< January 28, 2018 >

Comentario del San Marcos 1:21-28

 

Jesús ha venido a destruir los espíritus inmundos

21 Entraron en Capernaúm, y el sábado entró Jesús en la sinagoga y comenzó a enseñar.

22 Y se admiraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu impuro, que gritó:

24 —¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres:

X. El Santo de Dios.

25 Entonces Jesús lo reprendió, diciendo: —¡Cállate y sal de él!

26 Y el espíritu impuro, sacudiéndolo con violencia y dando un alarido, salió de él.

27 Todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: —¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus impuros, y lo obedecen?

28 Muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.

Después de considerar el texto me permito anotar palabras clave que, creo, se corresponden en la temática de cada sección del relato:

A. Capernaum – sábado – la sinagoga

B. Admiración – doctrina – autoridad – Escribas

C. Hombre – espíritu impuro – grito

D. Pregunta del espíritu inmundo: Jesús nazareno – destruirnos

X. El Santo de Dios

D’. Respuesta de Jesús: ¡Cállate y sal de él! (Orden)

C’. Espíritu impuro – alarido – él (hombre)

B’. Asombro – nueva doctrina – autoridad – espíritus impuros (obedecen)

A’. Toda la provincia – pronto – Galilea

El texto es muy abundante en recursos retóricos, por lo cual me limitaré a considerar apenas unos pocos para tratar de comprender la narración.

Desde ya, renuncio a entrar en un debate histórico-crítico respecto de considerar o no como “mito” las posesiones demoníacas en este (y otros) texto del evangelio de Marcos. Me parece que acá lo importante para quien narra este relato es lo “impuro” (akatharto en el original griego) de la persona que se manifiesta en el medio de un culto sinagogal.

Jesús, según las costumbres judías, entra a un poblado que le es propicio Capernaum (Galilea). En los evangelios, esta región del norte de Palestina tiene un sentido narratológico muy importante: es el lugar donde Jesús puede predicar con cierta libertad, sin poner en riesgo su vida y su proyecto. En oposición tenemos la ciudad de Jerusalén, el centro religioso del culto judío; ahí Jesús pasa sus peores momentos. Jerusalén es el lugar donde más peligro corre su vida. Ahí lo crucifican. Así, podemos comprender que, aun en los lugares donde Jesús encuentra refugio, hay espacios que le son adversos, por ejemplo “la sinagoga de ellos.” Las sinagogas, en los evangelios y particularmente en Marcos, son símbolo del templo de Jerusalén. Son un reducto de las estructuras jerosolimitanas en espacios cultural y religiosamente más abiertos, como era el caso de Galilea (para Jesús).

Marcos 1:21-28, por lo tanto, nos pone frente a una oposición fundamental: Jesús entra a un lugar estratégicamente propicio, pero encara el hecho de “enseñar” en un lugar adverso. Ese espacio es el lugar donde la “autoridad” la tienen los administradores de la religiosidad judía más “ortodoxa.” En la sinagoga, la instrucción rabínica era fundamental. Se leían las escrituras y se procedía acorde a la tradición: se recitaban, a manera de rosarios, las instrucciones de los rabinos que habían explicado los textos sagrados a través del tiempo. En ese sentido podemos suponer que había poca novedad en las piezas homiléticas de la mayoría de las sinagogas.

Hay un tema significativo que debe interesarnos al leer esta perícopa. Lo colocaré a manera de pregunta: ¿Por qué un hombre con “espíritu impuro” se encuentra en el medio de un culto sinagogal?

Al ser las sinagogas una “reproducción a escala” del templo de Jerusalén, la entrada a ellas estaba restringida. No cualquier persona podía entrar. El protocolo era sumamente claro; sólo podían ingresar al templo (y por lo tanto a las sinagogas) varones, judíos, mayores de edad y puros (sanos).

Seguramente que era muy difícil que en cada sinagoga hubiera guardias que controlaran el ingreso de las personas, pero la dimensión ética de la práctica judía resultaba una manera de auto-controlar(se) respecto de la situación ritual en que cada persona se encontraba. Si un hombre se sabía imposibilitado por alguna impureza, prefería cumplir con los protocolos que la religiosidad le exigía para poder acceder en forma correcta (y digna) a los espacios sagrados.

La pregunta sigue teniendo validez: ¿Cómo es que un hombre con espíritu inmundo se encuentra en medio de la ceremonia sinagogal?

En la narración que nos ocupa encontramos temas que se relacionan. Así como la mayonesa se relaciona con la mostaza en la torta o el emparedado, se relacionan: Capernaum – Galilea, doctrina – Nueva Doctrina, grito – alarido, etc. Si observamos con detenimiento estas correspondencias, en las líneas A, B, C y D encontramos elementos que se amplían o potencian en sus paralelos A’, B’, C’, D’; por ejemplo: Capernaum (en A) es sólo un pequeño poblado de toda un región que es Galilea (A’), o la “doctrina” rabínica tradicional en la sinagoga a la que entra Jesús (en B) se ve superada por la Nueva Doctrina de Jesús (B’).

Una respuesta a la pregunta que nos ocupa, por lo menos desde la perspectiva estructural, es la correspondencia tan significativa que existe entre “los escribas” del versículo 22 (B) y “los espíritus impuros” (en plural) del versículo 27 (B’). Parece, pues, que la relación de correspondencia que llega a magnificarse en estas líneas es la que se expresa así: los escribas = Espíritus inmundos.

Esto no quiere decir que se hable de los escribas como malos o inmundos, sino que se pone en cuestión la actividad que realizan.

¿Cuál era el trabajo de los escribas en tiempos de Jesús? Es ampliamente conocido que una buena parte de su tarea era la de ser “maestros de la ley,” es decir, instructores e intérpretes de la Torá (ley). Esto no quiere decir que esta tarea fuera sólo religiosa o ritual o, en el sentido más positivo, una cuestión pastoral. Trabajar con el conocimiento de la “ley” en sociedades generalmente analfabetas era una responsabilidad mayor. Cuando hablamos de leyes hablamos de justicia.  Es decir, un escriba era frecuentemente el administrador de la justicia. Hoy bien pudiera decirse que un escriba podía hacer de fiscal, defensor o juez, inclusive. Se hacía justicia y se interpretaba la ley según las conveniencias y los intereses de estos “maestros de la ley.”

Se puede decir que “la justicia” tenía precio en Judea. El mejor postor o la persona a quien más convenía beneficiar con la interpretación de las leyes eran quienes accedían a juicios justos. La acción de los escribas, entonces, servía para imponer sanciones o para beneficiar personas que necesitaban tener a las instituciones moralizantes de su lado. Quienes podían comprar la justicia, con dinero o componendas, necesitaban a “la autoridad” a su servicio.

Ahora bien, si la forma en que los escribas enseñaban y administraban justicia a la población y su “autoridad” era cuestionable, podemos comprender que un mensaje cargado de justicia y misericordia como el de Jesús despertara la incomodidad de quienes lo escuchaban. Esa “nueva doctrina,” esa nueva manera de enseñar, incomodaba a quien fuera que estuviera instalado en una inercia de repeticiones moralistas de la ley.

El “hombre con espíritu inmundo” podía ser cualquiera en aquella sinagoga… inclusive todos los que escucharon a Jesús. Aunque los escribas habían enseñado que la ley consistía en tradiciones inamovibles, ante la aparición de Jesús podían removerse, causar incomodidad o ponerse en cuestión en la conciencia de cualquiera las enseñanzas y costumbres más arraigadas respecto de lo que realmente significaba la justicia. Cuando Jesús ordena “Cállate y sal” plantea el desafío de buscar “el espíritu de la ley” más que la aplicación a modo de la “letra de la ley.”

Resulta relativamente fácil aplicar fórmulas moralistas ante casos de “violación a las leyes”: el efecto acción-reacción. Cuán difícil resultará, según el mensaje ético de Jesús, actuar según la circunstancia o la situación de cada caso y de cada persona frente a la justicia y misericordia que se corresponden con la gracia de un Dios que no es tirano (el de Jesús).

En nuestras comunidades de fe e incluso en nuestra vida común es mucho más fácil (o práctico) entrar en una inercia frente a lo que significa la justicia. Eso nos compromete menos y nos responsabiliza al mínimo porque no hay que esforzarse en realidad por buscar la justicia. Además esta actitud nos coloca en un lugar cómodo de jueces de los demás. Cuando Jesús remueve nuestros paradigmas mentales (o morales) y nos compromete a asumir responsabilidades frente a la justicia, entonces no podemos tornarnos en jueces sino en administradores de su gracia que justifica. Nos coloca justo frente al amor en su cruz (injusta cruz).

Jesús ha venido a destruir nuestros prejuicios injustos y nos da la posibilidad de nuevas enseñanzas. Una “nueva doctrina” basada en la empatía con todos los seres humanos, sobre todo con quienes más sufren, movilizándonos hacia relaciones de justicia como el espíritu correcto de la ley (y no como los escribas).

Jesús destruye así los espíritus inmundos que habitan en nosotros y nosotras.