< October 29, 2017 >

Comentario del San Mateo 22:34-46

 

La fuente principal de este pasaje de Mateo es el evangelio de Marcos.

En Marcos 12:28-37, la historia se desarrolla, no como un enfrentamiento, sino como una oportunidad pedagógica entre Jesús y sus oyentes. En nuestro texto de Mateo, en cambio, el pasaje es presentado como la parte final de una serie de confrontaciones y pruebas con las que Jesús es desafiado por sus adversarios. Estos ya han decidido matarlo (Mt 12:14) y ahora, entre sus últimas tramas, están haciendo todo lo posible para poner en duda su autoridad como maestro. Jesús refuta de manera sorprendente cada una de las pruebas a las que es sometido, demostrando no solamente que conoce muy bien la Ley, sino también que es quien está mejor capacitado para interpretarla.

Según Mateo, Jesús es el mejor maestro y quien mejor conoce la Ley. Lo importante no es el ejercicio intelectual o de memoria para aprenderse el orden o la prioridad de las más de 613 leyes presentes en la Escritura. Mateo propone que la capacidad de interpretar las Escrituras y el estatus de experto no recae en quien conoce las leyes de manera minuciosa, sino en quien ama al prójimo. Para Mateo, el amor al prójimo e incluso el amor a los enemigos (5:21-48), es la llave hermenéutica para comprender la revelación de Dios, tanto en la Ley como en los Profetas,1 y ahora también en Jesucristo.

En pasajes anteriores, Jesús ha enseñado a sus discípulos la importancia de amar también a los enemigos. Los fariseos, al no amar a Jesús, y al poner tropiezos y trampas en su camino, quedan imposibilitados, no solo de ser discípulos de Jesús, sino de interpretar correctamente la Ley de Dios y los Profetas.

Para Jesús, el amor y el conocimiento de Dios y su poder están ligados inseparablemente con el amor al prójimo (véase 1 Juan 4:19-21). No es suficiente conocer la Ley y los Profetas para poder decir que se conoce bien a Dios.

Ahora Jesús les hace a los fariseos una pregunta: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?” (v. 42).

Según Eugene Boring, para Marcos el título “Hijo de David” estaba demasiado asociado con la violencia, las conquistas militares y el reino de este mundo, pero Mateo lo incorpora positivamente como el título correcto para Jesús.2 En este evangelio, el reinado del Hijo de David no es símbolo de violencia, sino que está basado en el amor al prójimo como expresión del amor al Dios del cielo y de la tierra. 

Los últimos versículos de este pasaje corresponden a un último esfuerzo por parte de Mateo de poner en duda la habilidad de los fariseos de ser buenos intérpretes de la Escritura. Al no saber cómo responder la pregunta de Jesús, quedan una vez más desarmados ante la autoridad de Jesús, Hijo y Señor de David. 

Implicaciones para nuestros días

Un día un hombre me encontró en la calle, vendiendo salchichas con otras mujeres de la iglesia. Estábamos recaudando fondos para una organización comunitaria que el hombre conocía y que había utilizado. Sabiendo que soy pastora, se acercó a mí y me dijo con rechazo: “Pastora, ¿usted no sabe que la Biblia dice que no se debe comer cerdo?” Sorprendida por su abordaje, noté su barba afeitada y le dije: “Es verdad, hermano, y entre esas leyes hay otra que dice que los hombres no deben cortarse la barba” (véase Lv 19:27). “Esa no me la sabía,” contestó visiblemente retado. Y así como vino, se fue, sin decir más nada.

Los judíos no guardaban solamente los 10 mandamientos. Aparte de los 10 (no se sabe si el listado de los 10 constituye un esfuerzo de resumir todos los demás), existían 613, repartidos en 365 mandamientos negativos (o prohibiciones) y 248 acciones positivas que se debían realizar. Si uno cree que la fidelidad a Dios depende de obedecer todas las leyes hasta en los menores detalles, pocos/as se salvarían de ser juzgados/as. Sin embargo, Jesús nos libera de este cumplimiento estricto de todas y cada una de las leyes, y las resume en dos que para él están íntimamente relacionadas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Dt 6:5), y “a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19:18).

Si el hermano se hubiera acercado con amor y mayor libertad a nuestra mesa, podría haber dicho tranquilamente: “No puedo comprar lo que ofrecen porque mi fe no me permite comer cerdo; pero aquí está mi contribución para la causa.” 

Dado que el amor al prójimo e incluso el amor a nuestros enemigos es la llave hermenéutica para interpretar correctamente las Escrituras, el pueblo de Dios debe hacer todo lo posible por crear un balance entre el tiempo que pasa estudiando las Escrituras y el tiempo que pasa acercándose al prójimo.

Como decía la Rvda. Denise Anderson en una reunión de pastores/as preocupados/as por la disminución de la membresía de la iglesia: “Las iglesias deben buscar ser huéspedes antes que anfitrionas.” Debemos salir de nuestras paredes y dejarnos conmover y retar por las realidades sociales, políticas, económicas y ecológicas de nuestro tiempo, si de verdad queremos encontrar la buena nueva de Cristo y nuestra vocación de ser iglesia.

Semanas antes de ser ordenada tuve una noche un sueño. Me encontraba frente a una congregación llena de latinos, latinas, anglos, pastores y pastoras; estaba parada frente al púlpito, lista para compartir el sermón. Las hojas estaban bien ordenadas, con sus números del 1 al 9. De repente, de mi izquierda sopla un viento y se lleva consigo gran parte de las hojas, las cuales caen sobre la comunidad latina que había venido a escucharme. Al tratar de recogerlas para dar el sermón, las cuento y veo que faltan algunas. Miro a la congregación y noto que algunas habían sido convertidas en pelotas; otras yacían entre periódicos por el suelo. Poco después, la gente latina comenzó a salir de la iglesia, alegre y llevándose consigo las hojas del sermón. Yo me quedé sin palabras, sin saber qué predicar.

Estoy segura de que como pastores y pastoras muchas veces nos hemos encontrado mudos ante ciertas situaciones. Descubrimos que dejan de servirnos los sermones y las interpretaciones escritas de antemano en que habíamos puesto nuestra confianza. Cuando llega la crisis, somos retados/as a salir a la calle para encontrar las buenas nuevas de manera renovada. Aunque sea doloroso y nos haga sentir incómodos, acercarnos al prójimo y a todas las personas que hemos aprendido a rechazar como enemigas, es un proceso necesario para comprender las buenas nuevas. En este acercamiento al prójimo podremos ser testigos del poder de Dios, amar como Dios quiere ser amado y comprender mejor su palabra.


Notas:

1. Boring, M. Eugene, y Pheme Perkins, The New Interpreter's Bible: General Articles on the New Testament, the Gospel of Matthew, the Gospel of Mark. Vol. Eight (Nashville, Tenn.: Abingdon, 1995), 425

2. Ibid., 426.