< February 18, 2018 >

Comentario del San Marcos 1:9-15

 

El marco litúrgico para esta predicación es el Primer Domingo de Cuaresma.

La Cuaresma es un tiempo especial destinado a la preparación para la Semana Santa mediante reflexión sobre nosotros/as mismos/as a la luz del Evangelio. El nombre cuaresma proviene de los cuarenta días de ayuno y preparación de Jesús en el desierto. Esta imagen a su vez proviene de la antigua tradición de Israel de los cuarenta años de caminata por el desierto luego de la salida de Egipto.

El texto es muy complejo. Contiene tres núcleos y cada uno de ellos es más que suficiente para un sermón: el bautismo de Jesús, la tentación en el desierto y la primera predicación de Jesús. Es imposible analizar detenidamente cada uno de estos tres componentes en este breve espacio. Nos concentraremos en el primer núcleo.

El relato del bautismo de Jesús está vinculado con la presentación de Juan el Bautista. El texto pasa de las palabras proféticas en Mc 1:2b-3, de la caracterización de Juan como precursor de uno que vendrá y de las palabras de Juan sobre el que vendrá, a la presentación del anunciado: Jesús de Nazaret, ubicado en la historia. En su bautismo, quien en un futuro bautizará con el Espíritu recibe él mismo el Espíritu.

La iglesia temprana se sintió algo perturbada por la idea de que Jesús se haya sometido al “bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados” (Mc 1:4). Esta perplejidad quedó reflejada en Mt 3:14-15 y Jn 1:30-34. ¿De qué pecado tendría que arrepentirse Jesús para recibir perdón, si quien obra el perdón es él mismo? Las respuestas ensayadas dejan la cuestión en una cierta indefinición.

Volvamos al relato de Marcos. Es muy sobrio. Su médula consiste en la acción de Dios vinculada a Jesús, confirmando que él es el anunciado por los profetas y Juan.

La experiencia especial que tiene Jesús en ocasión de su bautismo es interpretativa: Jesús queda confirmado mediante una visión explicada a su vez por la voz del cielo (un eufemismo teológico para decir voz de Dios). Esta experiencia ilumina la comprensión que tiene la comunidad creyente de su Señor. Este relato pertenece al grupo de las narraciones cristológicas. La Navidad, el bautismo, la tentación, la transfiguración, la pasión, la resurrección, la ascensión, son historias que remiten al misterio de Dios hecho hombre, Dios Hijo, el Salvador, Dios presente en la tierra.

En el bautismo, la voz de Dios le da un carácter epifánico a la visión. La filiación divina de Jesús, ya confesada por la comunidad (Mc 1:1), es confirmada ahora en un acto público (Mc 1:11); y al mismo tiempo, se explicitan el llamado y la misión de Jesús.

En la imaginería judía de la época, los cielos, habitualmente “cerrados,” se “abren” solo en ocasiones muy especiales, a saber, epifánicas, apocalípticas, de revelación, etc. Un dato no menor, a la hora de establecer la coherencia de todo el texto evangélico, es el hecho de que el verbo griego sjízô, que significa rasgar, dividir, rajar, separar, se usa en Marcos solo aquí y en 15:38, donde se aplica al velo del templo que se rasgó en dos, de arriba abajo; un simbolismo por demás enérgico para indicar que por la muerte de Jesús queda libre el acceso directo a Dios. En el bautismo, la escena de los cielos abiertos manifiesta la expresa unión de Jesús con Dios. Además, el Espíritu no le viene del agua, sino desde el cielo.

¿Por qué el símil de la paloma? Esta ave puede remitir a la sencillez (Mt 10:16). El empleo más antiguo de este simbolismo se halla en la historia del diluvio, donde la paloma es mensajera de salvación para Noé, su familia y los animales. Que se haya introducido aquí la paloma por su vinculación con la paz es una especulación fantasiosa totalmente anacrónica.

La voz de Dios que proclama a Jesús como Hijo amado de Dios toma elementos de Isaías 42:1 (instalación del Siervo del Señor) y del Salmo 2:7 (representación del rey en Israel). Pero aquí el énfasis está colocado en la filiación divina, no en el carácter de Siervo sufriente. A su vez, la proclamación de la filiación divina de Jesús está vinculada con su misión de predicar el Evangelio.

En ocasiones, se ha postulado que el texto esté hablando de un “viento” de Dios en el sentido de una fuerza poderosa que impulsa a Jesús. Pero esto no hace justicia a los diversos significados del término usado aquí, pneuma en griego, en hebreo rúaj. Si bien también significa viento, aquí se refiere claramente al Espíritu de Dios y no a un “empoderamiento” psicológico con coraje y entusiasmo.

El cuadro conformado por Jesús, la voz del cielo o de Dios y el Espíritu nos hace pensar en la Trinidad. Afirmar que la doctrina de la Trinidad, que reconoce, confiesa, celebra y confía en el Dios Triuno (Trino y Uno) Padre, Hijo y Espíritu Santo, es una construcción filosófica posterior equivale a un desconocimiento rotundo del hecho de que la formulación y explicitación de esta doctrina es una elaboración sistemática de todos los datos que la Biblia (AT y NT) revela sobre Dios y su acción. Precisamente la escena del bautismo de Jesús contiene los “componentes,” si se quiere, de la Trinidad.

Con respecto a la brevísima mención de la tentación, solo diremos que algunos elementos del texto provienen de tradiciones veterotestamentarias, pero que la tentación por Satanás y la victoria de Jesús no tienen correlato en el AT. En todo caso, el texto invierte el tema tradicional de la tentación para ofrecer un paradigma para la vida cristiana: a diferencia del Israel en el desierto, que cayó en varias tentaciones en el desierto, Jesús en cambio, bautizado, consciente de su filiación divina y con la presencia del Espíritu Santo, resiste las tentaciones.

Mateo y Lucas, valiéndose del relato amplio de las tres tentaciones de Jesús que suministró la postulada Fuente de los Dichos, condensan en sus versiones de este relato todas las tentaciones que sufrirá Jesús a lo largo de su vida.

Una vez “preparado” por la confirmación de su filiación divina, y habiendo salido victorioso de la tentación, Jesús comienza su ministerio público de la proclamación del reino de Dios. El texto brinda un sumario de esa predicación: tiempo cumplido, Reino de Dios acercado, llamado al arrepentimiento y a creer en el Evangelio.

Rumbo a la Predicación

Ante un texto tan condensado y complejo con varios núcleos teológicos, no se ha de olvidar la primera de todas las sugerencias homiléticas: elegir para el sermón uno solo de los temas teológicos que contiene el texto. De ninguna manera es recomendable trabajar sobre varios, y menos aún cuando se trata de un texto tan denso en significados como el presente. He aquí los núcleos, cada uno de los cuales puede ser tomado como tema para un sermón:

  • La misión salvífica de Jesús: Dios Padre “autentica” y confirma con su Palabra y el Espíritu la misión de Jesús. Es de fundamental importancia la concepción trinitaria: la obra salvífica está en estrecha vinculación con la obra de Dios Creador y con la obra santificadora y formadora de comunidad del Espíritu Santo. PARA UN SERMÓN MEDITATIVO SOBRE ESTA OBRA.
  • La tentación de Jesús y su superación puede ser un paradigma para la realización de nuestra vida en medio de múltiples tentaciones. También hemos sido bautizados/as; Jesús nos convirtió en hijos e hijas de Dios y nos dio su Espíritu. Son los componentes con los que Jesús mismo contó para superar la tentación. Esto puede convertir nuestra vida en actualización de nuestro bautismo, lo cual a su vez nos compromete a una catequesis de por vida, acaso la única resistencia seria contra la secularización progresiva y el relativismo. PARA UN SERMÓN CATEQUÉTICO.
  • El inicio de la predicación de Jesús tiene un carácter paradigmático para nuestra propia predicación: Anunciamos que el tiempo se cumplió con Jesucristo y que en él y con él llegó el Reino de Dios; esto implica conversión y creer en el Evangelio. Este creer tiene una triple dimensión: tomar por cierto, confiar y ser fiel. PARA UN SERMÓN EVANGELÍSTICO.