< July 26, 2020 >

Comentario del San Mateo 13:31-33, 44-52

 

Con el evangelio para este domingo concluimos la lectura del “discurso parabólico” de Jesús.

El texto de hoy nos propone cinco parábolas: la del grano de mostaza, la de la levadura, la del tesoro escondido, la del comerciante de perlas y la de la red. Con ellas, Mateo quiere responder a diversas cuestiones que las primeras personas cristianas se hacían. Así, a la pregunta: ¿tiene futuro una comunidad tan pequeña como la de los primeros seguidores de Jesús?, responde con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura. A la pregunta: ¿vale la pena dejarlo todo y comprometerse con Jesús?, responde con las parábolas del tesoro escondido y la del comerciante de perlas. Y a la pregunta: ¿qué ocurrirá con quienes aceptaron el mensaje de Jesús, pero no vivieron de acuerdo con él?, responde con la parábola de la red.

Cada una de ellas encierra un mensaje rico y profundo. Hoy nos centraremos únicamente en la tercera de estas parábolas: la del tesoro escondido.

Para entenderla, debemos tener presente que en tiempos de Jesús no existían los bancos, donde la gente podía ir a guardar su dinero seguro. Por eso, en momentos de invasiones enemigas o de guerra, la gente solía esconder sus cosas de valor haciendo un pozo en la tierra antes de escapar, con la esperanza de regresar algún día y recuperarlo. Pero muchos no volvían jamás. Por eso no era extraño que, años después, alguien cavando pudiera encontrar un tesoro. Basándose en estos hechos, Jesús narra su parábola. La historia es muy breve. Un hombre se hallaba trabajando en el campo, cuando de pronto descubrió un tesoro enterrado. Volvió a esconderlo rápidamente y, lleno de alegría, vendió lo que tenía y compró aquel terreno para poder quedarse con el tesoro. Jesús aclara, de entrada, que el tesoro representa el Reino de los Cielos o Reino de Dios. Por lo tanto, representa a Dios escondido en cada uno/a de nosotros/as.

Ahora bien, lo primero que dice la parábola es que el hombre encontró el tesoro mientras trabajaba, es decir, mientras hacía sus tareas cotidianas. Y aquí tenemos la primera enseñanza. A Dios hay que aprender a descubrirlo en las tareas de cada día. Sería triste que lo encontráramos sólo en la iglesia, o en el grupo de oración. Algunas personas tienen fijados los horarios en los que hay que orar, o los sitios en los que se conecta con Dios. Pero Dios no tiene horarios ni lugares fijos. Quiere que nos comuniquemos con Dios mientras estamos nerviosos en la mañana, cuando no nos cierran las cuentas, en medio de las tensiones del día, mientras hacemos la fila en el supermercado, o cuando nos han tratado mal por la calle. Porque cuando uno trabaja, o llena papeles, o atiende gente, Dios está allí acompañándonos. Y a veces solemos ignorar ese tesoro, que puede alegrarnos el día, como sucedió con el hombre de la parábola. Santa Teresa solía decir: “Siento a Jesús entre las ollas y las cacerolas, del mismo modo que en el Santísimo Sacramento.” Preguntémonos: hoy domingo, en esta celebración, ¿es el primer momento del día en el que hablo con Jesús? ¿O ya me encontré con él por la mañana mientras hacía mis tareas, al mediodía cuando cocinaba, a la siesta mientras acomodaba mis cosas?

Dios no es el único tesoro que tenemos. Dios se hace presente también mediante otros dones que nos regala, como el tesoro de la salud, de los amigos, de la familia, de los hijos, del buen nombre, de la paz interior. Y sobre todo, el tesoro de poder estar vivos. Cada día es un tesoro que nos obsequia Dios, y del que a veces no somos conscientes. No sabemos descubrirlo, como supo hacerlo el campesino de la historia de Jesús, quizás porque no nos han enseñado a disfrutar de la vida de cada día. Nuestra sociedad actual vive acelerada; y en ese apuro de vivir, la vida se nos va escapando, mientras estamos distraídos.

Cuentan que, en una oportunidad, un joven fue a ver a un anciano sabio y le dijo: “Sé que eres sabio. ¿Cómo haces para serlo?” El anciano contestó: “Como cuando como, duermo cuando duermo, y hablo contigo cuando hablo contigo.” El joven replicó: “Pero eso lo hace todo el mundo.” “No,” dijo el sabio. “Muchos, cuando comen, están pensando en lo que harán después; cuando van a dormir, están pensando en los problemas del día siguiente; y cuando hablan con alguien, están pensando qué responderle. El secreto es estar consciente de lo que uno hace en el momento presente. Solo así es posible disfrutar, cada minuto, del milagro de esta vida.” Tenemos la mala costumbre de no caer en la cuenta de dónde nos encontramos. Y eso nos lleva a exagerar los problemas, a dramatizar los contratiempos, y a pensar que todo en nuestra vida está mal. Nos deprimimos viéndolo todo negro, cuando en realidad los problemas suelen ser menos graves de lo que parecen. Una vez tuve que ir al hospital a visitar a un hombre enfermo, que estaba internado debido a un accidente. Le habían enyesado casi todo el cuerpo, los dos brazos, y estaba con una pierna elevada. A pesar de todo, cuando llegué, vi que estaba alegre y en paz. Le pregunté: “¿Tiene que estar mucho tiempo así inmovilizado?” Nunca olvidaré su respuesta. Me dijo: “No, sólo un día por vez.” ¡Qué respuesta tan sabia! Es muy difícil aguantar uno, dos o tres meses enyesado. Pero un día por vez, es otra cosa. Ser conscientes del momento presente, vivir cada minuto con plenitud, es el tesoro escondido que no siempre disfrutamos. La vida no es tan dramática como a veces la planteamos. Y vivir cada cosa, por un día, es el regalo que nos enseña Jesús a disfrutar.

Un segundo detalle llamativo de la parábola es que el trabajador, al encontrar el tesoro, fue a hablar con el propietario del campo para comprarlo. A primera vista se trata de una actitud ilógica en el relato. ¿Tantos bienes tenía ese hombre, como para poder venderlos y comprar el terreno? ¿No era un simple campesino? Es como si, hoy en día, el portero de un edificio de departamentos, preguntara al consorcio cuánto pide por todo el edificio, para comprarlo. Además, cuando el propietario le dijo el precio, al parecer ni siquiera regateó. Dice la parábola que el hombre vendió todo cuanto tenía para quedarse con el campo, feliz de haber hecho la mejor inversión de su vida.

Este detalle, aparentemente absurdo, es característico de Jesús. A él le gusta llamar la atención de sus oyentes mediante la paradoja, la sorpresa, la exageración, para resaltar su enseñanza. Y lo que pretende enseñar aquí es que, cuando encontramos el tesoro, debemos vender todo lo que nos aleje de él. En la vida hemos tenido muchos tesoros, que a veces hemos perdido por conservar pequeñeces. El tesoro de la salud, lo perdemos por vicios tontos. El tesoro de la pareja, lo perdemos por imponer nuestros caprichos y querer tener siempre razón. El tesoro del buen nombre, lo perdemos por aceptar propuestas deshonestas de conocidos y amigos políticos. El tesoro de la paz interior, lo perdemos por vivir guardando rencores y no querer perdonar. El tesoro de la familia, lo perdemos por una infidelidad momentánea. Por no ser capaces de “vender” lo que no es importante, y conservar lo que de verdad vale.

Todos/as tenemos cosas valiosas en nuestra vida, y quizás no las estemos cuidando. Y lo peor es que corremos el peligro de perderlas. Porque, a diferencia del campesino de la parábola, no siempre somos capaces de dejar de lado aquello que pone en peligro nuestras cosas valiosas. En la vida no se puede tener todo. Y hay que aprender a renunciar. Hoy podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el tesoro, o los tesoros, que tenemos en nuestra vida? ¿Los hemos descubierto? ¿Hay algo que los esté amenazando, y que deberíamos “vender”, dejar de lado, algo de lo que deberíamos desprendernos para poder conservarlos? Todos tenemos sueños y proyectos en la vida: anhelamos una familia mejor, unos/as hijos/as unidos/as, una sociedad diferente, sin niños mendigos en la calle, sin gente desempleada, sin pobres, sin ancianos abandonados. Pero ¿qué estamos renunciando para conseguir eso? ¿Sacrificamos nuestro fin de semana, nuestro descanso, nuestros caprichos? ¿O no vendemos nada?

Jesús quiere que aprendamos a valorar el tesoro que hemos descubierto, que hemos encontrado, y que Dios nos ha regalado. Porque todo lo que merece la pena en la vida exige sacrificio. Y sacrificar es renunciar. A algo incluso bueno, para ir por algo superior.