< October 26, 2014 >

Comentario del San Juan 8:31-36

 

La lectura del evangelio para este domingo es propia de Juan.

Está ubicada en el contexto de varias escenas donde Jesús está hablando y enseñando a grupos diversos de judíos entre los que hay escribas de la ley y fariseos (docentes legalistas de la ley hebrea que enfatizaban la fidelidad a la Torá, incluyendo el estudio de la escritura y la obediencia a la ley; intentaban cumplir las leyes de Dios de manera completa y cuidadosa). Se puede suponer que los doce elegidos también están presentes escuchando a Jesús. Mientras que Jesús les habla de la importancia de no juzgar a las y los demás (Jn 7:35-8:11) y se define como la luz del mundo que el Padre envió (Jn 8:12-20), muchos de los presentes empiezan a creer en lo que está diciendo y a creer en él (Jn 8:30).

Entonces, el evangelio de hoy está dirigido a los líderes religiosos judíos y a todos los otros que se han reunido para escuchar a Jesús. Explica las marcas de un discipulado verdadero o lo que demanda ser un verdadero discípulo o una verdadera discípula de Jesús.

 v. 31b:Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos.

Una discípula o un discípulo es más que una simple estudiante de una docente o que un aprendiz de un maestro. Ella o él es un seguidor o una seguidora del maestro y de sus enseñanzas. Según los evangelios, los discípulos originales de Jesús eran judíos que lo favorecían, que apoyaban su partido y que llegaron a ser sus defensores o partidarios.

Pero, ¿qué significa ser discípulo o discípula? Jesús dice que significa permanecer en su palabra, seguir el camino que él ha mostrado y ser de la misma mente, actitud, espíritu.

Permanecer en su palabra va más allá del “haz lo que digo” porque se refiere a un estilo de vida que Jesús mismo ha demostrado y enseñado –una comunidad llena de gracia. Sólo así se puede ser un verdadero discípulo o una verdadera discípula de Jesús. Esencialmente, lo que Jesús está diciendo es: “ustedes han aprendido de mí cómo ser, actuar y relacionarse. Si quieren ser mis discípulos o discípulas, hagan lo que yo hago y sean como yo.”

v. 32a: Conoceréis la verdad.

Al ser discípulas y discípulos de Jesús, conocerán (gnosis) la verdad, la cual les cambiará la vida. La verdad a la que se refiere Jesús puede ser interpretada de dos maneras diferentes:

1) La verdad como lo opuesto a la mentira o al mito del imperialismo y del individualismo:

    a) El imperialismo militar de Roma, que ocupaba Palestina durante la época de Jesús y de la iglesia primitiva, y que constantemente mostraba con fuerza que era el poder verdadero;

    b) El individualismo, o sea el anti-comunitarianismo, que era la consecuencia de la opresión y el colonialismo promulgados por el sistema imperial romano; ó

2) La verdad como metáfora para Jesús. Según Jn 14:6, Jesús dice que él es “el camino, la VERDAD y la vida.” Puede ser entonces que en nuestro texto Jesús esté adelantando la presentación de sí mismo como la verdad de Dios y que nos quiera decir que al conocerlo a él estaremos conociendo la verdad. Si la libertad se consigue por intermedio de la verdad, y si “el Hijo os liberta,” como dice Jesús según Jn 8:36, entonces el Hijo (Jesús) efectivamente es la verdad.

v. 32b: La verdad os hará libres.

En esta definición en tres partes de un verdadero discípulo o una verdadera discípula de Jesús, llegamos al tercer nivel: al de la libertad o liberación. Pero la pregunta es: ¿la verdad los hará libres de qué?

“Libre” en esta perícopa se usa en el original griego como el adjetivo eleutheros (vv. 33.36) y como el verbo “ser liberado” eleutheroo (vv. 32.36). Esta libertad se refiere, pues, a ser redimido, a ser puesto a la libertad, liberado del dominio de pecado y la cautividad/esclavitud de la muerte. La persona libre puede ir adondequiera. Por lo tanto, un discípulo verdadero o una discípula verdadera es una persona libre, liberada para vivir una vida de amor hacia afuera, hacia las otras personas que están a su alrededor, sirviendo a Dios y luchando por la justicia de todas y todos.

vv. 33-34:Le respondieron: “Descendientes de Abraham somos y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ´Seréis libres´?” Jesús les respondió: “De cierto, de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado.”

Aunque quienes componen la audiencia judía de Jesús se identifican como descendientes de las bendiciones de Abraham y no como esclavos, viven cautivos del sistema que penetra al mundo y guía a la muerte (Jn 8:5). Puede ser que al decir que “todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado,” Jesús se esté refiriendo a lo que dijo antes en 8:7: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra.” Ser esclavo o esclava del pecado es sufrir y morir bajo la condenación del pecado; es no vivir libre en el perdón y redención que ofrece Jesús. Ninguna persona puede entender la necesidad de ser liberada mientras no reconozca que está esclavizada al pecado.

vv.35-36: Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os liberta, seréis verdaderamente libres.

“Casa” o “familia,” como otras versiones traducen el original griego oikia, puede ser interpretado con una variedad de imágenes: Dios, comunidad, la comunidad de creyentes, la familia o el pueblo de Dios. Los esclavos del pecado no pertenecen para siempre a la familia, pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. El esclavo no es parte de la familia ni tampoco es heredero de las bendiciones de los padres; el esclavo pertenece a la periferia. Si una persona es libre, ya no es esclava ni le está prohibido ser parte permanente de la familia. Jesús quita lo que nos separa de la comunidad de Dios; él rompe lo que nos inhibe de ser parte permanente de la familia. Como esclavos y esclavas, no tenemos el poder de liberarnos porque la libertad viene desde afuera, o sea, no viene de uno mismo ni de una misma. Cuando el otro (en este caso Jesús) nos libera, podemos vivir en libertad y entrar a la plenitud de la presencia de Dios, con todo el amor, la gracia y la vida que provienen de Dios.