Noveno domingo después de Pentecostés

Lo que Dios sí exige de sus seguidores/as

photo of bread dough rising
Photo by Claudia Stucki on Unsplash; licensed under CC0.

July 26, 2026

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Comentario del San Mateo 13:31-33, 44-52



Mateo 13 contiene una serie de parábolas sobre el reino de Dios. Jesús narra ocho parábolas, cada una de las cuales revela algo sobre el reino de los cielos, la expresión que Mateo prefiere para referirse al reino de Dios. Para comprender las parábolas en nuestro texto, primero debemos considerar su contexto.

El contexto histórico y político nos recuerda que cuando Jesús hablaba de reinos, lo hacía bajo el dominio del Imperio Romano. Jerusalén vivía bajo ocupación romana. Hablar de otro reino era subversivo y peligroso.

El contexto literario—el material que precede a nuestro pasaje—incluye dos parábolas sobre la misteriosa obra de Dios en el mundo: la parábola del sembrador y la parábola del trigo y la cizaña. Si bien estas dos parábolas no forman parte del texto de hoy, son esenciales para comprender las cinco que siguen.

El sembrador, indiscriminado, generoso, extravagante y casi despreocupado, esparce la semilla por doquier, en todo tipo de tierra, sin importarle cómo será recibida. Al reflexionar sobre las cinco parábolas restantes, debemos tener presente esta imagen de Dios. Consideremos esta pregunta: ¿Por qué Dios siembra semillas en lugares donde parece improbable que florezcan? ¿Qué revela esta siembra tan generosa sobre el carácter de Dios?

La parábola del trigo y la cizaña describe asimismo la obra de Dios en el mundo. Mientras los trabajadores duermen, un enemigo siembra cizaña en el campo de un hombre. Los trabajadores enseguida quieren solucionar el problema: “¡Arrancaremos la cizaña!” Pero el dueño les dice que dejen el campo en paz. La tarea de separar el trigo de la cizaña no corresponde a los siervos, sino a los ángeles en la cosecha.

En conjunto, estas dos parábolas establecen un punto teológico importante. Sembrar la semilla es obra de Dios. Separar el trigo de la cizaña también lo es. Jesús aclara nuestro papel—y, de igual importancia, el papel que no nos corresponde—en el reino de Dios. Las siguientes cinco parábolas relatan lo que Dios sí exige de sus seguidores/as.

De una u otra forma, cada una de las parábolas restantes contiene un elemento de misterio. Sucede algo invisible, algo inesperado para quienes escuchan, algo inexplicable o que desafía las expectativas del mundo. En conjunto, estas cinco parábolas hablan de una semilla diminuta, subversiva y discreta; de una levadura oculta; de un descubrimiento inesperado que transforma la vida, junto con un hallazgo intencional pero igualmente trascendental; y de una red indiscriminada. ¿Qué revela cada una de estas imágenes sobre el reino de Dios?

La pequeña semilla de mostaza (vv. 31–32) crece hasta convertirse en un gran árbol donde los pájaros encuentran refugio. Un rasgo clave de la parábola—y la razón por la que describo la semilla como subversiva—es el sorprendente contraste entre su insignificante tamaño y el magnífico árbol en que se transforma. Aunque el texto no lo dice explícitamente, podemos suponer que alguien cuida la semilla mientras crece, regándola y tal vez incluso fertilizándola. Sin embargo, estas acciones no son ni dramáticas ni espectaculares. Son actos sencillos y cotidianos: plantar una semilla, cuidarla, esperar y observarla crecer.

A menudo nos sentimos atraídos por los grandes momentos: el evento al que asisten cientos de personas, la generosa donación que hace posible la construcción de un hermoso santuario, la iniciativa viral que parece cambiarlo todo. Sin embargo, Jesús nos recuerda que rara vez es así como avanza el reino de Dios. La obra del reino de Dios a menudo comienza con pequeños actos de fidelidad, casi imperceptibles.

¿Qué hay de ese simple gesto de bondad que cambió el rumbo de la vida de alguien? ¿La comida compartida con un vecino que sufría de soledad? ¿La oferta de cuidar a los hijos de una madre soltera para que pudiera descansar una noche? Puede que parezcan pequeñas semillas. Sin embargo, en las manos de Dios, dan frutos mucho más allá de lo que podemos imaginar. No pasemos por alto las pequeñas semillas.

La parábola de la levadura (v. 33) es igualmente impactante. Contiene varios elementos que desafían las expectativas. En primer lugar, Jesús incluye a una mujer en su descripción del reino de Dios. Este detalle, por sí solo, resulta contracultural. Dadas las expectativas políticas y militares de Israel, el lenguaje del reino no solía incluir a las mujeres. Sin embargo, aquí está ella, trabajando discretamente la levadura en la harina (que simboliza el mundo), transformándola desde dentro.

El segundo detalle importante es el verbo griego que Mateo usa para describir lo que la mujer hace con la levadura: egkruptó (del cual deriva la palabra “encriptado”). Literalmente, la mujer esconde la levadura en la harina. Una vez más, el lenguaje sugiere algo subversivo. En pleno Imperio Romano, la mujer participa secretamente en un acto de transformación del mundo.

Un tercer detalle sorprendente es la cantidad de harina que utiliza. Tres medidas de harina era una cantidad desmesurada; un comentarista estima que con ella se podrían hacer casi cincuenta kilos de pan. La generosidad de la mujer al trabajar con semejante cantidad de harina se asemeja a la generosidad desmesurada del sembrador al esparcir la semilla. En ambas parábolas, el reino de Dios se caracteriza por la abundancia, no por la escasez.

Las siguientes dos parábolas están estrechamente relacionadas. En ambas, alguien descubre algo de valor incalculable y sacrifica todo para obtenerlo. En el v. 44, el descubrimiento es inesperado. Una persona encuentra un tesoro escondido y reconoce de inmediato su valor incomparable. En el v. 45, sin embargo, el mercader anda buscando intencionalmente perlas finas. Cuando encuentra la perla de gran valor, también él vende todo lo que posee para conseguirla.

Ya sea que el descubrimiento sea inesperado o resultado de una búsqueda de toda la vida, la respuesta es la misma: todo lo demás pasa a un segundo plano. El tesoro y la perla representan el valor incalculable del reino de Dios revelado en Jesús. Encontrarse con ese reino es descubrir una realidad tan impactante que reorienta las prioridades, transforma la identidad y cambia el rumbo de la vida.

El capítulo comienza con dos parábolas que nos recuerdan la misteriosa e inesperada actividad de Dios en el mundo. No siempre comprenderemos—ni siquiera sabremos—cuándo y dónde obra Dios. Sin embargo, Jesús nos invita a unirnos a Dios con humildad, perseverancia y, a veces, de maneras poco convencionales, confiando en que su reino ya se está manifestando en el mundo. Nuestra tarea no es controlar su crecimiento ni determinar su resultado, sino sembrar con fidelidad las pequeñas semillas, incorporar con paciencia la discreta levadura a la harina, reconocer el valor incomparable del reino de Dios, y confiarle la cosecha.

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Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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