< May 29, 2016 >

Comentario del San Lucas 7:1-10

 

Después de predicar el “sermón del llano” (Lc. 6:20-49), donde enfatiza la misericordia y el amor del mensaje del Reino de Dios (vv. 20-26), ordenando incluso el amor a los “enemigos” (vv. 27-36), Jesús comienza a demostrar su mensaje con actos de misericordia y sanidad (7:1-17), primero sanando al esclavo enfermo de un centurión gentil y después resucitando al hijo de una viuda.

Nuestro pasaje trata acerca del primero de estos milagros, cuando Jesús, luego de sus “palabras” a los oyentes del “sermón del llano,” cambia de lugar y entra en Capernaúm, donde ya había sanado a un hombre con un espíritu de demonio impuro que estaba en la sinagoga del pueblo (4:31-37).

Dos Delegaciones[1]

Un centurión, es decir, un soldado gerente a cargo de unos cien soldados, no sabemos si directamente bajo Roma o en representación de Roma bajo Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea, tenía un esclavo (“siervo” dice la versión Reina Valera 1995, pero usualmente la palabra del original griego doulos se refiere específicamente a un “esclavo”), a quien quería mucho (el original griego dice que lo tenía en “alta estima” – entimos). Este esclavo querido “estaba enfermo y a punto de morir” (v. 2). El pasaje nos indica que dos veces este soldado gentil (es por el conjunto del texto que entendemos que era gentil) envía una delegación para rogarle a Jesús por su siervo enfermo (vv. 3-5 y vv. 6-8).

La primera delegación está integrada por “ancianos de los judíos,” o sea, miembros del concilio de líderes de la sinagoga en Capernaúm. Ellos indican que parte del servicio de este centurión y de su demostración de admiración por el pueblo judío había sido proveer fondos para la construcción de una sinagoga (v. 5). O sea, este líder gentil había sido un “patrón” de los judíos en Capernaúm, y por lo tanto ellos, bajo las normas de patrocinio del mundo greco-romano, tenían ciertas obligaciones con él. Entre estas obligaciones se encontraban, por ejemplo, la de prestar favores como el de presentar al ante figuras importantes o interceder por él patrón ante ellas. Aquí el centurión “oyó hablar de Jesús” (v. 3a) y, asumimos, de sus milagros y sanidades. Por lo tanto, procura ayuda para su esclavo enfermo. No presume poder acercarse a un profeta judío por su cuenta. Y esto nos recuerda la sanación de Naamán, el general leproso de Siria, a quien una niña judía le sugirió que podría ser sanado por la intervención del profeta de Israel, Eliseo (2 Reyes 5:1-14; véase también Lc. 4:27, donde Jesús, frente a la oposición de su propio pueblo, menciona a Naamán como un gentil sanado en los tiempos de Eliseo). En esa historia tampoco hubo contacto un directo del profeta con el enfermo, sino que fue sanado a distancia y a través de intermediarios.[2]

La primera delegación alaba al centurión como un hombre que apoya y aun ama al pueblo judío. Por eso es que Jesús debe acudir a su petición: “Es digno de que le concedas esto” (v. 4b). Los emisarios del centurión están cumpliendo, precisamente, las normas de la “ética patronal.”[3] Jesús parece responder positivamente y “fue con ellos” (v. 6a).

Una Segunda Delegación

Sin embargo, antes de llegar al hogar del centurión, éste envía a “unos amigos” (v. 6) a que vayan al encuentro de Jesús que estaba en viaje hacia su hogar. Le sería problemático a Jesús, un maestro judío, terminar en el hogar de un gentil, y peor todavía si se trataba de un soldado romano. Esta segunda delegación probablemente estaba integrada por gentiles como el centurión, es decir, personas más informalmente relacionadas con el centurión, cabe suponer que sin conexiones patronales con él como las que tenían los ancianos judíos de la primera delegación. Eran, en fin, “amigos” del centurión. Sin embargo, hablan a nombre del centurión y ponen en su boca las palabras que el centurión habría dicho: (1) Aunque la primera delegación había abogado por el carácter honorable del gentil, que lo hacía merecedor del favor de la curación de su esclavo, el centurión mismo reconoce sus limitaciones frente al carácter de Jesús. En contraste con el testimonio de los ancianos, el centurión afirma, a través de sus amigos, que no es “digno” de que Jesús entre a su hogar. Parece que el centurión reconoce, no solo las limitaciones que tenía como ser humano, aunque fuera una persona poderosa en términos políticos y militares, sino también la dificultad que en este momento de su ministerio le habría causado a Jesús el ingreso al hogar del centurión. (2) El centurión ni siquiera se considera “digno” de acercarse a Jesús por su cuenta, y por eso depende de representantes, primero los ancianos judíos y ahora sus amigos gentiles (v. 7a). (3) Sin embargo, el centurión sí reconoce el poder de Jesús para sanar enfermos: simplemente, “di la palabra,” aun a distancia, “y mi siervo [en el v. 7 del original griego, en vez de doulos como en el v. 2, se utiliza la palabra pais, que tiene un significado más cercano a “criado,” “siervo” o “niño,” y por lo tanto es más paternalista y menos cruel, aunque no por ello podemos ignorar la crueldad que objetivamente implicaba la condición de esclavo de ese hombre] será sano” (v. 7b).[4] Con estas palabras el centurión reconoce, a través de sus amigos, que una opción importante del ministerio de Jesús es la promesa de abogar por las necesidades de los “pobres” (6:20), con la que puede cumplir sanando a su esclavo, aun a la distancia (como de hecho lo hará según el v. 10, y como lo hará después resucitando al hijo único de una viuda que habría quedado en la pobreza completa de no poder seguir contando con el apoyo financiero de su hijo; véase 7:11-17). (4) Pero, en cuarto lugar, el centurión también reconoce la autoridad divina de Jesús (v. 8). El centurión entiende lo que es estar “bajo autoridad.” Él tiene bajo su mando tanto a soldados como esclavos, y ellos obedecen cualquier orden que les dé como su comandante. Sin embargo, la autoridad de Jesús viene de Dios, porque Jesús puede decir “la palabra,” sin la necesidad de delegación o representante alguno y sin necesidad de estar físicamente presente, y así es como el siervo de este hombre fiel, aunque gentil, podrá ser sanado (v. 10).

¿Por qué Jesús dice que la fe de este gentil es tan grande “que ni aun en Israel” ha “hallado tanta fe” (v. 9)?

La Fe de un Gentil

Jesús da una primera indicación de que su ministerio va a impactar a los no judíos cuando, al final de su mensaje en la sinagoga de Nazaret, hace referencia a la sanación de Naamán el sirio en respuesta a la oposición inicial a su ministerio en su pueblo natal (4:25-27). Ahora, un centurión, otro oficial militar gentil como Naamán, demuestra una fe que Jesús declara no haber visto entre su pueblo. Sin embargo, al no llegar Jesús al hogar del centurión (con lo cual estamos frente al único caso de todo el evangelio de una sanación realizada sin la presencia física de Jesús), se nos está indicando que para Lucas la transición a un evangelio también para gentiles no se ha completado todavía. Sólo tendremos para Lucas un “evangelio completo” y el comienzo de lleno de la misión a los gentiles cuando Pedro visite a otro centurión, y este con nombre, Cornelio, para llevarle el mensaje del evangelio de Jesucristo y la presencia del Espíritu Santo a su hogar (Hch 10). Pero con casos como el de nuestro pasaje de hoy se nos está anticipando que el mensaje y la misión de Jesús finalmente serán para todos y todas, judíos y gentiles, ricos y pobres, poderosos y débiles.

Pautas Para la Predicación

Parte de la sorpresa en la declaración de Jesús sobre la fe del gentil en este pasaje es que no se esperaba tal fe de tal persona. ¿Será posible que en nuestro diario vivir y en nuestro ministerio también encontremos fe donde menos la esperamos? Además, aunque Lucas indica en nuestro pasaje de hoy que no están dadas las condiciones para un ministerio completo entre gentiles, sí lo están después de lo sucedido en Hechos 10. Y la pregunta es: ¿Estamos nosotros y nosotras listos y listas para un Evangelio abierto, accesible y dispuesto al cambio cuando sea necesario? Estas y muchas otras preguntas surgen de este pasaje pequeño, pero poderoso, para nuestra consideración en este segundo domingo de Pentecostés.


Notes:

[1] Joseph A. Fitzmyer, El Evangelio Según Lucas II: Traducción y Comentarios. Capítulos 1-8,21, Trad. Dionisio Mínguez (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987), describe la “doble delegación” de “ancianos y amigos” (632).

[2] Véase una comparación de los dos pasajes (Lucas 7 y 2 Reyes 5) en Joel B. Green, The Gospel of Luke: The New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans, 1997), 284.

[3] Véase Green, Op. Cit., 284-287, para más información sobre estas normas patronales en el mundo antiguo y en este pasaje.

[4] Aunque el Evangelio de Lucas y el Libro de Hechos abogan por los pobres y el ministerio de las mujeres, el autor de ambos, Lucas, no pretende tratar la destrucción del imperio romano ni la abolición de instituciones tales como la esclavitud. Véase Sharon Ringe, Luke, Westminster Bible Companion (Louisville, KY: Westminster John Knox Press, 1995), 99.