Comentario del San Mateo 14:22-33
¿Sabías que en el mismo momento en que lees podrían estar ocurriendo entre 1 800 y 2 000 tormentas alrededor del mundo? Se estima que ocurren más de 40 000 tormentas al día y que cada año se producen un promedio de 16 millones de tormentas en toda la tierra. En base a esto, vemos que las tormentas son un fenómeno común. No es de extrañar, entonces, que los salmistas y los profetas (véanse, por ejemplo, los Salmos 29, 46 y 107) recurran a este fenómeno natural como metáfora de las dificultades que enfrentamos en la vida.
Muchos de los discípulos eran pescadores y estaban familiarizados con las tormentas, especialmente en el mar de Galilea. Mateo incluye solamente dos relatos de tormentas. Seguramente las tormentas mencionadas en los evangelios no fueron las únicas que los discípulos experimentaron durante su tiempo con Jesús. Al considerar estos relatos, debemos preguntarnos por qué Mateo incluye estas dos historias y si existe algún hilo conductor —más allá de una tormenta— que las conecte. Al examinarlas detenidamente, encontramos una conexión fundamental que bien pudiera explicar su inclusión en la narrativa de Mateo: el discipulado.
Antes de explorar el relato de la tormenta en Mateo 14, consideremos brevemente la primera historia, en Mateo 8:23–27. Allí se desata una gran tormenta, posiblemente provocada por un terremoto, y las olas cubren la barca de los discípulos. Imaginemos una violenta tempestad. Y mientras tanto, Jesús duerme. Los discípulos, aterrados —y probablemente frustrados—, lo despiertan. Jesús reprende al mar y todo queda en calma. Al menos tres detalles vinculan este relato con la siguiente tormenta. Primero, la exclamación de los discípulos: “¡Señor, sálvanos!” Segundo, la pregunta de Jesús acerca de su fe. Tercero, la declaración de los discípulos acerca de la identidad de Jesús. Volveremos a cada uno de estos elementos más adelante.
En Mateo 14:22–33, la historia comienza con Jesús instando a los discípulos a subir a la barca y adelantarse hacia la otra orilla mientras él despide a la multitud. Tras sanar a los enfermos y alimentar a miles de personas, Jesús finalmente hace lo que había intentado hacer anteriormente (véase 14:13): se retira a solas para orar. Jesús ha pasado el día entregándose a los demás; ahora busca la soledad con Dios. Mateo yuxtapone dos escenas impactantes: Jesús solo en la montaña, orando, mientras abajo sus discípulos se encuentran en una barca “azotada por las olas” (v. 24), luchando contra el viento.
Las referencias al tiempo son significativas. Es de noche cuando se menciona la tormenta (v. 23b), y es ya de madrugada cuando Jesús se dirige hacia los discípulos (v. 25). Claramente, Jesús no aparece en el momento en que comienza la tormenta. Para cuando Jesús llega caminando sobre el mar, los discípulos llevaban horas luchando contra el viento y las olas y probablemente estaban exhaustos.
Mientras que en el relato anterior es la gran tormenta en sí lo que aterroriza a los discípulos, aquí no parece ser así. Lo que finalmente los hace gritar de miedo es ver a Jesús caminando hacia ellos sobre las aguas. Los seres humanos no caminan sobre el agua. De hecho, ejercer semejante dominio sobre las aguas era un atributo que pertenecía únicamente a Dios (véanse, por ejemplo, Salmo 89:9; 93:3–4; Job 38:8–11). Naturalmente, entonces, ellos creen que Jesús es un fantasma.
Una vez más movido por la compasión, Jesús responde inmediatamente: “¡Tened ánimo! Soy yo, no temáis” (v. 27). La invitación a no temer no es una frase vacía, sino que está fundamentada en su presencia: “No teman, porque yo estoy aquí.” Sus palabras evocan la repetida afirmación bíblica de la presencia de Dios en medio de las tormentas: “No temas, porque yo estoy contigo” (Isaías 41:10; 43:5). Aún más sugerente es que las palabras de Jesús traducidas como “Soy yo” son egō eimi, expresión que representa el nombre sagrado de Dios. En un relato donde Jesús camina sobre las aguas caóticas, el lenguaje de Mateo invita a quien lee a considerar no solamente lo que Jesús puede hacer, sino quién es Jesús.
En este punto, la atención del relato pasa de los discípulos a Pedro. Su respuesta es intrigante. Pedro no se apresura a salir de la barca, sino que le pide a Jesús, “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (v. 28). ¿Por qué Pedro le pide a Jesús que le ordene ir? ¿Por qué no simplemente ir?
Pedro no supone que, porque Jesús puede caminar sobre el agua, él también puede hacerlo. Espera la palabra de Jesús. Solo después de que Jesús le dice “Ven” (v. 29) sale Pedro de la barca. A menudo predicamos este pasaje diciendo: “¡Ten suficiente fe para salir de la barca!” Pero el énfasis de Mateo pudiera ser más sutil. Pedro no sale de la barca porque haya decidido arriesgarse por Dios. Sale porque Jesús lo llama. Existe una enorme diferencia teológica entre ambas cosas.
Su acción, por tanto, no es primordialmente un acto de valentía o riesgo; es un acto de obediencia fiel. La fe de Pedro no consiste en creer que posee la capacidad de caminar sobre el agua. Su fe —aunque aún frágil en este momento— consiste en confiar en que puede ir adonde Jesús lo llama. El agua es casi secundaria. La capacidad de Pedro para caminar sobre el agua no descansa en su propio valor ni en sus capacidades, sino en responder a la palabra de Jesús. La pregunta que Pedro plantea para nosotros/as, entonces, quizá no sea si tenemos suficiente fe para salir de la barca, sino si estamos dispuestos a ir adonde Jesús realmente nos llama, aun cuando nos llame a caminar sobre aguas turbulentas.
¡Y Pedro lo hace! Sale de la barca y camina sobre el agua hacia Jesús. Solo cuando se fija en la fuerza del viento siente miedo y comienza a hundirse. La atención de Pedro se desvía de aquel que lo llamó hacia el caos que lo rodea. Su clamor es breve y desesperado. Al igual que los discípulos en el relato de la tormenta anterior, Pedro grita: “¡Señor, sálvame!” (v. 30). Y una vez más Mateo utiliza la palabra “al momento” (v. 31). Jesús extiende inmediatamente la mano y lo rescata.
En el instante en que Jesús y Pedro suben a la barca, el viento y las olas cesan, y el relato concluye con los discípulos postrados, adorando a Jesús. A diferencia de la tormenta anterior, esta vez no preguntan: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar lo obedecen?” (Mateo 8:27). Ahora declaran: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (v. 33).
La pregunta planteada en Mateo 8:27 finalmente recibe respuesta. Los discípulos pasan de preguntarse quién es Jesús a adorarlo por quien ahora comprenden que es. Han aprendido una lección que transforma su comprensión de Jesús y que habrá de sostenerles a lo largo de su ministerio, mucho más allá de la vida terrenal de Jesús.




August 9, 2026