La víspera de Navidad: Natividad de Nuestro Señor

Necesitamos oírlo una vez más

black and white photo of a Christmas parade
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December 24, 2025

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Comentario del San Lucas 2:1-14, (15-20)



Como cada año, llega el tiempo de leer, releer y volver a contarnos el relato de Navidad. Necesitamos repetirlo y a la vez descubrirlo, sabiendo que el evento que queremos comunicar nos excede. Como personas herederas de una tradición tenemos la tarea amorosa que nos desafía: recibir y anunciar algo que es mucho más antiguo, más grande y más poderoso que nosotras y nosotros mismos.

Quien compone el Evangelio de Lucas tiene un propósito manifiesto: investigar diligentemente todas las cosas, desde su origen, exactamente y en orden, a fin de darnos a conocer la verdad (Lc 1:1–4). Anoto “darnos” a conocer, porque el texto de Lucas es para todas las Teófilas y los Teófilos que lo recibimos a través de los siglos. Y hoy encontramos nuevamente las buenas nuevas acerca del Salvador (sotér), Cristo (Xristós) el Señor (kúrios), a partir del pasaje en que se nos relata su nacimiento.

Para comenzar a pensar

Para el texto de Lucas es fundamental dar testimonio de que el Salvador, Cristo el Señor, nació, vivió y murió como un ser humano. Su relato necesita un marco histórico de principio a fin y por eso los detalles sobre el nacimiento son fundamentales.

Ubicar a José y María en Belén es necesario para que se cumpla lo anunciado en las Escrituras acerca de la proveniencia del Mesías de Israel (ver Miq 5:2). El relato de nacimiento asegura la identificación del niño: nace en Belén porque José, su padre, es de la familia y casa de David; al nacer en la ciudad de David, perteneciendo a su familia, es asociado con la figura del Mesías esperado.

Podríamos considerar que Lucas 2:1–20 se estructura en dos bloques principales.

En los vv. 1–7 se desarrollan acontecimientos terrenales.

Un edicto imperial ordena un censo de población. José con su prometida María, que está encinta, deben desplazarse de Nazaret de Galilea a Belén de Judá, por pertenecer José a la familia y casa de David.

Llega el momento del parto y el niño nace en Belén. Su madre lo envuelve en pañales y lo coloca en un pesebre, ya que no tienen otro lugar donde estar.

En los vv. 8–20 se despliegan acciones celestiales, que contienen un anuncio angélico (vv. 8–14) y un testimonio humano (vv. 15–20).

En plena noche un grupo de pastores es aterrorizado por la irrupción de un anuncio divino. Un ángel les comunica una buena noticia para ellos y para el pueblo: “Os ha nacido hoy… un Salvador, que es Cristo el Señor.” Esto ha sucedido en la ciudad de David, donde podrán identificar al niño por el hecho de que está envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Al mensajero se le suman las huestes celestiales, que dan gloria a Dios a la vez que anuncian paz en la tierra y buena voluntad hacia los seres humanos.

Los pastores van a Belén, encuentran efectivamente al niño en el pesebre junto a su madre y su padre. Allí, cuentan lo que se les ha comunicado sobre el niño, dejando maravilladas a todas las personas.

Los pastores regresan dando gloria a Dios por haber visto lo que se les había anunciado.

Algunos temas a tener en cuenta

Lucas desarrolla su narración del nacimiento presentando un relato paralelo de los “acontecimientos terrenales” y las “acciones celestiales” que se superponen. Los primeros dan cuenta de un contexto histórico y tienen como motor principal al Imperio Romano; las segundas provienen de Dios.

Los edictos del imperio son comunicados a través de heraldos que hacen llegar las palabras del propio emperador a una audiencia lo más amplia posible, tanto en Roma como en las poblaciones de las provincias.

A través del edicto sobre el censo, el emperador Augusto demuestra su capacidad política para mandar, instruir y hacer cumplir sus ordenanzas a “todo el mundo” (v. 1), proyectando una imagen todopoderosa de sí mismo.

El propósito de registrar a todas las personas que habitan el vasto imperio responde a razones políticas y económicas: control poblacional y recaudación de impuestos.

Las huestes romanas aseguran el orden y el cumplimiento de los mandatos del emperador en los territorios del imperio, manteniendo la pax por la fuerza de las armas.

Paralelamente

El anuncio divino, que trae noticias para todo el pueblo, es proclamado por un heraldo de Dios a un grupo de pastores que cuida sus rebaños por la noche.

La propagación del mensaje depende de un grupito de trabajadores rurales que cuentan su experiencia maravillando a quienes los escuchan.

El propósito del anuncio divino es dar buenas noticias para todo el pueblo por el nacimiento de un Salvador, Cristo el Señor: el niño de una pareja sin recursos, sin un lugar donde estar.

Las huestes celestiales dan gloria a Dios por el Salvador y Señor recién nacido—el Xristós—anunciando la paz universal, buena voluntad a los seres humanos.

Simultáneamente

El anuncio del ángel, acompañado por la gloria de Dios, indica que el recién nacido no es un simple niño sino que su nacimiento tiene alcances divinos.

El anuncio divino comunicado por el ángel tiene también todas las características de un edicto imperial que pregona noticias con implicancias políticas para todo el pueblo.

Los títulos atribuidos al recién nacido también tienen connotaciones políticas: Salvador (sotér) era aplicado con frecuencia a los emperadores como liberadores del pueblo, y Señor (kúrios) era también otorgado a algunos emperadores, indicando que eran pasibles de ser obedecidos y honrados.

El anuncio divino, proclamando el nacimiento de un niñito pobre, que es el Salvador, Señor y Mesías (Xristos), no sólo revierte los poderes terrenales sino también las expectativas políticas y religiosas del entorno.

El edicto de Augusto, ejercitando la autoridad romana, desplaza a José y a María embarazada, desde Nazaret hasta Belén. De esta manera hace posible el nacimiento profético de Jesús en la ciudad de David. El emperador, que pretende ser Dios, es sólo un agente de la autoridad de Dios.

Hablar de lo “terrenal” y lo “celestial” es parte de un esfuerzo para relatar un evento que se manifiesta como un tejido inextricable. El contraste entre estos dos aspectos no es una simple oposición, sino que podemos ver contaminaciones y superposiciones. El poder político terrenal pretende ser divino y no lo es. Sin embargo, los acontecimientos terrenales son políticos y tienen implicancias divinas.

Lo esperado en modos inesperados

Las decisiones de los poderes terrenales sólo producen más de lo mismo: Tener que salir de casa, no poseer los medios necesarios para viajar, vivir situaciones importantes sin la compañía de familiares y amistades, parir en tierra extraña, dormir donde se pueda, comer lo que se encuentra… En fin, ser parte de una lista infinita de situaciones que colocan la vida de las personas como “daños colaterales” de decisiones y acciones político-económicas que no les pertenecen.

En nuestro día a día no hay mensajeros celestes con anuncios de salvación ni huestes angélicas que nos canten sobre la buena voluntad divina. Los mensajeros—que no son unos ángeles—anuncian sólo malas noticias. Y las huestes que podemos llegar a ver son las tropas de ejércitos que arrasan con poblaciones enteras cumpliendo órdenes imperiales.

Sin embargo, el Salvador, Cristo el Señor, nace en un lugarcito de la inmensa trama de los daños colaterales de las decisiones de los poderes terrenales. Y su nacimiento es el epicentro del poder de Dios, de su buena voluntad hacia quienes no reciben ninguna. Así, en la imposición continua de lo mismo, lo nuevo es la irrupción de lo divino de manera paradójica: lo esperado cumpliéndose de modo inesperado.

El relato de Navidad es un desafío a que lo contemos una y otra y otra vez para dar esperanza a quienes no la tienen y para avergonzar a quienes miran para otro lado. También es interrogarnos sobre lo que esperamos y sobre sus maneras de hacerse realidad. Contar esta historia es un ejercicio en discernir la contra historia, y cada anuncio es un anuncio a contrapelo, que sólo los ojos de la fe nos permiten descifrar.

Recibir lo que sucede en Navidad no depende de coordenadas que podamos manejar. El Espíritu que anima a este relato escapa a nuestros cálculos y, a través de los siglos, llega a cada quien allí donde necesita ser alcanzada, allí donde necesita ser tocado. Lo que sucede en Navidad nos confronta perturbándonos, cuestionándonos, desarmándonos para que podamos recibir lo esperado en lo inesperado.

No temamos. Nos ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor.

 

Bibliografía consultada

Seal, David. “Communication in the Lukan Birth Narrative,” Southeastern Theological Review 10.1 (2019): 33–50.

Sicre, José Luis. El Evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús. Estella, Navarra: Verbo Divino, 2021.

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