< July 05, 2020 >

Comentario del San Mateo 11:16-19, 25-30

 

Esta semana la lectura de San Mateo no consiste en versículos consecutivos.

Los versículos 20 hasta 24 del capítulo 11 no se encuentran en el leccionario (tampoco está en el leccionario su paralelo de San Lucas 10:13-15). A veces la lógica de las divisiones de textos en el leccionario no es aparente. La omisión de los versículos 20-24, referidos a la maldición de ciudades no arrepentidas, interrumpe el ritmo de la narrativa, pero las personas a quienes les toca el privilegio de predicar en este domingo no se deben preocupar mucho en hallar un hilo que una a las dos partes del texto. Basta colocar cada una en su contexto literario, discernir sus temas, e identificar la Palabra que se habla a la gente hoy en día. De hecho, sería apropiado que quien tenga que predicar escoja una de las dos partes y deje la otra.

El capítulo 11 de San Mateo empieza con una transición: “Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos” (v. 1). San Mateo ofrece dos capítulos, el 11 y el 12, con distintas historias, antes de conducirnos al siguiente discurso significante, el de las “Parábolas del Reino” (13:1-52). Estas historias incluyen varios episodios de enseñanza y conflicto con los líderes religiosos. Las dos partes de nuestra lectura corresponden a historias en que se tratan temas explícitamente cristológicos.

Primera parte (vv. 16-19)

San Mateo 11:2-19 tiene que ver con la relación de Juan el Bautista con Jesús. Desde la cárcel, Juan pregunta sobre la identidad de Jesús. ¿Es el Mesías? (11:2-3) Jesús responde enumerando obras suyas que dan cumplimiento a las profecías mesiánicas: “las cosas que oís y veis” (11:4-6). Son hechos que cumplen las profecías de Isaías 35:5-5 y 42:18. Luego Jesús clarifica la identidad de Juan: es profeta, como Elías, que anunció la llegada del Mesías (11:7-14). Dice que “todos los profetas y la Ley profetizaron hasta Juan… El que tiene oídos para oír, oiga” (11:13, 15). Es decir, el discernimiento es necesario para reconocer a los profetas. Este es un tema importante en nuestra primera parte.

“Pero ¿a qué compararé esta generación?” (v. 16a) A la generación de los discípulos—y a la nuestra también—nos falta el discernimiento para reconocer la verdad en nuestro medio. Jesús hace una comparación con una escena en el mercado. Unos niños tocan la música celebratoria, pero nadie baila; luego tocan “canciones de duelo” y nadie llora (v. 17). La gente oye, pero no responde de forma apropiada. El oír tiene que ver con entender. Esta generación no entiende ni a Juan ni a Jesús. Porque practica disciplinas ascéticas, dicen que Juan tiene un demonio (v. 18). Mientras tanto Jesús—el Hijo, puesto que come y celebra con la gente, “es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores” (v. 19).

“Pero la sabiduría es justificada por sus hijos” (v. 19). En el original griego, varios manuscritos tienen la palabra ergon en vez de teknon, es decir, “obras” en vez de “niños” o “hijos.” La palabra teknon, traducida como "hijos" probablemente refleja un intento de los escribas de armonizar el relato de San Mateo con el paralelo en San Lucas 7:35 y, por eso se estima que que ergon es, a diferencia de como lo entiende la versión Reina Valera 1995, la palabra originalmente empleada.1 Oír y ver significa conocer y entender, y las obras son las pruebas tangibles de la sabiduría. Según Jesús, Juan debe conocer al Mesías por sus obras (11:4); y la gente debe conocer a Juan por sus obras (11:7-15) y a Jesús por las suyas (11:19). Lamentablemente el caso es que no entienden ni a Juan ni a Jesús.

Segunda parte (vv. 25-30)

La otra parte de nuestra lectura corresponde a otro contexto literario en San Mateo. El v. 20 empieza diciendo: “Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades…” y así señala un cambio en la historia. Los vv. 25-30 ocurren “en aquel tiempo” (v. 25) y hay tres partes distintas.

Primero, Jesús eleva una oración: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…” (vv. 25-26). Jesús agradece al Padre por quienes sí lo aceptan, a diferencia de quienes no se arrepienten (11:20). Quienes no lo reciben son “los sabios” y “los entendidos,” mientras que quienes sí lo reciben son “niños.” El Dios de la Biblia hace una opción preferencial por los más bajos de la sociedad. Además, el Padre es quien esconde o revela las cosas.

Segundo, Jesús hace una declaración sobre su relación con el Padre: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre” (v. 27). El contraste continúa con Jesús declarando que él, a diferencia de “los sabios,” recibe conocimiento directamente del Padre. Él es, por lo tanto, la fuente del conocimiento del Padre. Esta no es una doctrina completa de la Trinidad y ciertamente no es la idea de preexistencia como la que encontramos en San Juan 1. Sin embargo, es una declaración fuerte de una relación única entre Jesús y el Padre.

Finalmente, Jesús extiende una invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados” (vv. 28-30). A diferencia de otros maestros, el yugo de Jesús es “fácil.” Así como el Padre ha revelado cosas a los “niños,” Jesús es “manso y humilde.” Además, Jesús ofrece un “descanso” que no es simplemente reposo de la labor y la fatiga. Hay aquí un eco de Éxodo 33:14, en que Dios promete a Moisés: “Mi presencia te acompañará y te daré descanso.” El descanso que se halla en Jesús es más que un descanso físico, porque es “para vuestras almas” (v. 29).  

Posibilidades homiléticas

“Pero la sabiduría es justificada por sus obras.” Un tema que se destaca en la lectura es el discernimiento. En estos tiempos turbulentos, uno se confunde muy fácilmente por las voces que compiten por obtener nuestra atención o aun nuestra obediencia. Jesús asegura—primero a Juan; luego a la muchedumbre—que hay señales observables para distinguir entre ellas. “El que tiene oídos para oir, oiga,” advierte en el versículo anterior a nuestra perícopa. Tenemos los medios y deberíamos ser capaces de entender y reconocer a Jesús presente con nosotros/as. Solo hay que escuchar, pero ¿cómo?

Hay un “tiempo de callar y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:7). El riesgo es hablar sin escuchar y escuchar sin oír. Es decir, escuchar no es una actividad pasiva, sino un compromiso dinámico. Por eso, no es casual que—según Jesús—Dios revele su verdad a los “niños” (v. 25) y que Jesús mismo sea “manso y humilde” (v. 29). Este momento exige diálogos sobre desigualdades y las injusticias históricas de los Estados Unidos. Escuchar es tan importante como hablar, y tenemos que hacerlo con la humildad y la mansedumbre que mostró Jesús.  

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados.” El otro tema que se destaca es la invitación al yugo de Jesús y al descanso que él promete. Actualmente mucha gente está trabajada y cargada. Aunque el descanso que encontramos en Jesús es más profundo—San Pablo lo llama “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7), vale pensarlo en sentido material. En el caos de la vida, ¿hemos de veras aceptado la invitación al aprendizaje y descanso de Jesús? ¿Son las iglesias—nuestras distintas congregaciones—lugares que facilitan oportunidades de discipulado y formas de descanso? ¿Cuáles son las oportunidades de discipulado y formas de descanso adecuadas a este momento histórico?


Nota:

1. Bruce M. Metzger, A Textual Commentary on the Greek New Testament (United Bible Societies: New York, 1971), 30.