuentro se realiza con la alegría compartida, cosa que para Lucas es un dato capital ya que desenmascara la actitud hiriente de los fariseos respecto al pecador (v. 2). El encuentro de Dios con el hombre que marchó por otros caminos y con la dracma perdida provoca la alegría evangélica, el gozo de saberse de nuevo hijo/a querido/a.

Analicemos un poco más la parábola de la dracma perdida ya que ella nos puede ofrecer algunas pistas para entender el aporte y resistencia de las mujeres desde su espacio cotidiano. Lc 15:8-9 nos presenta a una mujer que en el desarrollo de sus tareas cotidianas pierde una dracma de aquellas que tenía bajo su cuidado. La dracma era una moneda griega que equivalía a un denario romano y representaba el jornal de un día por persona. Para un ama de casa que solamente posee un remanente de diez la pérdida es importante.

La mujer tenía delante de sí un gran problema, como lo tienen tantas mujeres de los barrios populares en estas mismas condiciones, el de administrar un presupuesto familiar que en sí mismo es escaso. No obstante, ella no se queda pasiva ante la pérdida de una de sus monedas; se empeña y consigue recuperar la moneda, lo que se convierte en motivo de alegría y fiesta.

Pero lo absurdo y gratuito de lo cotidiano de esta mujer es que comparte su alegría con otras mujeres, las cuales como ella administran día a día sus propias y limitadas economías domésticas. Cuando hablo de absurdo me refiero al gasto que supone una fiesta. Si le hacía falta la moneda, entonces ¿por qué gastarla con las amigas y vecinas? Al hablar de gratuidad me refiero a la invitación a mujeres probablemente fuera del contexto familiar. En el mundo antiguo oriental, la comida era el momento por excelencia de comunión, especialmente con la parentela. La mujer de nuestra historia, como partícipe de esta cultura, sabe de la importancia de la comensalía, pero fiel al proyecto lucano, esta se amplía a amigas y vecinas que probablemente no hacen parte del núcleo familiar, como símbolo de comunión comunitaria.

La invitación es a una fiesta, la cual no sólo requiere del motivo de celebración, sino que también envuelve toda una infraestructura: casa, alimento, disposición y ánimo para la celebración comunitaria. Pero, ¿cómo es que teniendo tan poco dinero hay todavía lo suficiente para festejar? ¿Cómo en un contexto de pobreza y hambre hay también tiempo para lo lúdico, festivo y celebrativo? No hay una respuesta científica para estas preguntas. Basta observar la vida cotidiana de nuestras mujeres de sectores populares. En ellas encontramos a un pueblo que administra y comparte su pobreza, no solamente con su familia, sino también con sus vecinas/os y amigas/os. Se trata de la gratuidad evangélica. En general, encontramos en las mujeres pobres un pueblo que, a pesar del lugar de dolor, miseria y empobrecimiento en que se encuentran, viven, celebran y festejan en comunidad.

¿Pero qué significado tiene la fiesta en una casa de los barrios periféricos de las ciudades? Normalmente la fiesta se convierte en un espacio donde las personas se alegran y es uno de los pocos momentos lúdicos de los que pueden participar los pobres con o sin dinero. En el compartir con amigas y amigos la vida toma otra dimensión y las tensiones y conflictos que las mujeres sufren entre lo doméstico y lo profesional, entre la casa y el trabajo, entre la familia y la sociedad, asumen otro sentido. Es también el momento de lo lúdico, del placer, del cuerpo, de la comida y comunión.

La parábola de Lucas 15:8-9 contiene una propuesta de rescate de la casa como espacio de la acogida, donde las mujeres se solidarizan, viven y celebran en comunidad. La casa se convierte en el espacio para celebrar el afecto y compartir las necesidades cotidianas. La casa se constituye en un lugar especial de vida, en la cual, de manera especial, la mujer se puede reafirmar en el lugar que ocupa en la vida familiar y social.

Esta parábola nos invita a crear un espacio festivo dentro de nuestra comunidad cristiana, donde con frecuencia la mesa aparece vacía y casi siempre desprovista de festejos y alegría.

Finalmente podemos decir que las parábolas de la oveja y la dracma perdida son una excusa para entender la comensalía de Jesús con pecadores. Impuro y rodeado de un gran número de pecadores, Jesús transgredía las prescripciones rabínicas más elementales. Una vez más, Jesús se muestra cercano a los pobres y pecadores. Como cristianos/as, estamos llamados/as a seguir un camino similar: el de abrazar a nuestros semejantes, aunque se encuentren en situación de pecado según la ley. Este es un imperativo evangélico que todas y todos estamos invitados/as a hacer realidad hoy más que nunca, cuando es tan común que en nombre de Dios despreciemos a nuestros hermanos/as.