< December 03, 2017 >

Comentario del San Marcos 13:24-37

 

Es curioso notar cómo hay un incremento de conversaciones sobre los últimos tiempos cuando experimentamos una ola de terremotos y huracanes en el mundo.

Como que los desastres naturales nos recuerdan lo transitorio del mundo actual y nos fuerzan a poner la vista y la esperanza en el mundo venidero. De manera similar, en los tiempos bíblicos los escritos apocalípticos del judaísmo del Segundo Templo empleaban señales cósmicas para apuntar a un futuro muy diferente a la realidad que entonces experimentaban.

Por ejemplo, el libro pseudoepígrafo La Asunción de Moisés (escrito alrededor del segundo siglo antes de Cristo) anuncia la aparición del Reino de Dios de esta manera: “Temblará la tierra, hasta sus confines será sacudida, y las altas montañas serán abatidas […]. El sol no dará luz y en tinieblas se tornarán los cuernos de la luna, se romperá y se convertirá toda en sangre” (AsMo 10:1, 4–5).1 Estas eran las imágenes típicas que los contemporáneos de Jesús habían escuchado de los escritos apocalípticos.

Cualquier persona judía del primer siglo fácilmente hubiera hecho las conexiones entre el discurso escatológico de Jesús (Marcos 13:1-37) y otros escritos apocalípticos de su era. En respuesta al deseo de conocer pistas que apuntaran hacia el fin (v. 4), Jesús anuncia la proliferación de falsos Cristos, guerras, terremotos y gran tribulación para el pueblo de Dios (vv. 5-23). Después, con paralelos obvios en libros apocalípticos como el mencionado antes, Jesús declara: “Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor” (v. 24). Nada de esto era recibido como escandaloso, pues se trataba del lenguaje típico de los escritos apocalípticos. Sin embargo, la frase “Hijo del hombre” que solía usar Jesús en referencia a sí mismo sí causaría escándalo.

Comenzando con el profeta Daniel, el título “hijo del hombre” apuntaba a una figura mesiánica que se revelaría en los últimos días. Daniel relata:

Miraba yo en la visión de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre; vino hasta el Anciano de días, y lo hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará; y su reino es uno que nunca será destruido (Daniel 7:13-14).

Sólo unos pocos días después de pronunciar el discurso que aquí comentamos, Jesús estaría frente a líderes religiosos del Sanedrín a quienes les declararía: “Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:62). ¡Qué manera más atrevida de apuntar a sí mismo con una aseveración mesiánica! El lector moderno o la lectora moderna pueden perderse el significado críptico de la declaración de Jesús, pero eso no les pasaba a los/as lectores/as originales. Ellos captaban esta afirmación de manera muy directa y entendían que lo que Jesús les decía a los líderes religiosos era lo siguiente: “¡Yo soy la figura mesiánica que esperan en el futuro!”

¿Será que así como en el primer siglo nuestros antepasados en la fe deseaban saber de la primera venida del Mesías, también hoy deseamos señales? Muchos de quienes tuvieron al Mesías debajo de sus propias narices no se dieron cuenta del día de su visitación (Lucas 19:44). Es importante notar que, a pesar de que en el primer siglo había gran expectación mesiánica y se conocían muchas palabras proféticas sobre el primer advenimiento del Hijo de Dios, nadie pudo descifrar con exactitud el día, la hora y el lugar de su venida. Necesitamos humildad escatológica para reconocer que antes del día de su segunda venida lo más importante es simplemente que vivamos en expectación de ella.

En tiempos en que falsos profetas pronostican el fin del mundo diciendo que Cristo viene el 23 de septiembre del 2017 y muchas personas, incluso en la iglesia, se alarman en vistas de un eclipse solar que produjo oscuridad y la señal de la luna sangrienta, se necesita más sabiduría detrás del púlpito. Por eso es aleccionador pensar en el modo de su primer advenimiento. Aunque sacerdotes y escribas tenían una buena pista del lugar donde nacería el Mesías (Mateo 2:4-6), nadie pudo poner en orden las profecías del Antiguo Testamento para planear una fiesta de bienvenida para Cristo. ¿Cómo puede ser, pues, que existan charlatanes hoy en día y, lo que es igual de alarmante, que otros les crean cuando aseguran conocer el día de la venida de Jesús?

Por eso, al comienzo de la temporada del adviento, es importante recordar el énfasis del mensaje profético de Jesús. En vez de estar preocupados por si la higuera (Israel) reverdece o no (vv. 28-31), nuestra atención debe enfocarse en estar listos/as para su venida.  De manera enfática Jesús declara: “Mirad, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo” (v. 33). Luego, después de contar una corta parábola del jefe que salió de viaje, vuelve a recalcar: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa” (v. 35). Y finalmente, por si todavía nos queda duda, Jesús ordena a sus discípulos de manera imperativa: “¡Velad!” (v. 37).

De manera muy significativa, es importante recordar que en realidad los últimos tiempos comenzaron con la primera venida del Mesías en su encarnación. El nacimiento de Jesús es el primer evento escatológico del tiempo del fin pues marca el inicio de la obra redentora en la cruz. Por eso, el mundo cristiano entiende la segunda venida de Cristo en base a la primera venida. El Dios que vino a habitar entre nosotros y nosotras para darnos redención es el mismo Cristo que esperamos. ¡Vivamos pues ansiando su segundo advenimiento y velando hasta su regreso!


Nota:

1. Vegas Montaner, Luis,. ed. y trad., “Testamento de Moisés,” Alejandro Diez Macho, ed. Apócrifos del Antiguo Testamento, vol. V (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1982), 227-40.