< April 14, 2019 >

Comentario del San Lucas 22:14-23:56

 

Hemos llegado al sexto domingo de Cuaresma que la liturgia de muchas tradiciones cristianas denomina “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.”

Precisamente, el texto del evangelio que comentamos es la versión de la “Pasión” según Lucas. Pero, ¿por qué “pasión”? ¿Qué relación tiene una muerte humillante con el amor? Reflexionaremos sobre una de las paradojas del cristianismo.

Los relatos de la muerte de Jesús son obras narrativas extensas. Algunos biblistas proponen ver en la “Pasión” el núcleo de los evangelios, los textos base sobre los cuales se compusieron los restantes capítulos por parte de los redactores, tal como si fueran una introducción larguísima para el trágico desenlace. Pues bien, esto no está lejos de la realidad. La muerte de Jesús en una cruz es uno de los datos de su vida mejor documentado por historiadores, creyentes o no. Este tipo de muerte desnuda el crimen del cual fue acusado: mors agravata o læsæ maiestatis,1 es decir, sedición y oposición al poder romano. Pero, ¿cómo nos narra este hecho Lucas?

La última noche de Jesús comienza con una cena pascual. Los investigadores coinciden en que fue una cena de despedida que los evangelios sinópticos tratan de identificar con la Pascua: no hay cordero en la mesa porque el cordero será Jesús en la cruz. El gesto central de esta comida será el prototipo de lo acontecerá el día siguiente. Los verbos acá son elocuentes: “tomó”, “dio gracias”, “partió” y “dio.” Son verbos que remarcan la solemnidad del gesto y atestiguan un contexto litúrgico que se repite hasta hoy. El pan y el vino serán los signos de su entrega hasta el extremo porque el Reino de Dios exige su coherencia. Jesús no hará acá sino lo que ha sido y ha hecho toda su vida: partirse, repartirse, donarse a todos/as. No obstante, esto no fue bien tomado por quienes, hasta el día de hoy, le huyen a este compromiso. Judas representa a quienes sólo piensan en sus intereses y que, con su egoísmo, generan violencia. También los otros discípulos siguen discutiendo sobre quién es el mayor, se pelean por la preponderancia política movidos por el egocentrismo, y terminan tomando una espada. Lucas es claro en subrayar que el gesto de la cena no fue comprendido en absoluto por quienes comieron esa noche al lado de Jesús. Pedro mismo, vocero del grupo, recibe la misión de “confirmar a los hermanos” (22:32) en la fe, pero aun así desconocerá a su maestro. Nadie está exento de desfallecer, de pensar exclusivamente en sí mismo, de ir por el derrotero de la agresión, pero Jesús está pendiente de nosotros/as, ruega por nosotros/as, sigue donándonos su vida.

Luego de ser entregado con un beso, Jesús es ultrajado, golpeado y humillado. Estas ofensas se extienden hasta en sus últimos momentos, mientras agoniza. Los soldados del templo, los sacerdotes, Herodes, la gente en general, le increpan porque no entienden su “poder”: ¿Cómo puede un “mesías” terminar así? ¿Qué clase de “rey” no tiene poder para salvarse a sí mismo? La respuesta a estas preguntas según la lógica del Reino es que el poder del Dios en Jesús radica, no en salvarse a sí mismo y dejar a los demás crucificados de la historia sumidos en su dolor, sino en salvar a los otros asumiendo su sufrimiento. Para Jesús, Dios no es ajeno a lo que sufrimos; su Padre está sintiendo lo mismo que él en su escarnio y no hace nada porque la cruz no ha sido su decisión, sino la de los seres humanos que no pueden comprender que Dios sea así: sencillo con los sencillos, desposeído con los desposeídos, pequeño con los pequeños. ¿Quién sino Jesús ha dibujado una imagen particular de Dios que, aún hoy, sigue causando problemas? La acusación de los sacerdotes y escribas va en esta línea. Lo condenan a morir porque tiene una relación única con Dios que resulta inaceptable para quienes ostentan el poder religioso. No es posible que pregone una religión más allá de la institucionalidad, una religión donde Dios no es preso de los templos ni de las rúbricas; una religión que es, en realidad, profunda relación.

Pero si la oficialidad clerical lo ha condenado por decirse “Hijo de Dios,” un motivo aparentemente teológico, Pilato y Herodes lo condenan por su proclamación política como “rey.” Se han confabulado el poder político y el poder religioso para eliminar aquello que amenaza su status quo. Estos “matrimonios” por conveniencia siguen siendo el pan cotidiano de nuestro mundo. La fe de las personas sencillas sigue siendo manipulada en función del dominio de unos pocos. Pero la realidad es que Jesús asume esta injusticia en silencio, no se defiende, conserva su entereza.

La escena de la crucifixión en Lucas tiene tonos conmovedores ya que, estando en medio de delincuentes, uno de ellos entiende la verdadera lógica de la vida de Jesús. El famoso “buen ladrón” lo sabe inocente y lo defiende ante la voz de quien replica su impotencia. No necesitó escuchar el mensaje de Jesús en su vida pública, sino que, con sólo ver la injusticia de la que es víctima, se convence de que Dios está de su lado y no con quienes lo están matando. Ha entrado en la lógica del Reino y justamente esa será su recompensa: formar parte del Reino de Dios. El Dios misericordioso del tercer evangelio es cercano a todos/as los/as marginados/as sociales, parias, niños/as, mujeres… Inclusive está en boca de los extranjeros que, como el centurión, ven lo que no pudieron ver los sumos sacerdotes: la justicia de Jesús. Dios ha asumido todo de nosotros/as. Al encarnarse lo ha hecho en todos sus extremos y esta es la paradoja del cristianismo.

¿A qué religión se le ha ocurrido decir que Dios muere en una cruz? ¿No es absurdo creer en un “Dios crucificado”? Los primeros cristianos comprendieron que Dios no estaba en el triunfo, el poder o la fama, sino que se había revelado tal cual es en una cruz. Dios es capaz de dar su vida despojándose de todo dominio y asumiendo la muerte. No es cierto que Jesús muera en la cruz porque Dios necesitaba “cobrar” los pecados de la humanidad. Esa es una interpretación aún presente en nuestras teologías y que tiene consecuencias terribles: Dios sería un controlador, un justiciero, alguien que no puede perdonar libremente y que necesita ver sangre para saciar su sadismo egoísta.2 Ese no fue el Dios que Jesús predicó durante su ministerio. Cristo murió en la cruz “por nosotros/as,” pero ese “por” (en griego hyper) no quiere decir “a causa de,” sino “en favor de” nosotros/as. El Dios de Jesús es tan loco que se apunta con las causas de los sencillos, que se siente afectado por nuestros sufrimientos y que exige de nosotros/as una entrega igualmente desinteresada con quienes nos rodean, en particular con los/as más vulnerables. Dios es así.


Notas:

1. Dos expresiones en latín que literalmente significan “muerte con ensañamiento” y “agravio contra la majestad.”

2. José A. Pagola, El camino abierto por Jesús. Lucas (Madrid: PPC, 2012), 333.