< January 20, 2013 >

Comentario del San Juan 2:1-11

 
El relato se ubica luego de la historia de Felipe y Natanael, en torno a un diálogo sobre “ese nazareno” (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Jn 1:46), que culmina afirmando que verían “el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre” (Jn 1:51).

Nuevamente, un contexto cargado de esperanzas, de expectativas, de historia y anhelos. Como es recurrente en los Evangelios, relatos densos en significado pero circunscriptos en contextos sumamente particulares, cotidianos, que evocan a las vivencias más simples de la gente. Es en este contexto que debemos comprender el lugar de la historia que nos compete.

Una fiesta, escenario donde se realiza la primera manifestación pública de Jesús, y con ello el comienzo de su ministerio. Ya aquí vale hacer una salvedad. Muchas versiones traducen el término “señal” por “milagro” (v.11). Este último evoca a lo extraordinario del suceso, cuando en realidad ese no es el objetivo más importante del pasaje o de este tipo de acontecimientos. Más allá de que en el judaísmo de aquella época lo milagroso era parte de la cosmovisión religiosa general, debemos intentar leerlo con otros lentes para procurar llegar al posible impacto deseado en su narración. De aquí, lo importante a señalar es que esta acción pretende dar cuenta de un significado mucho más profundo de lo que aparece a simple vista. Su importancia no reside sólo en los sucesos enunciados y menos en lograr un sentido de grandilocuencia. El relato se sintoniza con una tradición, con una historia, que ya viene construyéndose desde el capítulo 1 de Juan. Lo importante a saber es que esta historia condensa simbólicamente una riqueza de significaciones teológicas, expresadas minuciosamente desde un acontecimiento muy enraizado en las costumbres de la época.

El primer versículo ya expone una frase central: “al tercer día”. Más allá de la cronología histórica, al oído de los y las oyentes, esta expresión recuerda otros acontecimientos, otras historias y nada más ni nada menos que al propio suceso de la resurrección. Por ende, representa una historia que se vincula directamente con la constitución mesiánica de Jesús.

Las fiestas representan uno de los hechos sociales más importantes de la época. No dice quiénes eran sus organizadores y qué tipo de relación tenían con Jesús. Lo importante es que allí estaban todos: sus discípulos y hasta su propia madre. Mucho se ha especulado sobre el lugar de María y su interpelación a Jesús, y ciertamente hay mucho por decir de esta figura en el libro de Juan. Pero aquí nos importa resaltar la afirmación de Jesús (“Aún no ha llegado mi hora,” v. 4), que enmarca este suceso en un significado mesiánico.

Nuevamente vemos un relato que se contrapone a la ritualidad tradicional del momento. Las ceremonias de purificación en el judaísmo son muy comunes, hasta hoy día. Apelan a la limpieza del cuerpo para acceder a momentos que se comprenden sagrados, sea una reunión familiar o una comida, para no contaminar lo obsequiado por Dios. En varias partes del Antiguo Testamento –por ejemplo Is 29:13– se cuestiona la construcción de una religiosidad basada en la apariencia del seguimiento irrestricto y mecánico de estos ritos (ver también Mt 15:8; 23:27-32). El problema no reside solo en la limpieza del cuerpo sino en la lógica que promueven tras definir la fe real en el seguimiento de normas y prácticas religiosas.

La imagen del vino (que reemplaza el agua) tiene muchas aristas, tanto en la cultura de la época como su utilización metafórica en el texto bíblico. Por un lado, en aquellos tiempos, sin vino no había fiesta. La calidad de éste hablaba mucho del tipo de hospitalidad del evento. El vino significaba socialización, festejo, alegría, celebración, reunión. Por otra parte, es también una de las referencias simbólicas más significativas de la Biblia. Podríamos mencionar la imagen del vino como la sangre de Jesús (1 Co 11:25). También pensar en la última cena, donde la copa significa el nuevo pacto (Lc 22:20 y paralelos). De esto último, vemos que el vino también adquiere una gran significancia escatológica y mesiánica.

En conclusión, esta historia contrapone el agua del ritual y el vino de la fiesta como símbolos de dos elementos teológicos centrales en el NT: la ley y el evangelio. La tensión entre gracia y fe, ley y evangelio, es un elemento constitutivo del texto bíblico. Recordemos otros pasajes en esta dirección: “El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado” (Mc 2:27), “¿Es lícito en los sábados hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” (Mc 3:4). Al pensar en estas dicotomías, hagámoslo desde las mismas imágenes que nos presenta este relato: la fiesta, la reunión, la esperanza, la celebración y, por sobre todo, la sorpresa que trae lo nuevo. Esto simboliza el vino; esto simboliza el Evangelio de Jesús. Quien prueba el vino lo dice claramente: “tú has reservado el buen vino hasta ahora” (v. 10).

Este relato no sólo representa una señal mesiánica sino que nos invita a reflexionar sobre la riqueza humana del seguimiento de Jesús y la espiritualidad que construimos en dicho camino. Aprendamos a vivir en el desafío que nos da Mc 2.22: “vino nuevo en odres nuevos.” No es fácil decir qué es ritualidad vacía y qué no lo es. Eso, en gran medida, dependerá de cada creyente, de cada comunidad. Lo dañino del ritual para la fe es cuando se vuelve un fin en sí mismo y no un pasaje en el camino de quien cree, para avanzar y sentirse libre. Porque eso es el Evangelio: ¡vida abundante! ¡Plena libertad!

Que éste sea nuestro compromiso: ser renovados y renovadas en la frescura del vino del Espíritu, haciendo de nuestra vida, nuestra fe y nuestra comunidad, espacios para la fiesta de la plenitud. Que nuestras vidas sean señales del milagro cotidiano de Dios, a través de la hermandad con el prójimo y la esperanza por el bien común.