< November 05, 2017 >

Comentario del San Mateo 23:1-12

 

La Cátedra de Moisés… y la Verdadera Humildad

La interpretación de este pasaje puede ser un reto, aunque también puede ser un tesoro de posibilidades hermenéuticas y homiléticas. Por un lado, la primera impresión es que el pasaje puede ser leído como una confrontación directa con el judaísmo. Dado que el capítulo 23 de Mateo en su totalidad contiene algunas de las declaraciones más claras del evangelio condenando la hipocresía de los escribas y fariseos, el pasaje puede ser interpretado (de manera errónea desde mi punto de vista) como una confrontación directa entre Jesús (y la iglesia) por un lado, y los escribas y fariseos (y el judaísmo) por el otro. Sin embargo, una interpretación contextual del pasaje nos ofrece oportunidades para descubrir su riqueza y su pertinencia para el testimonio de las comunidades cristianas contemporáneas en diálogo con otras comunidades religiosas.

No cabe duda que el evangelio según san Mateo tiene una polémica contra ciertas prácticas religiosas de algunas comunidades judías de sus días, en especial contra las prácticas de líderes como los escribas, los fariseos y el grupo sacerdotal en Jerusalén. El evangelio da cuenta de varios conflictos entre Jesús y algunos de estos líderes judíos, entre los que se destacan los conflictos sobre la observancia del sábado (12:1-10), la costumbre de Jesús de asociarse con publicanos y pecadores (9:9-13), el divorcio (19:3-12), las tradiciones sobre el lavarse las manos antes de comer (15:1-20), y la autoridad de Jesús para actuar de la manera que lo hacía (21:23-27). También el evangelio pone en boca de Jesús declaraciones sobre la “hipocresía” de los escribas y fariseos (23:13-36) y contrasta la conducta de los discípulos al orar con la de “los hipócritas” que “aman el orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres” (6:5).

Estos pasajes pueden dar la mala impresión de que todos los escribas y fariseos eran hipócritas, de conducta deplorable, y más preocupados por detalles arbitrarios que por el bienestar y la justicia. Si bien Jesús tenía razón al formular esta acusación contra algunos de los escribas y fariseos de su época, también es cierto que muchos fariseos y escribas eran personas muy piadosas, celosas de su fe, diligentes en su ética para con sus semejantes, y muy bien intencionadas en su interpretación de sus tradiciones y confesión de fe. La misma acusación de hipocresía también puede ser hecha cada día contra algunos líderes de las iglesias cristianas, y esto no necesariamente tiene que traducirse en una acusación contra cada creyente en particular, y mucho menos contra la cristiandad en general. No podemos tomar las palabras de Jesús en Mateo como una sentencia generalizada contra cada uno de los judíos, ni contra el judaísmo en general.

El pasaje que nos corresponde comentar (Mateo 23:1-12) es la primera parte de un discurso que Jesús dirige “a la gente y a sus discípulos.” Es, pues, un discurso público, y debe entenderse no tanto como una diatriba vitriólica dirigida contra un grupo en particular, sino como una advertencia a toda la audiencia acerca de determinadas conductas deplorables. El discurso también puede considerarse como una invitación a la introspección para discernir la conducta adecuada (y su motivación) que sería afirmada y apoyada por Jesús.

Estos versos del evangelio de Mateo hacen alusión a una serie de detalles que representan símbolos culturales y religiosos del judaísmo del tiempo del segundo templo, cuyos significados nos pueden ayudar a entender el mensaje del evangelio y su contexto socio-cultural. Es pertinente señalar los aspectos más sobresalientes:

A) “Cátedra de Moisés” (v. 2): Es muy probable que esta frase se refiera a una silla en un lugar sobresaliente reservada para el líder de la sinagoga en algunas sinagogas antiguas. En la antigüedad los maestros enseñaban sentados; de ahí la palabra castellana “catedrático.”

B) “Ensanchan sus filacterias” (v. 5): Se refiere a unas cajitas que se ataban en la frente y el brazo izquierdo a la hora de la oración en obediencia a la ley (Ex 13:9, 16 y Dt 6:8; 11:18). Al ensancharlas, mostraban ostentación religiosa.

C) “Extienden los flecos de sus mantos” (v. 5; véase también 9:20): La palabra que se traduce como “los flecos de sus mantos” es kraspeda en el original griego. Eran borlas cosidas en las cuatro puntas del manto en señal de devoción (Nm 15:38; Dt 22:12). Jesús cumplía con esta prescripción de la ley y por eso en Mt 9:20 se utiliza la misma palabra griega para referirse al “borde” del manto de Jesús que la mujer enferma tocó para ser sanada.

D) “Los primeros asientos en las cenas, las primeras sillas en las sinagogas” (v. 6): Se refiere a la costumbre en la antigüedad de asignar los asientos en las cenas y en las sinagogas según el prestigio y el honor de quienes los ocuparían.

E) “Rabí, Rabí” (v. 7): Título de honor como “mi maestro” o “mi señor.” En Mt 26:25 la palabra traducida como “maestro” es esta misma palabra rabbi en griego (utilizada también en Mc 9:5 y 10:51, entre otros).

Estos cinco ejemplos apuntan hacia la ostentación hipócrita de elementos externos realizada con la intención de ser reconocido, tratado con preferencia, y disfrutar de privilegios. Las obras, aunque puedan ser buenas en sí mismas, se convierten en vicios engañosos cuando son hechas “para ser vistos” por la gente (v. 5). Tal como las limosnas podían ser excusas para recibir alabanzas en lugar de ser instrumentos de solidaridad y ayuda a la persona necesitada (Mt 6:2), y tal como la oración podía ser una excusa “para ser vistos” por la gente en lugar de ser una súplica a Dios (Mt 6:5), la hipocresía de los escribas y fariseos denunciada por Jesús en nuestro texto para este domingo desnudaba la intención de dar prioridad a la fama, el honor y el prestigio a expensas de la justicia, la paz y la misericordia.

Como solución a este mal, el evangelio ofrece la alternativa de la verdadera humildad: la aceptación de que los títulos y los beneficios derivados de los mismos no representan el verdadero valor del ser humano. Es la humildad que acepta la fragilidad de la existencia, la vulnerabilidad de nuestras aparentes seguridades, y la verdad de que nuestra fe y religión no descansan en apariencias sino en la disposición del corazón, por la gracia de Dios. Después de todo, si en algo se quiere recibir alabanzas, recibámoslas por la humildad, porque sólo “el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 12).