< December 25, 2012 >

Comentario del San Juan 1:1-14

 
Siempre se ha hablado del amor de Dios que sobrepasa nuestra imaginación, de su condescendencia y de su solidaridad, pero ninguna definición o comentario ha sido más elocuente que el Evangelio de Juan capítulo 1.

Este capítulo nos muestra la gran obra salvífica a través de Jesucristo; el precio que pagó y las relaciones que estableció entre los seres humanos.

El pasaje inicia diciendo: en arjé en jo lógos, kaí jo lógos en prós tón theón.En el principio era el logos, el logos estaba con Dios y el logos era Dios.” En la mayoría de las versiones la palabra logos ha sido traducida como “verbo”, aunque su significado original es “palabra”, en el sentido de “razón, conocimiento, sabiduría o causa.” Juan inicia hablando en términos muy griegos para enseñar a sus lectores sobre la preexistencia de Jesucristo y de su encarnación. De una forma magistral y profunda, intenta remitirse hasta los inicios que su mente le permite acceder y hablarnos de forma detallada de Jesucristo. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? ¿Quién era? El término griego más usado en ese momento era logos que es la luz que ilumina a los seres humanos y les provee la salvación. Al logos hay que entenderlo como la sustentadora de la creación, la que le da equilibrio, control, dinamismo y contención. No existe nada fuera del logos, pues es quien permite que todo exista, se expanda, multiplique, crezca y tenga vida. La concepción de los griegos es que el logos es todo suficiente. Por eso, Juan aprovecha el término para aplicarlo al verdadero Creador, Jesucristo, y explica en detalle que en el principio Jesucristo era el logos y el logos estaba con Dios y el logos era Dios (v.1). Por eso, es que “todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (v. 3).

Intenta exponer algo que por siglos se ha discutido y tratado de entender, el misterio de la encarnación de Dios. Juan dice: “en el mundo estaba y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no lo conoció” (v. 10). El ser humano nunca podrá comprender el misterio de la encarnación del Hijo de Dios; por eso no fue sencillo para aquella generación recibir al Dios encarnado. La verdadera luz vino a este mundo para alumbrar y dar vida a todo ser humano. Dios mismo se volvió uno de nosotros y nosotras, pasó vicisitudes, se sometió a todas las necesidades que pasa el ser humano, “empatizándose”, tomando nuestro lugar. El Dios solidario, se sometió a su propia creación para mostrarnos la otra parte escondida, su amor y solidaridad. El sol, siendo su creación, ahora lo fatigaría. Aquel que hizo todo y no necesita de nadie, iba a tener necesidad de su propia creación; necesitaría vestido, abrigo, alimento. El polvo salpicaría sus pies, tendría sed y hambre.

La Navidad debe entenderse como la encarnación de Dios en el contexto del ser humano para darle plenitud de vida. Se encarna para estar más cercano a él, a sus necesidades, a sus sentimientos, inquietudes, emociones y existencia.

La Navidad es la misma encarnación de Dios, para que el ser humano encuentre la felicidad, pero además, es la máxima solidaridad que se haya expresado en la historia de los humanos.

Aunque el misterio de la encarnación será imposible de dilucidar alguna vez por el ser humano, el mensaje de la Navidad nos enseña que si Dios se encarnó en el contexto del ser humano, eso trae como consecuencia, que los que lo hemos recibido, hagamos lo mismo. El, siendo Dios, fue rechazado. “A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron. Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (vv. 11-12). Al encarnarse en aquel contexto discriminatorio y oscuro, recibe a todo aquel y aquella que cree en él como hijo e hija de Dios. Permite que cada uno que le recibe pase a formar parte de la gran familia de Dios, y con ello hace desaparecer entre los seres humanos barreras culturales, étnicas, sociales, políticas, ideológicas y de género que los separaban. La Navidad nos confirma que Dios se encarna para que toda persona que crea en él, pase a ser parte de su gran familia.

Es cierto que a Dios nadie lo había visto jamás, pero Jesucristo lo hizo visible en su persona y acciones concretas a favor del ser humano. Dios se regaló a sí mismo al ser humano en Jesucristo por puro amor.

Por eso la Navidad para cada cristiano y cristiana debe ser vivir y hacer presente al logos encarnado compartiendo con quien necesita una acción solidaria.

El pasaje cierra con la gran declaración: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno (pléres de pléroma o plenitud) de gracia (charis) y de verdad; y vimos su gloria (doxan), gloria como del unigénito del Padre” (v. 14). La gloria deslumbrante de su divinidad y sus privilegios divinos, no opacaron su Charis. Su generosidad y compresión se desbordaban a favor de cada ser humano. El ser humano no debe hacer nada para recibir todos sus favores.

Aprovechemos y abramos nuestro corazón a quien necesita ayuda, y no esperemos que nos la pida. Compartamos con otros y otras lo que podamos. Recordemos que Jesús repartió su amor, su compañía, su luz, sus enseñanzas y sobre todo su vida.