< May 19, 2019 >

Comentario del San Juan 13:31-35

 

La lectura del evangelio de hoy resume el legado de Jesús, su testamento espiritual, según San Juan.

Siempre se dice que Jesús nos enseñó a amar, que el amor resume el mensaje de Jesús, que la religión de Cristo es la religión del amor. Pues bien, pero ¿de qué amor se trata? ¿Acaso no se enseñaba el amor de Dios y del prójimo en Israel?

Vale la pena recordar que Israel reza todos los días el Shema, la oración que pide atención a toda persona creyente. La traducción del original hebreo es “¡Oye!” o “¡Escucha!”

Oye Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es. Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Ese Dios a quien Israel debe amar y obedecer ordena también amar al prójimo como a sí mismo:

No aborrecerás a tu hermano en tu corazón. Reprenderás a tu prójimo, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19:17-18).

Queda claro pues que si bien Jesús predicó la necesidad de amar, haciendo del amor el corazón de su mensaje, ello no era novedad en Israel. ¿Cómo puede ser entonces que les diga a sus discípulos: “Un mandamiento nuevo os doy” (v. 34)?

El antiguo mandamiento de amar se renueva con Jesús por medio de la manera en que él nos ama y nos incita a amar: “Como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (v. 34).

Amarse como Jesús nos amó es más difícil que amarse simplemente, lo que de por sí ya no es fácil… El evangelista pone en perspectiva de qué amor se trata cuando introduce la pasión de Cristo así:

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13:1).

Jesús ama los suyos “hasta el fin,” es decir hasta el extremo, sin recabo, sin medir, hasta lavarles los pies y entregar su vida por ellos, aunque lo traicionen, lo renieguen o lo abandonen todos. Es de dicha misma manera que él espera que sus discípulos/as se amen unos a otros, pues él mismo dice que el lavado de los pies es un ejemplo y un modelo para ellos/as:

¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis (Jn 13:12c-15).

En el mundo de la antigüedad y en el mundo de hoy, se reconoce una cierta deferencia hacia los maestros, como hacia todos aquellos que disponen de un saber que se pueda honrar. El gesto de Jesús pone la jerarquía social de este mundo al revés: el maestro se pone a los pies de sus discípulos y les sirve con un gesto que lo deshonra a él; es por eso que Pedro resiste y que el corazón de Judas se vuelve contra el de su maestro. Jesús ama de manera muy humilde, chocante y poco honrosa según la jerarquía de valores del mundo, de la sociedad.

El pasaje del evangelio de hoy empieza cuando Judas sale de la última cena para denunciar y vender a su maestro a las autoridades del templo. Jesús ya le ha lavado los pies (Jn 13:1-11), como a los otros once discípulos, incluyendo a Pedro, quien se resistió al comienzo. Sin embargo, Pedro cede de corazón, poniendo fe en su maestro, aunque le parezca extraño que su maestro tenga que lavarle los pies. Judas no puso objeciones como Pedro; se ha dejado lavar los pies en silencio por Jesús. Sin embargo, su corazón ya no está a gusto entre los doce, y cuando Jesús le ofrece el bocado (Jn 13:26), Judas siente que tiene que salir de ese círculo lo antes posible, pues ya no puede continuar viviendo una farsa. En cuanto Jesús le pide hacer ya lo que tiene que hacer (Jn 13:27), Judas sale pues con la intención de denunciarlo. San Juan nos dice que Satanás entró en él (Jn 13:27), lo que quiere decir que Judas ya se rige por otro maestro y por otros valores diferentes a los del círculo íntimo de Cristo.

San Juan llama a Satanás “el príncipe de este mundo” (Jn 12:31) y Jesús precisa ante Pilato que su propio reino no es “de este mundo” (Jn 18:36). Jesús es rey de otro mundo con valores diferentes a los que priman en este mundo. Por eso, para Jesús, el ser crucificado no es deshonra, sino al contrario glorificación (vv. 31-32), puesto que él ofrece su vida libremente por amor al Padre y por amor al prójimo. Dios mismo, el Dios de Jesús, muy diferente de como lo concibe el mundo, es glorificado por el gesto de Jesús de dar su vida sobre una cruz. Se puede decir que según Juan, Dios mismo se pone de rodillas a lavar los pies a la humanidad que lo rechaza cuando deja que su hijo muera en la cruz.

Amar así va más allá de lo que se espera en este mundo del verbo amar. Y es por ello que el mandamiento que Jesús nos da es nuevo, renueva la alianza con Dios, y se vuelve el signo distintivo de los/as cristianos/as. El mundo confirma que Jesús tiene discípulos/as cuando ve a los/as cristianos/as amar como Cristo nos amó, ceñidos para servir como él, aunque ello ponga los valores del mundo de cabeza.