Décimo domingo después de Pentecostés

La multiplicación de la compasión

 

photo of hands breaking bread
Photo by Karolina Grabowska on Unsplash; licensed under CC0.

August 2, 2026

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Comentario del San Mateo 14:13-21



Aparte de la resurrección, la alimentación de los miles es el único milagro registrado en los cuatro evangelios. Si consideramos la gran cantidad de milagros atribuidos a Jesús, el hecho de que este relato haya sido preservado por los cuatro evangelistas revela la importancia que tuvo para la iglesia primitiva. Los temas que atraviesan esta narración son demasiado numerosos para abordarlos en el espacio limitado de este comentario. Me centraré, por tanto, en tres aspectos: la compasión de Jesús por las multitudes, el papel de los discípulos en el milagro y la centralidad de la mesa como signo de unidad.

La palabra griega en el v. 14 traducida como “tener compasión” (splanchnizomai) comunica mucho más de lo que la mayoría de las traducciones pueden expresar. El verbo hace referencia, literalmente, a ser conmovido en las entrañas; es decir, a experimentar una compasión tan profunda que se siente en lo más íntimo del ser. No se trata de lástima ni de simple simpatía. Es una profunda preocupación por la otra persona que nos sacude, que no nos permite permanecer indiferentes y que nos impulsa a actuar en favor de quien sufre. Mateo utiliza este verbo en varias ocasiones, reservándolo para momentos que revelan el corazón de Dios. La compasión, entonces, no es simplemente una emoción de Jesús; es una característica esencial del reinado de Dios.

Movido por esa compasión, Jesús pasa el resto del día sanando a los enfermos entre la multitud, hasta el punto de que parece perder noción del tiempo. Finalmente, los discípulos se acercan para plantearle la necesidad de alimentar a la gente. Su preocupación se hace evidente en el verbo “acercarse” (v. 15), un término que Mateo utiliza con frecuencia para describir a quienes se aproximan a Jesús con alguna inquietud o necesidad. Sin duda, los discípulos están preocupados por la multitud, aunque no de la misma manera que Jesús. Quizás impulsados por su propio cansancio—después de todo, ellos mismos se dirigían a un lugar apartado para descansar cuando la multitud encontró a Jesús—y también por su hambre, desean despedir a la gente para que vaya a las aldeas cercanas a comprar alimento. Y entonces Jesús cambia el enfoque y les transfiere la responsabilidad.

La afirmación de Jesús de que la multitud no tiene necesidad de irse sugiere que su obra entre ellos aún no ha terminado. En lugar de despedir a la gente, Jesús les encomienda a los discípulos una tarea: “dadles vosotros de comer” (v. 16).

Detengámonos un momento para considerar quiénes conformaban esta multitud que despierta una compasión tan profunda en Jesús. Muy probablemente eran familias con escasos recursos, atrapadas en un sistema de opresión que favorecía a los ricos mientras imponía cargas cada vez más pesadas sobre los pobres. La preocupación de Jesús no surge simplemente porque les resultaría difícil encontrar alimento en los alrededores. Lo más probable es que muchos ni siquiera contaran con los recursos para comprar comida, aun si esta estuviera disponible. Jesús invita, por tanto, a sus discípulos a participar de su compasión; a dejarse conmover por las necesidades de los demás y responder con acciones concretas. “¡Dadles vosotros de comer!”

Sin embargo, este mandato no llega sin la provisión de Jesús. Abrumados por la magnitud de la necesidad, los discípulos responden que apenas cuentan con cinco panes y dos peces. Cuando Jesús les pide que se los traigan, me imagino que lo hacen con algo de confusión. ¿Qué podría hacer Jesús con tan poco? Entonces sucede lo imposible. No solo hay suficiente alimento para que todas las personas coman hasta quedar satisfechas, sino que además sobran canastas llenas. En un gesto que evoca el maná en el desierto, Jesús provee abundantemente para el pueblo.

La misma invitación resuena en nuestros días. En los Estados Unidos, más de 47 millones de personas viven en situación de inseguridad alimentaria. Aunque las causas son múltiples y complejas, la realidad es que millones de personas se acuestan con hambre cada noche. “¡Dadles vosotros de comer!” continúa resonando en nuestras comunidades. Como iglesia, estamos llamados/as a cultivar la misma compasión profunda que llevó a Jesús a dejar de lado su propio duelo y agotamiento para atender las necesidades de los demás. Estamos llamados a ver a las multitudes, a dejarnos conmover y a responder, confiando en que incluso nuestros escasos recursos, puestos en las manos de Dios, pueden llegar a ser más que suficientes para todos/as, si estamos dispuestos a compartir lo que tenemos. Este milagro no se trata de multiplicar pan, sino de multiplicar la compasión. El pan se convierte en la expresión tangible de una compasión que primero brota del corazón de Jesús y luego es confiada a sus discípulos/as.

La alimentación de las multitudes también señala otra verdad significativa para la iglesia de hoy. En el mundo mediterráneo del primer siglo, compartir la mesa era un símbolo profundo de amistad, intimidad y unidad. A lo largo de su ministerio, Jesús practicó una hospitalidad radical en torno a la mesa, una hospitalidad que tanto encarnaba como redefinía el reinado de Dios.

Esta visión nos llama a ir más allá de los bancos de alimentos y las despensas comunitarias, por indispensables que estos ministerios sean. Jesús nos invita no solo a alimentar a quienes tienen hambre, sino a compartir la mesa con ellos/as; a cultivar relaciones en lugar de simplemente ofrecer asistencia. En el mundo antiguo, quienes compartían una comida eran considerados/as personas de igual condición. Al sentarse a la mesa con la multitud, Jesús se identifica con quienes viven en los márgenes, afirma su dignidad y proclama su pleno lugar en el reinado de Dios.

La comida compartida, entonces, se convierte en mucho más que la satisfacción del hambre física. Es un signo visible de que toda persona es bienvenida, valorada y digna de un lugar en la mesa de Dios. Así es el reinado de Dios: un reino donde la compasión conduce no solo a la provisión, sino también a la pertenencia.

El milagro de la alimentación de las multitudes no se trata simplemente de pan. Se trata de la clase de comunidad que es parte del reino de Dios. Jesús mira a las multitudes con compasión, invita a sus discípulos/as a participar de esa misma compasión y reúne a todos/as alrededor de una mesa común donde hay suficiente para todos/as. La iglesia está llamada a hacer lo mismo. Estamos invitados/as a mirar al mundo con los ojos compasivos de Cristo, a poner nuestros recursos—por insuficientes que parezcan—en las manos de Dios y a crear comunidades donde todas las personas sean acogidas con dignidad, alimentadas con abundancia y recordadas de que tienen un lugar en la mesa de Dios.

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Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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