< April 28, 2013 >

Comentario del San Juan 13:31-35

 

En lo que denominamos la última cena, Jesús ha compartido el pan con los discípulos y lavado sus pies; además ha identificado al que lo traicionará y ha reconocido que su tiempo ha llegado (v.2…lo que vas a hacer, hazlo pronto).

El momento de vencer ha llegado y la cruz será la señal de triunfo.

Como buen pastor, Jesús continúa enseñando a sus discípulos hasta el último momento, antes de ser aprehendido. La última lección del día es: Ámense como yo los he amado, porque esto será evidencia de su filiación conmigo. Es interesante que sus palabras hagan referencia a un nuevo mandamiento (v. 34) en contraste con los mandamientos viejos. Este nuevo mandamiento es contrario a la praxis cotidiana. Hasta este momento, todos y todas han amado al que les hace bien y manifestado odio y maldición al que les hace mal.

Este mandamiento nuevo es un recordatorio del Sermón del Monte (Mateo 5 al 7) en el que se aprecian diversas leyes que conllevan al bienestar común. En el capítulo cinco de Mateo se hace una comparación entre los antiguos mandamientos y los nuevos mandamientos; encontramos una serie de “oísteis que fue dicho a los antiguos…”, que se contrapone con “pero yo os digo”. Hay un ejemplo claro de estos nuevos mandamientos en Mt 7:12: Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, pues esto es la Ley y los Profetas (La Regla de Oro). Otro ejemplo nos hace un llamado a medir el sacrificio del amor, porque es fácil amar a quienes nos aman; sin embargo el nuevo mandamiento es: Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mt 5:44).

La orden de Jesús es: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros (vv. 34-35). En Jn 13:1b dice “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” Esto nos aclara que el mandamiento no es exclusivo para los discípulos sino para todos aquellos que reconocen su nombre, porque a lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Jn 1:11-12).

El amor es algo abstracto, igual que el viento, el dolor, el hambre, el gozo; no podemos palparlo pero sí podemos apreciar sus manifestaciones. Podemos apreciar el viento a través del movimiento del cabello de una pequeña niña; el hambre a través de un rostro demacrado y un cuerpo esquelético; el dolor a través del ceño fruncido; el gozo a través del brillo en los ojos y una inmensa sonrisa; y el amor a través del servicio. Por ello daremos cumplimiento al mandamiento de Jesús a través del servicio. El Señor nos enseñó que él vino a servir y no a ser servido (Mt 20:28).

El idioma griego nos permite apreciar las diversas acepciones que tiene el término servicio.

En primera instancia se utiliza la palabra dulía, la cual desde el Nuevo Testamento debe leerse como aquellos actos que el siervo realiza en la casa de su amo, refiriéndose a tareas tales como: preparar los alimentos, la ropa, la cabalgadura del amo, cuidar de los hijos, hacer las compras, etc. Hoy nosotros somos llamados a servir en la casa del amo (mundo) cuidando el medio ambiente, siendo solidarios y empáticos con su creación, practicando los valores del reino, ayudando a nuestro prójimo, sembrando árboles, evitando contaminar el ambiente, etc.

El segundo término surgió dentro de la eklessía (iglesia), para diferenciarlo del dulía, y nos referimos a diakonía. Este es el servicio que se da a los hermanos y hermanas en la fe, con el que demostramos nuestro servicio a Dios. Claramente nos enseña el Señor Jesucristo que Dios no recibirá nuestra ofrenda si antes no estamos en paz con el hermano y la hermana (Mt 5:23-24); además se nos insta a hacer todo lo que esté en nuestras manos para vivir en paz con el prójimo. Debemos estar en constante evaluación, recordando si hemos ofendido consciente o inconscientemente a las personas que están a nuestro alrededor, porque el Señor no recibirá nuestra alabanza si no estamos en paz con nuestro hermano o hermana. Es curioso cómo en algunas ocasiones nos jactamos de estar haciendo la voluntad de Dios, pero peleamos con nuestra esposa o esposo y los dejamos “hablando solos” y preferimos estar en la iglesia “en la presencia de Dios”. Debemos volver a casa y tratar de arreglar la situación, para luego llegar a la iglesia y levantar nuestras manos y nuestra voz en alabanza al Creador. De esta forma estaremos demostrando que somos discípulos y discípulas de Cristo.

El tercer término es marturía, que es el servicio a los de afuera, ante quienes debemos ser un ejemplo como testigos del Reino. Este término fue muy utilizado en la época de persecución imperial, pero aún mantiene su pertinencia. Hemos sido llamados a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer el bien a los que nos aborrecen y orar por los que nos ultrajan y persiguen (Mt 5:44). Esta es la mejor forma de darnos a conocer como discípulos y discípulas de Cristo.

Finalmente tenemos el término leitourgía, del que se deriva la palabra liturgia, y que es el clímax de todo nuestro servicio, porque confiadamente nos presentamos ante nuestro Dios para ofrecerle la alabanza y exaltación que él se merece, después de haber puesto en práctica la dulía, la diakonía y la marturía. Lamentablemente, muchas veces omitimos los pasos anteriores y realizamos la liturgia cansados y cargados.

Concluimos afirmando que la forma más efectiva de demostrar que somos discípulos del Señor Jesucristo es a través del servicio. Y retomamos lo dicho por la madre Teresa de Calcuta: Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.