< June 03, 2018 >

Comentario del San Marcos 2:23--3:6

 

Transformando Leyes e Interpretaciones de Muerte en Propuestas de Vida  

En el mundo bíblico, el sábado tenía un carácter positivo, ya que el descanso ayudaba a la persona a no convertirse en instrumento de trabajo. Además, por medio de la observancia del sábado, se ponía freno a la explotación de las personas más vulnerables como los/as migrantes y esclavos/as (Dt 5:12-15). El sábado, entre sus muchos significados, era también el signo perfecto de la nueva alianza, que anunciaba la libertad total de la persona (Ex 31:17; Ez 20:12). Pero lo más importante es que el sábado era el tiempo de Dios; la violación o incumplimiento del sábado era motivo de excomunión y de muerte según la gravedad del asunto. Como sucede siempre (y en cada época), la ley de Dios a veces se absolutiza, y en vez de estar a servicio de la vida, termina esclavizando a la comunidad.

En la primera escena del evangelio de hoy, el problema no es el comer o recoger espigas de los campos vecinos cuando se tiene hambre. La Biblia Hebrea permitía que la persona hambrienta se saciara con la cosecha del vecino: “Cuando entres en la mies de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano, pero no aplicarás la hoz a la mies de tu prójimo” (Dt 23:25). Lo que los observantes de la ley recriminan a Jesús es el trabajo (arrancar las espigas) que la comunidad hambrienta está realizando en el día del descanso. Jesús, con su acción liberadora, reorienta el sentido del sábado para denunciar que no valen la ley, ni los rituales, ni las condenas eternas al infierno contra la persona hambrienta que se alimenta con el fruto de la cosecha del Dios que provee (Gn 22:8). De esta manera, el sábado queda re-orientado a favor de la vida, ya que el derecho de alimentarse es legitimado por el Dios de Israel, ¡aunque sea sábado!

Para entender cómo la ley y la sacralidad del sábado quedan rezagadas cuando la comunidad discipular tiene hambre, es necesario ver los textos bíblicos e interpretarlos con los ojos, la mente y el corazón de Jesús: “¿Nunca leísteis lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre…?” (Mc 2:25). Jesús usa su hermenéutica del “otro lado” para convertir “los textos de muerte” en textos a favor de la vida. Jesús, como buen judío y conocedor de sus Escrituras, habría podido citar Nm 15:32-36, donde se describe la lapidación de un hombre sorprendido cortando leña en sábado. Pero la hermenéutica de Jesús es a favor de la vida, y por eso invita a los representantes de la ley y del templo a cambiar sus acercamientos hermenéuticos. La hermenéutica de Jesús no es la de usar el texto bíblico para condenar y dar muerte, sino la de usar el texto para dar vida.

La hermenéutica de Jesús compara el templo con el sábado, y lo hace citando el texto de 1 S 21:1-6 donde se afirma que un sacerdote dio los panes sagrados a David y a sus compañeros cuando tuvieron hambre (Mc 2:26). La hermenéutica liberadora de Jesús pone, no solo el sábado, sino también el templo y los espacios sacrales (sinagoga) al servicio de la comunidad hambrienta. Si la acción de David de dar los panes sagrados a la comunidad no era condenada ni por las Escrituras ni por la tradición, ¿por qué cerrarse y absolutizar una ley, olvidándose de la comunidad hambrienta? En definitiva, ningún precepto, ley o prohibición pueden ser absolutos. Dios es más grande que el texto y que las leyes de muerte (la ley debe estar a favor de la persona y no la persona esclavizada a la ley). Cuando hay hambre, y la vida humana es precaria, vulnerable, frágil y se debate entre la vida y la muerte, el pan sagrado debe cumplir su misión, que es la de ¡dar vida! Al fin y al cabo: pan, espigas, campo, tiempo, tierra, les pertenecen a Dios, y la Divinidad los pone al servicio de la vida.

Por desgracia, a menudo las leyes, los rituales, el cumplimiento del sábado y de los domingos superfluos pueden más que la acción liberadora de Jesús. En la segunda parte de nuestro evangelio, se describe el triste estado de la comunidad sometida al sistema del sábado y de la sinagoga. La comunidad que estaba convocada e invitada a tener vida, se encuentra muerta en vida (tiene la mano seca). Esta vez Jesús no entra en la sinagoga para enseñar (Mc 1:21) ni para proclamar la buena noticia (Mc 1:39). ¿Cómo se puede enseñar o proclamar la buena noticia cuando la comunidad esta muerta? “Las letras no entran cuando se tiene hambre,” reza el proloquio popular mexicano. Es idolátrico transmitir leyes, dogmas, conceptos abstractos de Dios, cuando el pueblo tiene hambre. Por eso, Jesús entra a la sinagoga para denunciar la aplicación rigorista de la ley que da muerte en vez de vida.  

Resulta irónico que en el lugar de reunión (la sinagoga) no exista más que un “hombre” con el brazo atrofiado, y cuya enfermedad no era de nacimiento, sino que había sido adquirida. ¿Pero quién y con qué motivo ha enfermado al hombre/comunidad? El Evangelio Apócrifo de los Hebreos, una obra bastante difundida en los ambientes judeo-cristianos del siglo I, pone en labios del hombre de la mano atrofiada esta invocación: “Era albañil y ganaba para vivir con el trabajo de mis manos; te ruego, Jesús, que me devuelvas la salud, para que no tenga que pasar la vergüenza de mendigar un poco de pan.”1 El sistema legalista de la sinagoga ha privado al hombre de su dignidad y lo ha condenado a la muerte. El hombre/comunidad tiene el brazo reseco, como la higuera (símbolo del Israel) que estaba reseca desde la raíz (Mc 11:20). Este hombre está atrofiado, sin trabajo, sin pan y sin vida. El brazo atrofiado es la figura del efecto de la opresión legalista. El brazo atrofiado y seco nos recuerda el texto de Ezequiel 37:1-14, donde se narra acerca de los huesos secos, símbolo del pueblo sin vida.

Hoy en día existen millones de hermanos/as que tienen hambre, que no tienen techo, ni vestido, que están “secos/as,” no solo en la mano sino en todo el cuerpo. Las riquezas de unos pocos constituyen el flagelo de millones y millones que se ven obligados/as a dejar sus tierras, para cruzar las fronteras de muerte. Ante esta realidad, los/as cristianos/as debemos desenmascarar las espurias leyes de los dioses idolátricos, para hacer que florezca la vida. Ante interpretaciones fundamentalistas que causan muerte en vez de dar vida, es necesario hacerse visible y seguir la orden de Jesús: “¡Levántate y ponte en medio!” (Mc 3:3). No puede haber vida mientras el pueblo no se levante. El ponerse en medio es hacerse visible, para que la comunidad reconozca que todos/as están llamados/as a tener vida.

Para esto, es necesario también extender la mano (Mc 3:5) como símbolo de que el reino de Dios ha llegado. Podemos tener la ley, observar preceptos, cumplir días de reposo, pero si no hay vida, aquí y ahora, de nada sirven ninguno de los rituales.


Nota:

1. Citado en línea aquí.