< March 03, 2019 >

Comentario del San Lucas 9:28-36 [37-43a]

 

Desde la cumbre de nuestra fe iluminada debemos descender al llano oscuro de un mundo que necesita de nuestra fe solidaria. 

“Maestro, bueno es para nosotros estar aquí. Hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés y una para Elías” (v. 33).  

¡Cómo no iba a ser bueno! Allá en lo alto, bañados en luz, plenos de admiración ante la maravilla que confirmaba la fe. Con la presencia luminosa de lo mejor del pasado, representado por los profetas Moisés y Elías, y de lo mejor del futuro, representado por el Mesías radiante, en gloria. Tanta luz y tan maravillosa, renovando el pasado y anticipando el futuro, debía permanecer. Pedro, aturdido por la emoción, quería seguir en ese presente luminoso. Conservarlo en enramadas, en moradas de gozo y de paz.

Pero no era ese el plan de Dios. Del monte de la transfiguración ellos debían descender de nuevo al llano del pueblo sufrido, desesperado, sin horizontes. A los terrenos pedregosos de un pueblo dominado, sometido, expoliado. A un mundo lleno de esclavos, y de viudas y huérfanos dejados a su suerte. Y de enfermos del cuerpo llevados a la total marginación, como los leprosos, y de enfermos del alma, los “endemoniados,” que eran cada vez más en una sociedad sobrada de violencias y de represiones.

Debían descender, y descendieron. Les costó a los discípulos entender hasta qué punto debían descender. Pedro, Juan y Jacobo, según nos relatan las tradiciones de la iglesia antigua, descendieron hasta el final, hasta la punta de una espada, como Jacobo, y hasta una cruz cabeza abajo, como Pedro. Y hasta la muerte en una ancianidad sujeta al exilio y la pobreza, como Juan.

La transfiguración no fue para Jesús. Él no la necesitaba. Fue para ellos. Fue para nosotros/as. Fue – y es – un momento de visión gloriosa en la cumbre para descender con más fuerza al llano. Es un momento para recordar, para cuando lo que sobre no sea la luz que llena el corazón sino la oscuridad que llama a la desesperanza. Es como el manantial inagotable de la promesa para cuando lleguen los tiempos de sed, de necesidad, de carencia, de penuria, de padecer, que a veces parecen no terminar nunca.

No debían permanecer en la altura iluminada. Debían descender al llano oscuro, al “valle de sombra de muerte” (Salmo 23:4) que es nuestro mundo, prisionero del imperio de la muerte de mil modos presente, en las vidas que se terminan, tantas veces antes de tiempo, y en las injusticias que no se acaban. Y en la creación abusada por un mundo sometido al crecimiento económico – a la acumulación de capital – a cualquier precio.

Como entonces, hoy nosotros/as tampoco debemos permanecer en la cumbre iluminada. Los momentos de solaz espiritual, en comunidad o en soledad, son necesarios. Son un refrigerio para seguir, una recarga de energías para continuar. Son como una caricia de Dios, que así nos hace conscientes de lo mucho que somos amados/as y de que no estamos solos/as en nuestra lucha por una vida mejor y por un mundo mejor.

Todo eso son, y mucho más. Pero no podemos permanecer allí. Debemos descender al llano, donde lo que abunda no es el descanso y el gozo, sino la tarea y el conflicto. Donde hay tantas personas que precisan de una mano amiga, de una palabra de consuelo, de un llamado a la esperanza, de un auxilio en la aflicción.

Si así descendemos, algo sorprendente sucederá. La transfiguración bajará con nosotros/as. En esa tarea incesante de compasión y de hermandad, que a nadie excluye sino que abraza a todos/as, seremos “transformados de gloria en gloria,” irradiando la luz del Mesías transfigurado (2 Corintios 3:18). Una luz que será amor, y amor en acción. Es el amor solidario con el que somos llamados/as a ser “luz del mundo” y “sal de la tierra” (Mateo 5:13-16).

Es el amor transfigurado del Viviente. Del Señor de la historia que viene a nosotros/as para que vayamos al mundo.1 Quien nos llama a participar de su obra redentora cuando nos dice victorioso, como luz que alumbra desde la cumbre iluminada, cruzando la oscuridad de los siglos hasta nuestras sombrías llanuras: “¡Yo hago nuevas todas las cosas!” (Apocalipsis 21:5).


Nota:

1. “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21).