< December 21, 2014 >

Comentario del San Lucas 1:26-38

 

Este pasaje bíblico ha inspirado algunas de las más famosas pinturas en la historia del arte cristiano, conocidas bajo el título genérico de “Anunciación de María.”

Artistas de gran renombre – Botticelli, Caravaggio, Fra Angélico, da Vinci, Tiziano, El Greco, van Eyck – han contribuido a su exaltación artística y sus obras ocupan un lugar prominente en los principales museos de arte.

El ángel Gabriel, enviado por Dios, anuncia a María, desposada ya con José pero aún virgen, que concebirá, por obra y gracia del Espíritu Santo, un hijo a quien Dios otorgará “el trono de David,” cuyo “Reino no tendrá fin” y quien “será llamado Hijo del Altísimo.” La tradición cristiana recalca el acatamiento de María al mandato divino – “aquí está la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.”

Es un diálogo de intenso dramatismo, pleno de extraordinarias repercusiones para la humanidad. Preludia el inicio del evento que celebramos estos días: el nacimiento de Jesucristo, Redentor de la humanidad. Se inicia con una anunciación angélica y la obediencia de María.

Este pasaje bíblico debe leerse junto a los textos que le siguen y que forman parte de la hermosa tradición textual y estética sobre María. Primero tenemos el diálogo entre María y su parienta Elisabet, futura madre de Juan el bautista. María va a morar provisionalmente con Elisabet, quien al recibirla exclama unas palabras que harán historia en la tradición litúrgica mariológica – "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1:42).

Como respuesta a esa bendición, María emite una excepcional exclamación que la tradición cristiana designa Magnificat, en alusión a la primera palabra de este texto en la traducción latina de la Biblia, la Vulgata (Lc 1:46-55). En ella María ensalza con excelsa elegancia literaria la gracia divina y agradece la bendición que le ha sido conferida – “Engrandece mi alma al Señor… pues desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones” (1:46,48).

Y luego María se hace eco de la voz profética que resuena en toda la sagrada escritura, de solidaridad y compasión con los vulnerables y menesterosos y juicio severo contra sus opresores: “Quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos” (1:52-53). Es la voz profética que desde el Génesis hasta el Apocalipsis proclama la censura divina contra toda opresión y la redención de los marginados y menesterosos.

El Magnificat es un texto preferido tanto por quienes ensalzan a María como protagonista distinguida en la crítica a la multisecular tradición patriarcal que pretende ubicar la mujer en una escala inferior al varón, como por las teologías liberacionistas que recalcan la presencia de Cristo en la emancipación de los marginados y despreciados socialmente. Sus múltiples lecturas e interpretaciones resuenan a lo largo de casi dos milenios de exégesis bíblicas y proclamaciones homiléticas.

Reflexión homilética

Adviento comienza con el protagonismo de una joven mujer: María. Es importante destacar la importancia de María, primero en fidelidad a las sagradas escrituras y segundo para eliminar todo vestigio del androcentrismo patriarcal que aunque arcaico todavía satura las instituciones eclesiásticas relegando la mujer a un papel secundario.

María recibe un anuncio divino inusitado: va a concebir, por gracia del Espíritu Santo, al Hijo de Dios. Es un anuncio excepcional, pero ella sutilmente percibe los riesgos y peligros que se ocultan tras esa bendición divina. El primero es, obviamente, explicarle a José su esposo el origen de su embarazo. Toda mujer judía estaba consciente de la tradición legal bíblica (Lv 20:10 y Dt 22:22-24) que sentenciaba a mortal lapidación a cualquier mujer casada cuyo embarazo no pudiese adjudicarse a su marido.

Pero tras ese escollo inicial, que María logra superar, se esconde un caudal mayor de tristezas. Se lo advertirá con mucha claridad y precisión Simeón, a quien Lucas describe como “hombre justo y piadoso” y quien había recibido la promesa divina de que “no vería la muerte antes que viera al Ungido del Señor” (Lc 2:25-26). Cuando María y José, en cumplimiento de las prescripciones rituales judías, llevan al niño Jesús al templo para su circuncisión, Simeón, tras reconocer a Jesús como “salvación… luz para revelación a los gentiles y gloria de… Israel” (2:30,32), le advierte a María la gran tristeza que le depara el futuro: “Este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma)” (2:34-35).

Esa breve oración de Simeón, inserta en un himno de gratitud a Dios por la bendición de presenciar al Ungido antes de morir y de exaltación futura de ese Hijo de Dios, resume con fuerza contundente a María lo que la vida de Jesús le depara: “una espada traspasará tu misma alma.”

Es el drama que le espera a María; inicialmente el regocijo de la concepción y el nacimiento de Jesús, pero luego la tristeza de su partida, de las maledicencias que acompañarán continuamente su peregrinaje a lo largo de toda Judea y Galilea, y finalmente la tribulación mayor que pueda atormentar el alma de una madre: la cruz en el tope de una colina, como expresión máxima de escarnio y repudio social. Si la historia del arte cristiano muestra magistralmente la sutil pero hermosa alegría de María en el momento de la Anunciación, también consagra su intensa angustia y profunda tristeza al presenciar la cruel crucifixión de su hijo.

Es el drama del encuentro entre la gracia divina y la desgracia humana. Drama que mirado a la luz de los sucesos que discurren entre la anunciación y la cruz parecen tener un final trágico, pero que desde la perspectiva del Espíritu Santo, quien hizo concebir a una joven virgen e inspiró un hermoso himno a Simeón, culmina en el triunfo de la misericordia divina y la redención de la humanidad. Esta segunda lectura – el triunfo de la gracia divina sobre la desgracia humana – es la que, a pesar de todos los infortunios en la vida de María y su hijo Jesús, impera en las sagradas escrituras y que en esta época de Adviento debe predominar.