< December 07, 2014 >

Comentario del San Marcos 1:1-8

 

La historia del pueblo judío, tal como se relata en sus escrituras sagradas, estaba marcada por dos recuerdos profundos y significativos.

Estos son la memoria de su onerosa opresión en Egipto y la remembranza de su liberación efectuada por Dios: “Los egipcios nos maltrataron y nos afligieron y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Entonces clamamos al Señor, el Dios de nuestros padres, y el Señor oyó nuestra voz y vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión” (Dt 26:6-7).

Tan importante fue esta historia de esclavitud y liberación para el pueblo bíblico de Israel que se convirtió en el centro de una celebración litúrgica anual de recuerdo y gratitud. Se recuperaba, de este modo, la memoria de las aflicciones y las humillaciones sufridas como pueblo inmigrante en un poderoso imperio; el recuerdo de su duro y arduo trabajo, del desprecio tan frecuente para los extranjeros que poseen una diferente pigmentación de la piel, lengua, religión o cultura. Pero se conmemoraba también la memoria de los actos de liberación, tras Dios escuchar el doloroso clamor del pueblo oprimido. Y el recuerdo de otro tipo de migración, en búsqueda de una tierra donde vivir en libertad, paz y justicia.

Esa dualidad entre opresión y esperanza de liberación caracteriza toda la historia del pueblo hebreo narrada en sus sagradas escrituras. El Israel bíblico es un pueblo pequeño, cuya historia discurre siempre a la sombra y al margen de diversos poderes imperiales que continuamente lo subyugan. Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Macedonia, Roma constituyen el horizonte de dominio imperial que desgarra la vida colectiva de las comunidades bíblicas, pero que, paradójicamente, configura también la fuente de sus ansias de liberación. El pueblo espera, en el doble sentido de la palabra: espera con esperanza.

Ese es el contexto del texto para este segundo domingo de Adviento: La esperanza tenaz de la liberación que Dios realizará, ahora en el contexto de la opresión bajo un nuevo imperio, Roma. Surge primero la voz profética sonora y severa de Juan el bautista. Son tres los elementos de su mensaje:

1. El arrepentimiento de los pecados. Es parte esencial de la voz profética bíblica: la tragedia nacional es consecuencia de la abundancia del pecado. El pueblo adora a Dios, pero no cumple sus mandatos. ¿Cuáles mandatos? “Defended al débil y al huérfano; haced justicia al menesteroso, librad al afligido y al necesitado; ¡libradlo de manos de los impíos!” (Sal 82:3-4). El mandato de justicia y paz recorre toda la biblia hebrea, desde su inicio hasta su final. Sin arrepentimiento no hay redención. Todos conocemos bien el destino trágico de la voz profética de Juan el bautista, al denunciar con vigor los desmanes inmorales del rey Herodes. La gracia no es barata, diría otro profeta, esta vez del siglo veinte, Dietrich Bonhoeffer.

2. El bautismo como acción pública que expresa dramáticamente el arrepentimiento y la determinación de vivir de manera diferente. La voluntad de asumir los riesgos que conlleva la obediencia a la voluntad divina. Es un rito de limpieza de pecados y renovación integral. Si la confesión de pecados mira con contrición el pasado, el bautismo se adelanta al futuro con esperanza.

3. El anuncio de la nueva liberación. Juan el bautista es la encarnación de la humildad. Reconoce su papel de precursor, pero también que él no es el gestor de la redención. “Viene tras mí el que es más poderoso que yo… Yo a la verdad os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (vv. 7-8). Ya falta poco, afirma, para que el Ungido, el Mesías de Dios, altere radicalmente la historia humana. Esa es la gran esperanza que anida hondamente en nuestra celebración del Adviento.

Reflexión homilética

El texto bíblico seleccionado para este segundo domingo de Adviento expresa unas dimensiones significativas de esta fase de nuestro calendario litúrgico. Corresponden a los tres elementos que hemos destacado en nuestra reflexión exegética.

1. La gracia no es barata. Es un tema que Bonhoeffer destacó en su libro El costo del discipulado, publicado en 1939, cuando las fuerzas armadas de su patria se aprestaban a la conquista sangrienta de Europa, mientras al interior de Alemania se fraguaba una masacre inspirada por la más cruel xenofobia, la que conduce al genocidio. Es un texto de profundidad teológica y hermenéutica, pero es también un llamado a la conciencia cristiana de sus compatriotas. Convocaba al arrepentimiento y a la renuncia de un proyecto imperial con consecuencias nefastas para millones de seres humanos. Adviento es época de preparación para recibir al Redentor y requiere el arrepentimiento, la confesión de nuestros pecados, la admisión de nuestras faltas y carencias. Bonhoeffer, igual que Juan el bautista, pagó con su vida el alto costo de la gracia divina.

2. El bautismo es el sacramento que manifiesta la determinación firme de vivir de acuerdo con la voluntad divina. No es un mero rito de iniciación, como lo tienen muchas asociaciones civiles. Expresa dramáticamente el efecto principal de la gracia divina: la radical transformación espiritual de una persona. Juan el bautista anuncia un nuevo bautismo, superior al suyo: el bautismo del Espíritu Santo. El bautismo que augura Juan e inaugura Jesús es un sacramento de conversión integral, posible gracias a la inspiración que despierta en nuestro ser el espíritu divino.

3. Cristo es la encarnación de la gracia divina. “El que viene,” el Ungido de Dios, es el Redentor. Es quien bautiza mediante el Espíritu Santo. Adviento no señala a una efeméride entre otras; señala la entrada en la historia humana del Redentor. Es tiempo de gratitud, reflexión íntima y renovación de nuestra fe en Cristo. A pesar de nuestras faltas y carencias, es tiempo de alegre celebración. Es ciertamente difícil reconocer al Redentor, ya que su grandeza divina se manifiesta en la máxima humildad. Será, como predice Isaías, “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en sufrimiento…” (Is 53:3). O, como se expresa en el poético himno que recoge el autor de la Epístola a los Filipenses (2:6-8):

“Siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo,
tomó la forma de siervo
y se hizo semejante a los hombres.
Mas aún, hallándose en la condición de hombre,
se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz.”

Esa paradoja de gloria y humildad que misteriosamente encubre y a la vez descubre la redención efectuada en la cruz, se inicia en el nacimiento humilde y austero del Jesús que anunciamos, celebramos y acogemos en esta época de Adviento.

¡Ven, Señor Jesús a nuestros corazones y mentes!