< July 30, 2017 >

Comentario del San Mateo 13:31-33, 44-52

 

La primera parábola de nuestro texto anuncia que el reino de los cielos (reino de Dios) es semejante a un grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo.

Al hacerse tal comparación, la pregunta que surge es: ¿qué es lo parecido en el grano de mostaza con el reino de Dios? ¿Qué semejanza hay en la acción del hombre de tomar y sembrar el grano? Es importante notar que el grano de mostaza sin la acción de ser sembrado no agrega nada al producto. Es necesario sembrarlo.

En consecuencia, la parábola no sólo quiere rescatar el grano de mostaza en sí, sino la acción del hombre que lo toma y lo siembra. Imaginémonos a un grano de mostaza guardado en un recipiente, en la sombra, lejos de la tierra, sin el efecto del sol para dotarlo de los ingredientes necesarios para convertirse en una planta asombrosa. No serviría de nada. Seguramente se perdería o se pudriría, malográndose su potencialidad. Sin embargo, si se toma y con mucha dedicación se siembra en el campo, si recibe la luz del sol, el rocío de la mañana y el frío de la noche, y si además se le dan los cuidados necesarios por parte del labrador, entonces los efectos no se harán esperar. El proceso natural cumplirá su fin y lo inducirá a germinar, pasando de una etapa a otra, hasta convertirse en un árbol (decir árbol es una hipérbole o forma proverbial de hablar, porque la semilla de mostaza se convierte, en efecto, en un gran arbusto, pero no en un árbol).

La enseñanza que se adquiere es que, por muy pequeñas que sean las acciones que realicemos en comparación con las circunstancias que nos rodean, si consciente e intencionalmente hacemos aquellas cosas que pueden mejorar nuestro entorno, los efectos en gran escala no se harán esperar. Las acciones son pequeñas semillas que producirán efectos extraordinarios.

La parábola siguiente compara al reino de los cielos con “la levadura que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado” (v. 33). De nuevo, la levadura representa los principios y valores del reino que una vez puestos en práctica tienen una enorme fuerza de penetración en las estructuras, de tal manera que todo puede ser transformado. Vemos la enorme desproporción que hay entre la cantidad mínima de fermento y la gran cantidad de lo que debe ser leudado. La mujer toma la levadura y la esconde en tres medidas en vez de una sola. Si tomamos el sentido numérico del tres, que tiene que ver con totalidad o plenitud, se enfatiza la capacidad de influencia y penetración de la levadura. No se puede dejar de percibir la pequeñez de la levadura y el extraordinario efecto que produce. Así es el dinamismo interno del reino y sus grandes resultados. En el reino ninguna acción es vana. De esa manera, si nuestras acciones son intencionales, consistentes  y conscientes, pueden ser el fermento que transforme nuestro entorno. ¿Qué tipo de acciones realizamos constantemente? ¿Tienen el poder de trasformar el entorno donde hacemos misión?

El llamado persistente en las parábolas que hemos visto es que nos convirtamos en agentes de transformación (como la mujer que toma la levadura) y seamos sal y fermento de la sociedad. Que seamos sujetos de la instalación del reino. ¿Cómo puede la iglesia fermentar la sociedad? ¿Cómo debe ser su misión para hacer presente el reino?

El mensaje de la parábola es contundente. Invita a que nos revistamos de ánimo y esperanza sabiendo que el reino de Dios se instalará poco a poco, aunque no podamos observar el proceso. Esto será posible siempre y cuando haya sujetos del mismo. Apela a una acción permanente, aplicando los principios del reino.  

Las siguientes parábolas se concentran en transmitir el valor incalculable del reino de Dios, que lleva a quienes lo encuentran a actuar de una manera totalmente comprometida y sin reservas. Por eso, “el reino de los cielos es semejante un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo” (v. 44). Aquí se pone el énfasis en la alegría desbordante que lleva a quien lo encuentra a no medir reservas ni sacrificios por adquirirlo. Es un llamado al compromiso y al sacrificio como condición para mostrar que se valora el reino. Por eso, también “es semejante a un comerciante que busca buenas perlas, y al hallar una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía y la compró” (vv. 45-46).

En la parábola del tesoro escondido, Jesús recurre al imaginario propio de la época, donde las personas sueñan con encontrar un tesoro en algún lugar y enriquecerse. ¿Cuántos de los/as oyentes del momento habían escuchado historias sobre tesoros buscados y encontrados? ¿Cuántos de ellos/as habían sido estimulados/as por esas historias? 

Un elemento a rescatar en todas las parábolas de este capítulo es que se necesita un sujeto del reino que lo siembre (semilla de mostaza), que lo encuentre (tesoro) y que lo compre (la perla). La persona que lo encuentra irrumpe en un gozo. Por eso, se compromete de lleno y se sacrifica hasta el extremo para adquirirlo. Pero el sacrificio que implica esta adquisición no se puede comparar con el gozo de tenerlo. Todo lo demás palidece ante al incalculable valor del reino.

Hay un planteamiento didáctico en esta lista de parábolas. Primero se nos interpela para actuar. Luego se nos muestra el valor incalculable del reino, y finalmente se nos dice que no tenemos que preocuparnos pues, aunque el bien y el mal coexistan, al final se hará la separación entre lo bueno y lo malo. Es cierto que el mal siempre existirá, pero al final se hará una separación. Con todo, no es competencia nuestra. Nuestro deber es hacer presente el reino y sufrir a los malos (o lo malo) mientras hacemos el trabajo: “Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” (vv. 49-50).