< January 08, 2017 >

Comentario del San Mateo 3:13-17

 

Amor y Reconocimiento

Esta porción del evangelio de Mateo es la continuación de la narración que nos habla de la predicación de Juan el Bautista. La palabra “entonces” con la que se inicia nos sugiere que debemos leer por lo menos Mateo 3:1-12, ya que es muy importante conocer a Juan el Bautista, un personaje que predicaba en el desierto de Judea. 

Su predicación invitaba al arrepentimiento, pues según sus palabras “el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 3:2). En estas palabras se reflejaba el pensamiento del profeta Isaías que decía: “Voz del que clama en el desierto: ‘¡Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas!’”(Mt 3:3). Es decir, es necesario preparar el camino, lo que de acuerdo con Isaías sucederá en el momento en que trabajemos a favor de la paz, de la justicia y de la buena noticia para todas y todos. Un mensaje que los profetas ya habían anunciado y que Jesús retomaría. 

Juan bautizaba en el Jordán y las personas acudían a él para confesar sus pecados y ser bautizadas. El mismo Juan lo explica diciendo: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt 3:11). 

Una señal visible de la pertenencia a una comunidad era el lavado o el bautismo a través del agua para ser purificados. Incluso la ley judía utilizaba estos elementos para decidir quién era digno y puro, quién estaría dentro de la ley y no tendría ningún problema. Sus pecados serían perdonados y la relación con Dios sería la adecuada. 

Pero el mismo Juan reconoce que en Jesús las cosas cambian y se abren a nuevas posibilidades; las leyes duras e intransigentes debían cambiar. Juan mismo alza la voz contra un sistema religioso y político unido no siempre a favor del pueblo. Y al manifestarse con su conducta y con su voz en contra de lo establecido, provoca la reacción airada de las autoridades. 

“Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él” (v. 13). Como buen judío, Jesús se adecua a las reglas establecidas, pero con la intención de ofrecer un cambio. Juan no quería bautizar a Jesús, ¿para qué hacerlo, si su palabra sería diferente y audaz? Jesús insistió. Era respetuoso de lo establecido, pero al mismo tiempo denunciaba lo que le parecía injusto. Para Jesús, la misericordia y la justicia habían sido dejadas de lado en el anuncio de la buenas nuevas. Con el fin de cumplir una ley complicada, habían olvidado el amor al prójimo. 

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y en ese momento los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él. Y se oyó una voz de los cielos que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia’” (vv. 16-17). 

El evento del bautismo, que todos y todas estaban observando, es importante. Sí, Jesús es bautizado por un hombre que también estaba proclamando justicia, y al mismo tiempo Dios se complace con esta acción y respalda el ministerio de Jesús su Hijo. 

Los cielos se abren cuando Dios se complace con su Hijo que llevará una palabra de amor, los cielos se abren cuando animamos los cuerpos y los corazones para reclamar justicia y misericordia. Los cielos se abren para que mujeres y hombres continuemos en el camino de la paz, llamando a la buena nueva, utilizando elementos cotidianos, creando opciones de vida con el respaldo de la palabra de Dios. 

Dios se compadece de las hijas y los hijos que tienen que caminar por senderos injustos, por senderos de dolor, por senderos complicados. Y se complace porque no se quedan callados, sino porque entienden que se puede tener el espacio para buscar caminos justos, caminos de comprensión y caminos de solidaridad. 

Dice la narración que Jesús “subió del agua,” es decir, en un primer momento es necesario estar abajo, entendiendo la realidad, viviendo los tiempos, sufriendo la situación, para después recibir el aliento de parte de Dios. Ahora bien, no todo está perdido y no siempre nos quedaremos sumidos. Existe la posibilidad de recibir la complacencia de Dios que nos ve, nos acompaña y está a nuestro lado. 

Subir de las aguas amargas puede resultarnos algo muy cotidiano; aguas bebidas con dolor, aguas que producen tristeza y sinsabor, constituyen la realidad de nuestros pueblos. Pero siempre existe la presencia del Espíritu de Dios que nos anima a seguir adelante, el Espíritu que inicia y comienza el camino de Jesús. 

Es así como el Espíritu de Dios nos convoca y nos provoca a seguir adelante. La iglesia como tal es inaugurada por el Espíritu Santo; no puede existir sin esta presencia, y seguimos necesitándola hoy. 

La voz de Dios juega un papel importante en la narración cuando reconoce a Jesús como su Hijo. Y no sólo lo reconoce, sino que lo define como un ser amado. ¡Qué importante es sentirnos amados y reconocidos por nuestros seres queridos y por nuestras comunidades de fe! ¿A quién hemos amado y reconocido en estos últimos días? ¿Habrá alguien que necesite ser reconocido y amado? ¿Será que sólo nos hemos circunscrito a cumplir las leyes de nuestras iglesias y nos hemos olvidado de dar una voz de aliento, de reconocimiento y de amor? 

Nuestras realidades son violentas y conflictivas; nuestros pueblos y el mundo entero se encuentran en una gran necesidad de amor y de reconocimiento. Propongamos desde nuestras familias y desde nuestras comunidades de fe una voz distinta, una voz que agrade, una voz que invite al amor y a reconocernos los unos a los otros. 

Que estas voces sean “las voces de Dios.” Nuestra boca es la boca de Dios mismo. Invitemos a formar parte de grupos que convoquen a la unidad y al reconocimiento mutuo en respeto y solidaridad.