< January 03, 2016 >

Comentario del San Juan 1:(1-9), 10-18

 

El evangelio de San Juan es distinto.

Tiene una perspectiva única. San Marcos empieza su evangelio con el ministerio de Jesús predicando el reino de Dios, cuando Jesús tiene como 30 años. San Mateo y San Lucas, por su parte, empiezan sus evangelios con el anuncio del nacimiento de Jesús. San Juan nos lleva al principio de todo—antes de que fuera hecha la creación.  

San Juan empieza con una reflexión que nos remite al Génesis. Génesis 1:1-2:4 cuenta que “dijo Dios… y fue así” (Gn 1:3, 1:7). El hablar de Dios es potente. Llama a la existencia a lo que no existe. La frase “dijo Dios,” que tantas veces se repite en Génesis 1, resulta en la creación de la luz (Gn 1:3), del firmamento (Gn 1:7), y de todo ser vivo (Gn 1:11-28). El evangelista San Juan denomina “Verbo” al hablar de Dios: “Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (1:3). La buena noticia que trae el evangelista Juan es que el Verbo de Dios ha llegado al mundo de los seres humanos (1:9). Entre nosotros y nosotras, el Verbo revelará a Dios mismo. 

El evangelista sigue desarrollando la presentación del Verbo a través de ciertos símbolos (la luz, el agua, el pan, el pastor, la oveja, la viña). Los primeros dos símbolos vienen de Génesis 1. En nuestra lectura, Juan usa el símbolo de la luz para explicar qué es y quién es el Verbo. En el Verbo estaba “la vida… [que] era la luz de los hombres” (v. 4). La vida que estaba en el Verbo (v. 4) es, a la vez, la vida que Dios dio a la creación por el Verbo al principio y la vida de la nueva creación—la vida de aquellos y aquellas que al nacer “de nuevo,” “de agua y del Espíritu” (Jn 3:3-8), reciben la potestad de ser hechos hijas e hijos de Dios (v. 12).  

Pero hay una diferencia entre la luz llamada a la existencia en Génesis 1 y la luz del Verbo en Juan 1. En Génesis, la luz se llama “día” y a las tinieblas se las llama “noche.” El uno no tiene poder sobre el otro. El día y la noche están en equilibrio; simplemente marcan el tiempo. En cambio, en el evangelio de San Juan, el equilibrio se ha perdido. Hay una lucha entre el Verbo que es la luz de la vida, y las tinieblas del enemigo que lo amenazan (1:12; 5:18; 7:1; 10:39). Desde los primeros versículos, San Juan declara la victoria del Verbo: “La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la dominaron” (v. 5).  

San Juan también usa imágenes de Proverbios 8 para explicar y presentar al Verbo. En Proverbios 8, hay una figura que personifica la inteligencia de Dios. Esa inteligencia, esa figura, llamada “la Sabiduría” (o “Sofía” en Griego), levanta su voz en las plazas para enseñar la senda recta a los jóvenes. Pronuncia la llamada de Dios: “Escuchad, porque voy a decir cosas excelentes, voy a abrir mis labios para cosas rectas. Porque mi boca dice la verdad” (Pr 8:6-7). El primero que da testimonio en el evangelio de San Juan es “un hombre enviado por Dios, el cual se llamaba Juan” (v. 6). Este Juan es el primer testigo; no es la luz, ni el autor del evangelio (v. 8). Juan, el testigo, anuncia a Jesús, al Verbo hecho carne (v. 14), que viene a traer “la gracia y la verdad” (vv. 14 y 17) y a darnos a conocer a Dios (v. 18), no solo con sus palabras, sino tomando la misma forma que los hijos e hijas de Dios—la forma de su creación, el ser humano. 

Como Jesús es el Verbo de Dios hecho carne, sirve al mundo a través de sus palabras, y el mundo recibe o rechaza a Jesús en el momento de encontrarlo, escucharlo y verlo (vv. 10-12).  

Resulta que al leer este evangelio, nosotros y nosotras, sus lectores y lectoras, nos hacemos discípulos y discípulas. Al leer Juan 1:1-9 en voz alta, proclamamos a Jesús y nos hacemos sus testigos, como San Juan el Bautista. Al celebrar la eucaristía en los servicios de Navidad, escuchamos al Verbo, comemos el pan de la vida, bebemos la sangre de Cristo (Jn 6), creemos en el milagro de la encarnación, y vemos a los hijos e hijas de Dios que participan de la celebración. El evangelista nos hace testigos de la creación nueva, de quienes reciben la potestad de ser hechos hijos e hijas de Dios (1:12). Así, llegando al v. 15, podemos declarar con Juan: “Éste es de quien yo decía: ‘El que viene después de mí es antes de mí, porque era primero que yo.’” 

La visión del evangelista San Juan es única y fantástica: la revelación de Dios en su Verbo encarnado. Empezamos la narración mirando el universo por los ojos de Dios y la terminamos mirando a Dios por ojos humanos. Así se revela Dios. Verme a mí, dice el Verbo encarnado, es ver a Dios mismo (Jn 14:9). “A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer” (v. 18).

San Juan desarrolla otro tema clave en este pasaje del segundo domingo después de Navidad: el tema de recibir (ver, escuchar, comer, beber) o rechazar (ser ciego, ser sordo, no comer, no beber). Primero el evangelista nota que todo lo que existe, existe por el Verbo. Pero una parte de la creación no reconoce su origen en el Verbo. “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él; pero el mundo no lo conoció” (v. 10). Recibir a Dios no es solo una acción del cuerpo, como abrir una puerta y ya está. Recibir a Dios Verbo es permitir a Dios que entre en uno mismo o en una misma. Hay que tomar al Verbo por los ojos, los oídos, la boca y el cuerpo.

Recibir al Verbo es pertenecer a Dios mismo. “Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (v. 12). El mismo Verbo que en el principio estaba con Dios y que era Dios, por medio de quien todas las cosas fueron hechas, ahora hace una familia solo por la gracia de Dios. Estos familiares “no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios” (v. 13). La acción de componer a la familia de Dios es una acción directa—como la de decir: “Sea la luz” (Gn 1:3). Esta acción de Dios significa que las formas humanas de familia que experimentamos (por el divorcio; por el casamiento en segundas nupcias; al ser adoptados; al ser criados por tíos o la abuelita, o como huérfanos; al ser separados en una frontera o por la guerra, hasta ser uno de los niños o niñas que pasan sus vidas buscando al padre o a la madre que se vio obligado a dejarlos atrás) no son nuestra identidad final. Hay alguien que nos puede hacer legítimos, queridos, miembros de una gran familia querida, honrada, y hecha por la gracia de Dios.