< April 05, 2015 >

Comentario del San Marcos 16:1-8

 

La conclusión original del evangelio según San Marcos se encuentra en los primeros ocho versículos de capítulo 16.

Lo demás fue añadido décadas después, tal vez porque la conclusión original era demasiado brusca, sorprendente y asombrosa.

Pero en esta oportunidad queremos dejarnos guiar por lo que escribió San Marcos precisamente para encontrarnos con su proclamación fuera de lo usual.

La historia que trata de la resurrección de Jesús en Marcos es bastante distinta a la de los demás evangelios. Aquí no nos encontramos con Jesús resucitado, sino con una tumba vacía. En vez del cuerpo de Jesús, nos encontramos con “un joven sentado al lado derecho” (v. 5). En San Lucas son dos hombres y en San Mateo, un ángel, pero en Marcos es un joven. Este joven es quien proclama la resurrección. Las primeras y, de hecho, las únicas personas que reciben las buenas noticias de la resurrección son mujeres, de la misma forma en que estas mujeres son las únicas que pueden testificar la muerte de Jesús en la cruz. Ellas son las que van al sepulcro para cuidar de una manera digna el cuerpo de Jesús, el cuerpo humillado, torturado y matado por las autoridades militares del ejército romano. Y su reacción al oír el evangelio de la resurrección no es de júbilo sino de terror, un terror que las hace huir de la tumba sin decir nada a nadie.

Si queremos entender correctamente el evangelio según San Marcos es preciso fijarnos en estas características tan particulares de su narración del evento clave de nuestra fe.

Según este evangelio, que es el primero de los evangelios que fue escrito, el evangelio de la resurrección no produce confianza, tranquilidad, optimismo, ni calma, sino terror. ¿Por qué será? Si prestamos atención a esta circunstancia, también nuestra proclamación va a tener un carácter muy diferente a lo que estamos acostumbrados a proclamar o escuchar en el Domingo de la Resurrección.

Comencemos con las mujeres.

Aquí es importante recordar que las mujeres son las únicas que pueden ser fuente de la fe fundada en la cruz y la resurrección de Jesús. Cualquier proclamación cristiana tiene su base aquí, con ellas. Todos los hombres habían huido del escenario de la muerte de su líder. Solamente unas mujeres quedaron para ver, de lejos. Y únicamente ellas se atreven a acudir a la tumba donde había sido depositado el cuerpo de Jesús. Ellas fueron al sepulcro para dar su último servicio al cuerpo de Jesús.

Pero hay tal vez dos problemas aquí. Uno es que el cuerpo de Jesús ya había sido preparado para su entierro. Nos acordamos de la mujer que derramó aceite sobre la cabeza de Jesús (Mc 14:8) antes de su salida al monte de los Olivos. Esa mujer se anticipó a ungir el cuerpo de Jesús para la sepultura. Y Jesús había agregado que dondequiera que se predicara el evangelio, en todo el mundo, también se contaría lo hecho por esta mujer, para memoria de ella (Mc 14:9).

El otro problema es que Jesús les había dicho a sus seguidores que iba a ser resucitado al tercer día. Tal vez las mujeres se han olvidado de esto, o no lo han creído.

En el sepulcro, como dijimos, no encuentran a Jesús sino a un joven. ¿Qué joven será?

Ya había aparecido un joven en la historia del arresto de Jesús. En Getsemaní, cuando llegó la policía para prender a Jesús, también un joven fue prendido, pero dejando la sábana con la que se cubría el cuerpo, este joven consiguió huir desnudo (Mc 14:51-52). Quizás se trate del mismo joven que las mujeres encuentran en el sepulcro de Jesús. El único en compartir el destino de Jesús al ser arrestado ahora está en el sepulcro, de nuevo en el lugar de Jesús.

Si es así, entonces su desnudez en el jardín y su ropa blanca en el sepulcro pueden ser símbolos de la muerte (desnudez) y la resurrección (ropa blanca) de los seguidores de Jesús que aprendieron que se les exigía el martirio, es decir, que dieran testimonio en el lugar de Jesús, muriendo con él y compartiendo con él el destino de seres humanos sentados “al lado derecho.”

Tal vez sea pues el mártir quien anuncia el evangelio a las mujeres. Y el evangelio es que no debían buscar a Jesús en el sepulcro: “Ha resucitado, no está aquí… Él va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis, como os dijo” (vv. 6-7).

“A Galilea.” El lugar donde todo empezó. Donde Jesús y sus seguidores habían sanado a los enfermos, echado fuera a los demonios, y enfrentado a las autoridades con audacia. La misión va a empezar de nuevo. Y allá vamos a encontrarlo. Tal vez no podamos encontrarlo de otra manera. Únicamente en la misión de la justicia y la misericordia para con todos los desamparados. No en los templos donde se celebran las tradiciones religiosas. Tampoco en la tumba del pasado, como lo pretendían las mujeres que fueron a buscar al Jesús de la historia. Él no está ahí. Él está delante de nosotros y nosotras. Tenemos que alcanzarlo, participando en su misión.

Todos y todas tenemos que empezar de nuevo. Tal vez la segunda vez vamos a entender. ¿Entender qué?

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8:34).

Jesús dijo esto como explicación de sus palabras respecto a que el Hijo del hombre, la nueva humanidad, sería entregado a las autoridades, y que lo iban a matar, pero que resucitaría tres días después (Mc 8:31).

La resurrección muestra definitivamente que Jesús tenía razón. Y quiere decir que nosotros y nosotras tenemos que aceptar el mismo destino. Se nos pide que dejemos a nuestros familiares y a nuestras posesiones para seguirlo. Y más aún, se nos pide que estemos dispuestos a enfrentar a las autoridades del mundo y estemos preparados para morir.

No es difícil entender porqué huyen con terror las mujeres discípulas que oyen el evangelio de la resurrección, pero este es el camino que vamos a tener que recorrer si de verdad queremos ser discípulos y discípulas de Jesús.

Es un mensaje asombroso, sorprendente, e incluso espantoso. Si bien el premio es la resurrección, el costo es extremadamente exigente.

Con razón otros han preferido un mensaje de la resurrección menos exigente.

Pero gracias a Dios, los cristianos y las cristianas de los primeros siglos lo entendieron perfectamente bien. Por eso tenemos la historia de los mártires. Aun en el siglo cuarto, Atanasio puede decirles a los que tenían dudas sobre el evangelio que vieran por sí mismos cómo los cristianos no tenían temor frente a la muerte. Aun hombres pobres, mujeres y niños enfrentaban la crueldad del imperio sin temor.

También hoy en día hay quienes tienen el valor en el nombre de la venida de un reino de justicia y misericordia de enfrentar todo lo que destruye la vida y la dignidad del ser humano sin otras armas que su fe, su visión y su compromiso. Tal vez sea junto con ellos y con ellas que podremos encontrar a quienes han recibido el mensaje del joven que estaba en el sepulcro de Jesús.