< April 13, 2017 >

Comentario del San Juan 13:1-17, 31b-35

 

Nos encontramos ante uno de los textos más conocidos del Nuevo Testamento y, sin duda, uno de los textos fundacionales de la ética cristiana.

Por un lado Jesús, el maestro, en actitud kenótica,1 actúa como ejemplo de lo que los discípulos y las discípulas deben hacen entre sí y, por extensión, lo que se llama a quienes forman parte de la iglesia a hacer entre sí. Mientras que el versículo 14 explica cómo la acción ejemplarizante de Jesús deber ser perpetuada en la acción de los discípulos y las discípulas (“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros”), el versículo 34 expande el mensaje concreto a un mensaje teológico de hondo calado (“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”). Es la oportunidad para poner sobre la mesa un nuevo mandamiento que no solo trasciende el hecho concreto (lavado de pies) o el trato de unos a otros (que hagan lo mismo), sino que genera un mensaje ético de carácter universalizante.

El capítulo 13 da inicio a lo que se conoce en Juan como “la hora de Jesús” (capítulos 13-20) y, como tal, comienza con una introducción que condensa teológicamente el mensaje de la anécdota que viene a continuación. Es decir, el lavatorio de los pies se sitúa en una perspectiva cósmica y logocéntrica2: la hora de volver al padre ha llegado (la Palabra había acampado en medio nuestro). La “hora” se refiere, obviamente, al momento en que Jesús es crucificado pero, al mismo tiempo, es el marco temporal en el que el conjunto de acciones que da sentido a tal evento tiene lugar (2:4; 7:30; 8:20; 12:23, 27).

Desde un punto de vista histórico, el lavado de pies en el siglo I podía tener una función cúltica, higiénica, o de hospitalidad. Por ejemplo, en Génesis 18 Yahvé se le aparece a Abraham bajo el encinar de Mambré: al ver a los tres varones, Abraham sale a recibirlos y los huéspedes se lavan los pies. A continuación, todos comen juntos. Aquí Abraham es presentado como un paradigma de hospitalidad. Cuando este gesto fundacional se sitúa en el contexto de la sinagoga, el recordatorio adquiere significado ritual. Es probable que el elemento cúltico y de hospitalidad estén presentes en el acto del lavatorio de Juan 13, pero desde mi punto de vista, uno de los aspectos más interesantes es su aspecto de acto profético. Es decir, Juan 13 narra una práctica de hospitalidad que, posiblemente, fuera repetida en las conmemoraciones litúrgicas y que, a su vez, tiene una importante función teológica al referirse a la misión de los profetas. Existe mucha literatura acerca de cuáles son las características del profeta, sus acciones y palabras. Aquí me refiero al lavatorio de los pies como un acto profético en el sentido que Jesús es un mensajero divino que lleva a cabo acciones que “encarnan” tal mensaje. En este caso, el lavatorio de los pies encarna, dramatiza, visualiza, crea, expone cuál es el modo de relación que Jesús considera esencial tanto entre la persona y Dios, como entre las personas, y entre la comunidad y las personas.

Es cierto que el evangelio de Juan no presenta a Jesús como el “siervo de Dios,” un título que los evangelios sinópticos aplican a Jesús explícita o implícitamente. Por ejemplo, Mateo entiende que los cantos del Siervo (Isaías 42: 1-4 citado en Mateo 12:18-21) son una profecía que halla su cumplimiento en las sanaciones que Jesús lleva a cabo, y el evangelista emplea la cita para explicar por qué Jesús no busca reconocimiento público. Marcos, por su parte, alude al canto del Siervo para explicar el sufrimiento de Jesús. Marcos 10:45 emplea Isaías 53:11 para retratar la función del “Hijo del hombre” como la de quien no vino a ser servido sino a servir y cómo tal servidumbre resulta en la liberación. Si bien es cierto que las curaciones son gestos proféticos que muestran cómo el Reino de Dios trae la liberación física y la restitución a la comunidad, el lavatorio de los pies enfatiza cuál es el tipo de relaciones que se necesitan dentro de la comunidad para que estas restituciones sean posibles.

Una de las preguntas que los especialistas se hacen es la siguiente: ¿es esta comunidad un “nuevo proyecto”? Es decir, ¿hasta qué punto el evangelio de Juan presenta realmente un nuevo mandamiento (v. 34)? Esta pregunta puede resultar chocante, pero la realidad es que hay numerosos casos en la Biblia Hebrea en los que se dan mandamientos similares (por ejemplo, Lv 19:18). ¿Qué hay de nuevo en este nuevo mandamiento cuando en la Biblia Hebrea ya se nos habla de “amar al prójimo como a uno mismo”? La teología pone de manifiesto que lo realmente novedoso en el mensaje no son las palabras sino el mensajero: Jesús es la novedad del mensaje en el sentido que, en cuanto que Logos, es la misma divinidad quien lleva a cabo el acto profético. Sieger Koder (véase la imagen aquí) ha capturado la profundidad de esta noción teológica retratando a Jesús en el momento de lavar los pies de Pedro, pero sin mostrar el rostro de la divinidad que, en cambio, solo aparece reflejado en el cuenco de agua.

No solo es destacable el hecho de que es Jesús en cuanto que Logos quien ejemplifica el significado del amor intracomunitario. Tal acción solo es novedosa dentro de la teología joánica de la cruz. “Tal como yo os he amado” adelanta el significado sacrificial de Jesús y es empleado como una lente a través de la cual todas sus acciones cobran sentido. Tal es el significado del agape, del amor incondicional de Jesús. Ahora bien, aunque la mayoría de los especialistas ponen de manifiesto que se trata de un amor agápico, me gustaría resaltar que es posible interpretar, sin minusvalorar la dimensión agápica, que se trata de un acto que también incluye elementos de amor erótico; se trata de un amor en el que el aspecto físico y el emocional están profundamente tejidos dentro de la acción que se narra. Justo antes Juan narra (12:3) cómo María derrama perfume sobre los pies de Jesus y los seca con su cabello. La dimensión erótica del cabello y de los pies es patente, un elemento que enfatiza, pues, el amor físico de un Dios que se ha encarnado en un cuerpo y que ama con él en toda su intensidad.


Notas:

1. Esta es una palabra que deriva del griego kenos que significa “vacío,” y que da origen al verbo kenoó que aparece en el original griego de Filipenses 2:7. Este verbo se traduce como “despojarse,” cuando dice que Jesús, “siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres.”

2. Esta palabra deriva del griego Logos del original griego de Juan 1:1 y que generalmente se traduce como “Verbo,” o “Palabra.”