< September 17, 2017 >

Comentario del San Mateo 18:21-35

 

El pasaje de hoy es la conclusión del cuarto de los cinco grandes discursos del evangelio según San Mateo.

Como tal, es conveniente recordar que la interpretación de esta sección se beneficia grandemente si mantenemos el diálogo con el contexto de todo el discurso. El evangelio ha agrupado una serie de enseñanzas de Jesús en la forma de discursos del Señor como instrumentos de enseñanza para toda la comunidad. Los cinco grandes discursos de Mateo son: 1) El sermón del monte (5:1-7:27); 2) El discurso de instrucciones a los apóstoles (10:1-42), 3) El discurso de las parábolas del reino (13:1-52); 4) El discurso sobre la vida y disciplina en la iglesia (18:3–35); y 5) El discurso escatológico (24:4-25:46). Cada uno de estos discursos concluye con una fórmula literaria semejante: “cuando terminó Jesús estas palabras...” (7:28; 11:1; 13:53; 19:1; 26:1).

La sección comienza con una pregunta doble de Pedro: “¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (v. 21b). La pregunta tiene sentido dado que Jesús se había referido en los versos anteriores a cómo debía ser el proceso de resolver el conflicto con personas que faltaban a la ética y que atentaba contra la cohesión de la vida comunitaria. La persona debía ser amonestada en privado, luego ante testigos (si lo anterior no producía el resultado esperado), frente a toda la iglesia, y, si no respondía de manera adecuada, debía ser expulsada de la comunidad. Jesús estaba describiendo el proceso a seguir con una persona obstinada. Sin embargo, existía la posibilidad de que la persona respondiera de manera satisfactoria. Si esto fuera así, ¿cuál es el límite de oportunidades que se le puede ofrecer a una persona si falla más de una, dos, o tres veces? En este contexto la pregunta de Pedro tiene mucho sentido: ¿cuántas veces perdonaré...?

La respuesta de Jesús es sorprendente: “no te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.” A primera vista parece una cuestión de matemáticas. En las escrituras hebreas existe el antecedente de limitar el perdón a tres ofensas. En los primeros dos capítulos del libro del profeta Amós se repite ocho veces la frase “por tres pecados de..., y por el cuarto, no revocaré su castigo” (1:3, 6, 9, 11, 13; 2:1, 4, 6) dando la impresión de que tres pecados representaban el límite. Además, es importante no pasar por alto el contexto de la declaración de Jesús a Pedro. Esta sección sobre el perdón ha sido utilizada en la tarea pastoral con la perspectiva legalista de que todas las personas deben estar dispuestas a perdonar siempre. Este número para el perdón contrasta con el mismo número utilizado por Lamec para expresar su venganza (Gn 4:16-24). Sin embargo, el contexto literario en Mateo requiere que el perdón sea entendido como parte del proceso de la disciplina y la reconciliación. No es perdón gratuito a quien sin consideración alguna lleva a cabo una conducta abusiva y destructiva. El perdón debe ser ofrecido en el marco de un proceso de reconciliación, solidaridad y responsabilidad mutua, tanto individual como comunitaria.

En los versos 23-34, el evangelio ilustra el significado de la respuesta de Jesús por medio de una parábola. Si por un lado algunas personas están dispuestas a perdonar aun en situaciones destructivas (como podría ser el caso si se perdonara a la persona que no se arrepiente después de haber sido amonestada siguiendo las instrucciones de Mateo 18:15-17), la parábola del siervo que no quiso perdonar advierte sobre las consecuencias para las personas que no están dispuestas a perdonar. La parábola compara la misericordia inmensa del rey que estuvo dispuesto a perdonar la deuda de diez mil talentos a un siervo con la falta de misericordia del mismo siervo contra un deudor que le debía cien denarios. Mientras un talento equivale al salario de quince años de trabajo, un denario equivale al salario de tres meses. La suma exorbitante es una exageración parabólica para ilustrar no tanto la cantidad de la deuda sino la imposibilidad de ser pagada. Ante la petición de clemencia y paciencia, el rey no sólo le concedió lo que pidió, sino que “le perdonó la deuda” (v. 27).

La severidad del siervo perdonado puede verse en su falta de misericordia con otro siervo que le debía dinero. El segundo siervo debía mucho menos; una deuda insignificante en comparación con la deuda que se le había perdonado originalmente. Tanto la queja indignada de los consiervos al señor acerca de la severidad del perdonado como la consiguiente reacción del señor son más que comprensibles. La expectativa es que el perdonado esté dispuesto a perdonar.

Pero la declaración final del pasaje plantea el tema del perdón no tanto dentro de la categoría matemática cuantitativa (siete veces versus setenta veces siete) sino en una expresión cualitativa. Lo importante no es el número de veces que la persona es perdonada, sino cómo se ofrece el perdón. La atención de la historia ya no se enfoca en la persona que ofende, sino en la persona que perdona. El perdón (no importa cuántas veces se ofrezca) debe ser “de todo corazón” (v. 35). No es un perdón superficial que esconde un sentido de tolerancia a la maldad, ni un perdón que se ofrece bajo una espiritualidad arrogante que oculta un deseo de auto-satisfacción al sentirse superior al perdonado. El perdón en una comunidad de reconciliación requiere un cambio profundo de actitud de parte de quien perdona, y una reevaluación de los valores y motivaciones ocultas.

En una sociedad marcada por divisiones, donde las emociones y la indignación pueden dominar las voluntades y llevar a la práctica de una conducta destructiva, la iglesia debe recordar que el perdón no se ofrece pródigamente sin esperar un cambio de conducta y la aceptación de la responsabilidad de parte de la persona que ofende. En esa misma sociedad, la iglesia está llamada a ser ejemplo de perdón reconciliador, con justicia, y con misericordia. La iglesia es modelo del evangelio cuando ofrece el perdón reconciliador “de todo corazón.”