< April 20, 2019 >

Comentario del San Lucas 24:1-12

 

El evangelista Lucas presenta no solo la acción itinerante de Jesús y sus doce apóstoles, sino también la de algunas mujeres que se adhirieron a su movimiento y de quienes se relata que habían sido curadas por Jesús de espíritus malos y de enfermedades.

El itinerario de Jesús incluye las ciudades de Galilea que lo conducían a Jerusalén, y en las cuales proclamaba la Buena Nueva (Lc 8:1-3) aun sabiendo la inminente confrontación con las autoridades que lo desaprobaban y las cuales ejercían dominio sobre Jerusalén.

Os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, pero después nada más pueden hacer. Os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno. Sí, os digo, a este temed (Lc 12:4-5).

Con esta frase, Jesús asumió una confrontación que más tarde le causaría la muerte, y por la que algunos de sus seguidores tempranamente abandonarían este proyecto, incluso dentro de su círculo más cercano, como es el caso de Pedro quien lo negó.

En los relatos de pasión, el evangelista relata que una multitud del pueblo incluyendo mujeres, siguió a Jesús hasta el calvario (Lc 23:26-30). Mientras que su grupo más cercano huía, las mujeres se mantenían presentes.

Las mujeres en este evangelio no fueron solamente observadoras del acontecimiento, sino que eran parte del proyecto, ya que justamente a tres de ellas en concreto se dirigió Jesús: María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago. Estas tres, entre otras, participaron incluso del acontecimiento del kerigma pascual (Lc 24:4-6), estando pues en el origen de la memoria colectiva del movimiento cristiano.

En el final del evangelio, Lucas hace un resumen del seguimiento de las mujeres galileas y de los pasos decisivos emprendidos después de la muerte de Jesús en Jerusalén. Ellas habían venido siguiéndolo desde Galilea (Lc 8:1-3) y estuvieron con él desde el principio hasta el final (Lc 23:55-56). Su seguimiento se dio a través del servicio, entendido en Lucas como una práctica solidaria del amor al prójimo.

Según Pagola, “la presencia de las mujeres en el grupo de discípulos no es secundaria o marginal. Al contrario. En muchos aspectos, ellas son modelo del verdadero discipulado.”1 Aunque Lucas no las llame explícitamente “testigos,” ellas participan en plenitud del anuncio del Jesús resucitado. La divinidad se revela cara a cara a las mujeres. A este tipo de revelación se le conoce como experiencia epifánica, y según Cardoso es una experiencia espiritual en la que, sin intermediarios de ninguna clase, Dios se revela a las mujeres.2

No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes.

Y como tuvieron temor y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: --¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado y resucite al tercer día” (Lucas 24:5-8).

Para Lucas, las mujeres dan testimonio del anuncio, muerte y resurrección, pues ellas fueron las primeras en experimentar al Cristo resucitado. El primer anuncio de la resurrección está ligado a las mujeres. No obstante, al igual que los apóstoles, ellas no entienden, en un primer momento, lo anunciado por Jesús en Galilea. De allí que busquen al Mesías entre los muertos. El papel de los dos hombres (ángeles) es justamente el de hacer memoria de las palabras de Jesús. Lucas afirma que ellas recordaron; ellas ¡hicieron memoria!

Están allí no solo por el compromiso con su Maestro, o por su vocación de servicio sino porque la tarea que les compete a las mujeres no es solamente la de ungir al cadáver, sino también, la de participar de los ritos fúnebres. Por eso van a la tumba.

La antropología ha puesto de manifiesto esta relación de las mujeres con los momentos iniciales y finales de la vida. A través de ellas se ha realizado la unión entre los muertos, de las generaciones anteriores, y los vivos, de las generaciones posteriores. Su presencia y su importancia en los ritos funerarios que giran en torno al cadáver y que tienen tanta transcendencia antropológica y social, son una constante en la inmensa mayoría de las culturas.3

La antropología cultural nos ayuda a entender que en la antigüedad, la situación de impureza de las mujeres, debido a la menstruación y al parto, fue una de las causas por las cuales se las consideró aptas para tratar con la impureza de los cadáveres. Las mujeres eran las encargadas de lavar, vestir y ungir el cuerpo con aceite, envolverlo en un sudario y adornarlo, también eran responsables de los ritos de duelo, del lamento funerario. Los hombres, por su parte, eran los encargados de la procesión del cuerpo hasta el sepulcro.

Cuando alguien moría, en situaciones normales los lamentos comenzaban en la casa, y continuaban durante una primera procesión hasta el sepulcro. Las mujeres más allegadas al difunto entonaban el lamento ritual, aunque era usual la contratación de plañideras profesionales. Al tercer día, antes de la puesta del sol, se iba hacia la sepultura y se sacaba el cuerpo para una nueva procesión que terminaba nuevamente en el sepulcro. Se conseguía así hacer memoria del difunto y evitar la violación del sepulcro, ya que las mujeres eran también, por excelencia, las guardianas de los sepulcros.

Los lamentos mantienen vivo el recuerdo y la presencia de la persona difunta, reivindican su historia y, en ocasiones, ponen voz a lo silenciado al denunciar las injusticias que la persona difunta había sufrido (o incluso las injusticias que había cometido la persona difunta).4 El primer día de la semana muy temprano, las mujeres van al sepulcro con aromas para cumplir con un trabajo que estaba específicamente reservado a las mujeres, el de embalsamar el cuerpo de un difunto, en este caso el de Jesús.

El testimonio de las mujeres no es creído por el círculo íntimo de Jesús, porque la historia es increíble (Hch 17:32). Es un acontecimiento difícil de aceptar con el apoyo exclusivo del testimonio verbal; lo que sustenta la veracidad del acontecimiento es la fe. La experiencia de los apóstoles no es diferente a la experiencia vivida por ellas en el sepulcro. Ellas, viendo el sepulcro vacío, no creen en un primer momento. La desconfianza es una actitud meramente humana.

Nuestro relato de Lucas 24 contiene una propuesta de rescate de la práctica igualitaria de Jesús ya que las mujeres son discípulas y testigos de la resurrección del Mesías. Como vemos, hay una participación activa y significativa de ellas como lideresas y en el discipulado de iguales en los evangelios. La experiencia de estas mujeres junto al sepulcro es una invitación a participar plenamente de la resurrección de Jesús. Y participamos plenamente porque el Maestro de Galilea propone una relación de género diferente a la vigente entre los maestros judíos, una relación basada en la igualdad y en el respeto, una relación que propone reubicar social y sobre todo religiosamente a la mujer.

Las mujeres, partícipes en la crucifixión y en la resurrección del maestro de Nazaret, son testigos por excelencia de un acontecimiento que marcaría la historia del cristianismo naciente. Su memoria y testimonio son fundamentales para el anuncio de la Buena Nueva y para la continuidad del movimiento de Jesús. Su experiencia como testigos oculares de la resurrección es testificada en los cuatro evangelios (Mc 16:1-8; Mt 28:1-8; Lc 24:1-12; Jn 20:1-18). Jesús resucitado se fio de las mujeres para ser portadoras del kerigma pascual. ¿Y tú te fías de ellas? ¿Pueden ser las mujeres de este siglo portadoras de la Buena Nueva de Jesús?


Notas:

1. José Antoni Pagola, Jesús Una Aproximación Histórica (Madrid: Editorial PCC, 2008), 230.

2. Nancy Cardoso Pereira, “Messianismo transgressor.” En Revista Teológica, São Bernardo do Campo: Universidade Metodista de São Paulo, Vol. 9, 1994, 13-24.

3. Carmen Bernabé, “Palabras de Mujer en el Inicio del Kerigma.” En Ciencia Tomista, Salamanca, Tomo 136, Núm. 440, 2009, 513.

4. Ibid, 518-519.